Hace años, mientras investigaba el problema de la amnesia y las demencias, encontré un libro de Germán Berrios acerca de los trastornos de la memoria. Berrios es un gran historiador y filósofo de la medicina. Según el libro, las primeras referencias al problema de la memoria aparecen en libros clásicos de la antigüedad, como la Teogonía de Hesíodo, el Antiguo Testamento y el Talmud babilónico.
El asunto de la memoria me llevó hacia un problema más difícil, casi imposible de aprehender para un médico como yo: me refiero a la relación entre la creación poética y eso que Elsa Cross llama La locura divina. Mi recorrido por el tema se origina en la obra de Hesíodo. En su Teogonía, la memoria es una figura mitológica. En el principio de todas las cosas se encuentra el Caos. Enseguida viene a la existencia la diosa Gea, que alumbra a Urano. Gea y Urano procrean muchos hijos, entre ellos a Mnemosine, la memoria, y a su hermano Cronos, el tiempo. Según esta tradición mitológica, la memoria es hermana del tiempo.
Mnemosine y Zeus tienen nueve hijas: son las musas. Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. Como sabemos, las musas regalan inspiración para dedicarse a la poesía épica, la historia, la música, la poesía lírica, la tragedia, el himno, la danza, la comedia, y la astronomía. En su historia de la memoria, Dmitri Nikulin propone una historia diferente. Dice que en la época arcaica sólo existían tres musas: Cuidado (Meleta), Canto (Aoide) y Memoria (Mneme). Estas fuerzas prodigiosas podrían llevarnos más allá de la ignorancia si tan sólo escucháramos a sus intérpretes: poetas, filósofos y matemáticos. En esa versión la memoria no sería la madre, sino una musa dedicada a la transmisión poética del conocimiento.
HESÍODO, AUTOR DE LA TEOGONÍA, creció junto al monte Helicón, donde había un culto arcaico a las Musas. Según su propio testimonio, la vocación poética llegó a su vida mientras cuidaba a su rebaño: vivió en carne propia la aparición de estas divinidades. Es razonable suponer que el poeta escuchó leyendas frente a la estatua de las Musas en la región de Beocia, donde había un festival conocido como Museia, dedicado a las diosas. Según la tradición, las Musas saben y recuerdan todo porque heredan el saber de Zeus y de Mnemosine.
El estudio mitológico sugiere que, en los primeros siglos de su historia, los griegos concebían a la memoria como un fenómeno divino; podía originar las manifestaciones más nobles de la creación artística. Si nos dejamos llevar por el amor a la poesía, diríamos que la mitopoiesis ―la creación mítica― es un proceso de creación colectiva mediante el cual la humanidad concibe las grandes tramas narrativas de lo divino. La poesía aparece como hija de la divinidad. Desde la perspectiva de Hesíodo, la divinidad es la fuente original de los poderes visionarios del poeta.
Quiero viajar desde la Grecia antigua hacia un extraño puente construido por una de las poetas más lúcidas de nuestro país. Elsa Cross ha establecido una comunicación fértil entre México y la India, en virtud de las tradiciones contemplativas, devocionales y creativas. La fertilidad se expresa en su amplia obra poética. Pero en los años recientes me he detenido a leer su riguroso trabajo como ensayista. El Lejano Oriente en la poesía mexicana, y Un templo en el oído. Ensayos sobre el mito y lo sagrado, son obras que ameritan la mayor consideración. Para un psiquiatra como yo, hay una tesis de gran interés en su hermoso libro, La locura divina. Elsa Cross nos recuerda la relación milenaria entre la devoción mística y la creación poética. De esa unión surgen obras memorables de las grandes tradiciones espirituales: el Cantar de los cantares, pero también el Gita Govinda, y la poesía de místicos sufíes de Arabia, Andalucía y Persia, como Mansur al-Hallaj, Ibn ‘Arabi y Rumi.
La locura divina nos muestra un desconcertante hecho histórico: ocho mujeres abandonan sus rutinas, sus deberes y su nicho social en la remota antigüedad de la India para perseguir la experiencia mística. En el trayecto dejan un legado literario. Entre ellas hay una princesa, una sirvienta, dos adolescentes y varias amas de casa. Elsa Cross nos explica que estas mujeres no perseguían un objetivo estético.
La poesía no era una búsqueda sino más bien una especie de efecto secundario, un epifenómeno, una consecuencia desus estados interiores, de su experiencia mística. A veces su poesía es una declaración de amor o toma la forma de un desahogo; otras, la de un intento de explicación para sí mismas de aquello que les sucede.
En la India se utiliza el término bhakti, que corresponde a la devoción. En su expresión más exaltada es un trance amoroso en donde sucede la vivencia del arrobamiento, la transfiguración y la fusión con la divinidad. Quiero anotar aquí la advertencia de Octavio Paz, quien dice que la poesía es la experiencia original, y la vivencia religiosa es subsidiaria de la vivencia poética. En sus propios términos, “la experiencia original es sentirse extraño, otro. Nombrar ese hueco en donde aparece lo otro: eso es la poesía. Y ése es el origen de la religión.” Esto pone de manifiesto un desacuerdo, un conflicto de las interpretaciones. La tesis devocional plantea que la divinidad es la fuente real de la creación, mientras que Paz afirma que la fuente original es la vivencia de extrañeza y alteridad.
En su libro Indicios visionarios. Para una historia de la alucinación, la filósofa mexicana Zenia Yébenes Escardó se traslada al mundo cristiano de los siglos XVI y XVII para analizar el discurso de quienes describen un contacto directo con Dios y el diablo. La filósofa se pregunta: ¿qué significa, para el pensamiento contemporáneo, detenerse a considerar “la fuerza ontológica de las presencias visionarias de las que hablan los sujetos de nuestras indagaciones académicas”? Elsa Cross analiza este problema: la locura sagrada provee un significado fundacional en el proceso de la creación poética.
EL ESTUDIO MITOLÓGICO SUGIERE QUE, EN LOS PRIMEROS SIGLOS DE SU HISTORIA, LOS GRIEGOS CONCEBÍAN A LA MEMORIA COMOUN FENÓMENO DIVINO
Para un pensador materialista, los seres humanos crean a las divinidades: los dioses son seres imaginarios sin una existencia propia, independiente de nuestra consciencia. Son entidades ficticias que surgen de los anhelos religiosos: por ejemplo, el anhelo por evitar la irreversibilidad de la muerte. Elsa Cross nos recuerda que los poetas místicos y devocionales de la India y Persia han proclamado que esas entidades son la fuente original de sus obras literarias. Se establece así la paradoja de la fe poética: si pensamos en los seres humanos como animales poéticos, podríamos decir que ellos mismos crean a los hacedores de sus poderes creativos, pero para hacerlo han tenido que adoptar una actitud receptiva, de apertura y humildad, ante lo desconocido y las fuerzas superiores. En mi caso, me basta con pensar que las fuerzas superiores son naturales: me refiero, por ejemplo, a la fuerza inaudita de la vida. Pero entonces alguien me pregunta: ¿tú crees en algo todavía, tienes alguna fe espiritual? Sí, contesto: creo en la poesía.
Varanasi y otros poemas
