El mes patrio representa una fecha de conmemoraciones, el imaginario social se nutre de iconos y efemérides que reafirman la identidad nacional. La fiesta de símbolos y sabores encuentra en Oaxaca uno de los escenarios más coloridos y entrañables, la ciudad capital se desborda en la geografía estatal de más de 90 mil kilómetros cuadrados con sus mejores galas. Cada año, el Monte Albán y La Guelaguetza compaginan el récord de asistentes, disfrutar de la gastronomía de esta región con raíces zapotecas y mixtecas conlleva saborear los siete moles tradicionales, la exquisitez de los chiles tatemados con chocolate que dieron sazón a las recetas culinarias que obtuvieron el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Oaxaca es el lugar por excelencia para conocer las bondades de México. Su elíxir de colores hechiza desde el primer minuto a los viajeros que alcancen la ruta del Árbol del Tule. Allí se respira el aire de la candidez botánica que alberga a un ahuehuete histórico. Hay numerosas rutas turísticas recomendables: el silencio arqueológico de Mitla es profundo y recrea entre sus grecas geométricas en piedra la vocación de trascendencia deantiguos pobladores. Y los manantiales de Monte Flor y Hierve el Agua con sus azules y verdes otorgan una postal de ensueño. En la costa oaxaqueña, las playas de Mazunte, Zicatela y Zipolite reúnen las maravillas del Mediterráneo más bohemio que nada debe envidiar del Caribe.
El centro histórico oaxaqueño cuenta con un zócalo emblemático que seduce a lugareños y foráneos, más aún en fechas septembrinas con el carrusel de antojitos y de música tradicional, la quema de castillos pirotécnicos acompaña al grito de independencia. Uno de los referentes mayores de la ciudad es el museo de arte MACO y las numerosas galerías independientes que dan vida a un circuito de artes plásticas que posee unas coordenadas singulares. La plástica oaxaqueña no rivaliza con ninguna tradición del país ya que conserva su propia denominación de origen. En un solo día, el tránsito por el epicentro de la ciudad potencia el deleite con la cultura cerámica y artesanal, el infinito de colores queda a la mano con la visita a espacios pioneros como lagalería CuatroSie7e, donde se fusionan las prácticas multidisciplinares del arte contemporáneo. La biblioteca del Instituto de Artes Gráficas es impresionante, el espíritu del artista Francisco Toledo pervive en un lugar donde se realizan actividades de dinamización creativa, como el taller “Bebés Pollock” que termina este sábado 12 de septiembre y tiene como protagonistas a bebés de 1 a 3 años.

Varanasi y otros poemas
OCTAVIO PAZ, EN RECONOCIMIENTO A LA VALÍA UNIVERSAL DE LA OBRA DE TAMAYO, ESCRIBIÓ EL POEMA ‘SER NATURAL’, EN EL QUE SINTETIZA LA MAGIA DE SU CROMATISMO
ENTRE LOS HITOS DEL ARTE OAXAQUEÑO, una de las figuras de mayor personalidad fue Rufino Tamayo, el pintor nacido en el verano de 1899 encumbró la plástica nacional. Hoy en día, su legado contempla más de mil cuadros y una veintena de murales, su nombre sigue visible en el museo contemporáneo localizado dentrodel Bosque de Chapultepec. Hace poco más deuna semana que la Secretaría de Cultura delGobierno de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través del Museo Tamayo, presentaron la exposición “Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París”, una muestra que reúne cerca de cien piezas realizadas por los tres artistas oaxaqueños durante su estancia en la capital francesa. La figura de Tamayo ha sido y seguirá siendo providencial, gracias a los espacios de referencia en Oaxaca de Juárez, como el Taller de Artes Plásticas y el Museo de Arte Prehispánico de México. El propio Octavio Paz, en reconocimiento a la valía universal de la obra de Tamayo, escribió el poema “Ser natural”, en el que sintetiza la magia de su cromatismo. Allí transitan caracoles rosas y águilas nocturnas, lunas frutales y materias dormidas, el último minuto vivo y “danza la danza de la inmovilidad”.
El diálogo entre la literatura y el arte no es ajeno a los colores y matices de la cultura oaxaqueña actual. Además de la prominente proyección de las poéticas en lenguas indígenas, como la del poeta Andrés Henestrosa y la obra de voces femeninas como Irma Pineda o Natalia López García, existen ensayos de gran verosimilitud y creatividad, en los que se atiende a la belleza de la manufactura cosmovisional de oaxaqueños como Francisco Toledo. En el libro La mordedura de la risa, publicado en la colección Centzontle del Fondo de Cultura Económica, la escritora Verónica Volkow habla del magma originario de la gráfica del recordado “Maestro”, fallecido el 5 de septiembre de 2019. Su obra polifacética abarca multitud de técnicas como la litografía y el grabado en metal que recuerdan a la poeta el poder demiúrgico y evocador de la creación del ser humano narrada en el Popol Vuh: aguas, barros, maderas, pajas y maíz que dieron corporalidad y psicología, desde tiempos inmemoriales hasta el presente del mundo digital.

OAXACA, ATARDECER DE LAS UTOPÍAS
En estas fechas de recordatorios históricos, la magia de Oaxaca invoca sucesos y anécdotas que llamaron la atención de ilustres personajes de otras latitudes. Hace más de un siglo, el cineasta soviético Serguéi Eisenstein filmó los daños ocasionados por un fuerte terremoto nocturno que asoló la ciudad, las mismas calles que se reinventaron y cautivaron a D. H. Lawrence durante sus desayunos cotidianos junto a su esposa, la escritora alemana Frieda von Richthofen. La belleza de la región, los sabores del mole y el poder seductor del mezcal fecundan imaginarios y evocaciones en tintas y óleos. Los creadores oaxaqueños continuaron la senda de los colores más antiguos, sumando generaciones a un lugar predestinado para la pintura, una pasión por compartir las vibraciones y alquimias del sentir de la tierra.
Y es que perderse por Oaxaca es un mito de libertades fecundas. Es conocido el diario oaxaqueño de Oliver Sacks, quien dedicó la página en blanco de su frontispicio “a todos los buscadores de plantas, observadores de aves, submarinistas, astrónomos aficionados, recolectores de rocas, exploradores y naturalistas aficionados del mundo entero”. El autor escapa un viernes del invierno neoyorquino y se adentra en la búsqueda de helechos de la resurrección “que pueden verse en el mercado, en forma de roseta aplanada, de color verde apagado y que parece muerta pero adquiere una vitalidad sorprendente en cuanto llueve”. Así sucede también con la arquitectura tradicional de cantera y adobe, tras el disparo del flash de las cámaras fotográficas parece que revive en una alquimia solar y nocturna. Al mirar las pinturas de sus museos, sucede una densidad que entremezcla abstracciones y figuración, motivos autóctonos y cosmopolitas, todo a la vez como el tránsito inasible de una cascada o la imagen etérea de los mares de nubes por la carretera de San José del Pacífico.
Los rigores de la imaginación han pululado desde siempre en Oaxaca. Merecen ser rescatados para la gran mayoría muchos episodios de su cultura, además de piezas de valor incalculable que atendieron a su realidad y su mística. Hay una película titulada Ánimas Trujano de principios de los años 60, protagonizada por el actor japonés Toshirō Mifune, la cinta estuvo ambientada en valles oaxaqueños y fue nominada al Óscar a la Mejor Película Extranjera. Con más de 150 películas a sus espaldas, el protagonista nipón memorizó los diálogos en español, sin conocer el idioma. Su maestría frente a las cámaras le valió ser uno de los íconos de la filmografía de Akira Kurosawa.
El “oaxaqueño” japonés falleció en 1997, el mismo año en el que el escritor inglés Robert Valerio daba a imprenta su libro Atardecer en la maquiladora de utopías. Ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca. Un clásico de la crítica de arte en México que ha contado con varias ediciones, siendo de las más recientes la publicada por el sello 1450 Ediciones hace ya una década y que difícilmente se puede adquirir fuera de la entidad. Con un estilo versátil y de clarividencia, el visitante dialoga con los artistas, entrevista a los creadores en sus estudios y narra la eclosión de una identidad oaxaqueña que afronta las encrucijadas del mercado y las consecuencias funestas de un turismo depredador que puede acabar con la singularidad de lugares y épocas.
Entre sus páginas hay reflexiones teóricas y menciones explícitas de pinturas y artistas, el auge del turismo cultural y la forja de una idiosincrasia artística que poseía una variedad de firmas y voces. El autor Robert Valerio se nacionalizó mexicano, como Margarita Nelken o Juan de la Encina, los dos exponentes de la crítica de arte del exilio republicano español. Todos ellos siguieron la vocación de John Ruskin de escribir sobre la pintura que amaron, también frecuentaban las galerías del momento y se sabían mediadores de la luz y del color entre públicos y artistas.
EN EL LIBRO OAXAQUEÑO DE ROBERT VALERIO hay un análisis esencial de las condiciones de vida y de los retos de la expresión plástica, allí laten los ecos de artistas como Filemón Santiago o Luis Zárate, quienes formaron parte de otro testimonio sobre los devenires del arte oaxaqueño, con la colección en formato DVD de documentales firmados por el Centro de Cultura Casa Lamm. Bajo la dirección de Albino Álvarez Gómez y con las entrevistas de Germaine Gómez Haro, esta serie abordó la realidad de la plástica oaxaqueña, con títulos sugerentes como “Mezcla de mezcal” con el pintor Guillermo Olguín o “Plan B”, con la autogestión generacional de artistas como Luis Hampshire y Jessica Wozny.
BENITO JUÁREZ O LA BATALLA DE PUEBLA ESTÁN PRESENTES EN EL UNIVERSO CORAL DE DEMIÁN FLORES, DONDE TAMBIÉN IRRUMPEN EL BEISBOL O EL FUTBOL Y EL SURF
Entre los creadores más atrayentes de la actualidad, en el arte oaxaqueño destaca la figura de Alejandro Santiago, el pintor de Teococuilco tuvo una singular proyección creativa, con una obra pletórica de color que todavía en galerías y subastas se puede adquirir por precios que oscilan alrededor del medio millón de pesos. A pesar de su pronto fallecimiento en 2013, Alejandro Santiago fue un impulsor de la identidad oaxaqueña con una sensibilidad solidaria. Suya es la serie monumental 2501 migrantes, las esculturas debarro que eternizan los rostros anónimos de los paisanos que cruzaron la frontera.
DEMIÁN FLORES, ARTE OAXAQUEÑO DE HOY
La geografía oaxaqueña incluye valles y bosques, ríos y costas. En un periplo por sus colores y paisajes, también se encuentra Juchitán, el lugar de procedencia del artista Demián Flores, quien acaba de exponer en Madrid una colección gráfica inspirada en un diálogo con las ilustraciones de Theodor de Bry, un artista belga del siglo XVI cuya mirada al Nuevo Mundo configuró el imaginario de la época, sin haber pisado jamás el continente americano. La creatividad de Demián Flores es múltiple y diversa, su trayectoria está vinculada con los talleres artesanales “La Curtiduría” y “Gráfica Actual”.
Como muchos artistas, las efigies de personalidades históricas del país han motivado su recreación, Benito Juárez o la Batalla de Puebla están presentes en el universo coral de Demián Flores, donde también irrumpen el beisbol o el futbol y el surf, el lenguaje visual de misceláneas defeñas y la alquimia de la pintura en aerosol. Su pintura es comprometida, repleta de huellas y cicatrices, claros de bosque y contracultura que han sido reconocidos con múltiples galardones y premios de juventud. Además, el trabajo del oaxaqueño ha estado presente en galerías de California o en la Galería del Jardín Escultórico Juan Soriano de Polonia y desde Baja California a Xalapa, una proyección que en tiempos de pixeles y de IA redobla su fulgor de autenticidad y asombro.
Ese avión de la serie Pinturas Plegables de Demián Flores registra la sombra duplicada del tránsito de almas en la gran industria del turismo masivo, lugares como Oaxaca funcionan como imanes de atracción para las miradas de visitantes que buscan paraísos en un mundo de falsedades. El quehacer del artista oaxaqueño apela a la virtud insondable de la imaginación que no será igualada jamás por los algoritmos. Como los murales de Osaka de la generación de La Ruptura que se pueden admirar en la sala del Museo Felguérez de Zacatecas, la reflexión sobre el impacto de las tecnologías y la amenaza a la biodiversidad están latentes en la galaxia oaxaqueña, los choques del poder y la memoria herida se ven reflejados en la pintura de Demián Flores, así como el apetito de juego y la bondad democrática del pincel, porque todos los colores de la paleta de pintores oaxaqueños dibujan aún los arcoíris de las utopías.

El Cultural No. 568

