Cada película de la cineasta trans Jane Schoenbrun incorpora fenómenos pop ficticios que tienen enormes cultos de seguidores fanáticos: el desafío viral en línea “World’s Fair Challenge”, en su debut We’re All Going to the World’s Fair (2021); la extraña serie de televisión “The Pink Opaque”, en Vi el brillo del televisor (Prime Video 2024); y la saga de películas de horror slasher de los años 80, “Camp Miasma”, en la reciente Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026).
En sus tres largometrajes Schoenbrun emplea con ingenio las convenciones y los fenómenos meta cinematográficos que engendra el horror para hablar de su experiencia generacional. Durante los créditos iniciales de Adolescencia, sexo y muerte… se cuenta velozmente la historia del éxito de taquilla y crítica de la primera cinta de la franquicia “Miasma”, sus secuelas, derivaciones, precuelas, mercancía, cómics, arte y juegos. Como suele suceder, el triunfo de la serie se va diluyendo y las últimas entregas pasan al video sin estrenar en cines. “Miasma” es objeto de una revaloración crítica y una inevitable reconsideración de las imágenes problemáticas que proyecta de la sexualidad adolescente, del deseo, la culpa y el castigo, así como de la disidencia de género y sexualidad. Así “Miasma” pasa de ser condenada por la derecha religiosa a convertirse en objeto de estudios académicos, tema de artículos y conferencias para luego volverse un asunto de melancolía.
Pero como también suele suceder, por ambición y ausencia de ideas nuevas, el estudio desea revivir la franquicia, cediendo el control a una directora de 29 años, Kris Williams (Hannah Einbinder), recientemente premiada en Sundance por la cinta independiente Jouissance (que en la tercera parte recrea Psicosis, de Hitchcock, desde la perspectiva de la cortina del baño). Esperan que Kris, quien es gay y poliamorosa, transforme el legado de memorias, chatarra fílmica (la aparición de pollo Kentucky Fried y sus salsas, así como las bolsas de dulces de gasolinería enfatizan el carácter de lo delicioso y sin sustancia), géiseres de sangre y erotismo incómodo en un filme taquillero y woke. La tarea es ideal para Kris quien vio la película original clandestinamente a los ocho años y se obsesionó con ella de por vida. El asesino serial de “Miasma” es Little Death (obvia alusión a la petite morte, el orgasmo), un joven trans que se cubre la cabeza con una rejilla de ventilación, vive en el fondo de un lago y ataca con una lanza.

El sueño de Quito
EN SUS CINTAS LA VERGÜENZA SIEMPRE JUEGA UN PAPEL DOMINANTE, ES EL COSTO DE ATREVERSE A ROMPER TABÚES
En el proceso de producción, Kris visita a la estrella y “chica final” (el arquetipo y tropo clásico del cine de horror, la última sobreviviente que cuenta la historia) de la cinta original, Billy Presley (Gillian Anderson) para invitarla a hacer un cameo en su película. Presley dejó de actuar después de “Miasma”, no regresó a las secuelas y se volvió una reclusa en el campamento de verano abandonado donde se filmó la película que le dio fama. Billy pinta y dibuja obsesivamente el patrón de cuadros concéntricos de la máscara del asesino, como si fuera un túnel o laberinto inescapable. Su apariencia evoca a Norma Desmond (Gloria Swanson), de Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950), usa turbantes y maquillaje pesado pero no es víctima de la explotación y olvido hollywoodense ni tiene el delirio de no aceptar su edad. Kris no es el equivalente del guionista quebrado, interpretado por Joe Gillis, que acepta tener una relación con Norma por necesidad. Kris es seducida por el aura de misterio, humor y honestidad de la aún atractiva e inquietante Billy. Kris decide ofrecerle el estelar de la cinta a Billy, con lo que causa horror y desconcierto en el estudio y en su propia agente, la fabulosa Sarah Sherman.
LA CINTA TIENE UNA PISTA SONORA con ecos al pop de los años 80 y la fotografía de Eric K. Yue es un deleite de referencias visuales al horror slasher: tomas en subjetivo, nerviosas cámaras en mano y recurrentes dioptrías partidas, a las que Kris hace referencia con entusiasmo mientras vuelve a ver la película: ¡Split Diopter! (tomas donde dos objetos a diferentes distancias se ven en foco). Si bien el motor del horror slasher es la dualidad antagónica entre terror físico y deseo corporal, aquí Shoenbrun hace que la interacción entre Kris y Billy con el filme dentro de un filme detone los sentimientos y contradicciones, así como la tensión entre artificio y realismo.
Kris quiere hacer una versión altamente intelectualizada de “Miasma”, una especie de reconsideración meta meta cinematográfica del legado del horror slasher en la comunidad LGBT. Mientras ven la película Kris señala: “Esta parte es transfóbica”, a una muy desparpajada Billy, que la calla abruptamente. A la vez busca ahí la causa de que su propia sexualidad sea insatisfactoria y cree que el secreto puede estar en la mirada de Billy (Amanda Fix) en la escena sexual del filme original. A diferencia del ensayo formalista disfrazado de filme de horror que quiere hacer Kris, la cinta de Schoenbrun se desliza del humor grotesco al melodrama camp (un estilo cargado de exageración, sensiblería y artificialidad que es “tan malo” que es bueno) y a la fantasía onírica, abandonando el terreno de lo real (las estridentes escenografías pintadas son formidables) entre convenciones del horror y el thriller. Los ostentosos asesinatos, decapitaciones y exagerados chorros de sangre se alejan del “realismo” gore y enfatizan tanto la experiencia como el recuerdo que moldean la fascinación obsesiva con el género.
Schoenbrun no sólo se ha convertido en la cineasta emblemática trans de su generación sino también ha destacado por su enfoque en el impacto de la soledad y enajenación (no es casual que su obra arranque en plena pandemia) en la construcción del género y la sexualidad. Asimismo, muestra cómo las pantallas y el entretenimiento popular, canalizados a través de la apropiación y la fanfiction o fanfic (ficciones creadas por seguidores y fanáticos que son compartidas en foros en línea especializados) moldean la experiencia. En sus cintas la vergüenza siempre juega un papel dominante, es el costo de atreverse a romper tabúes y desenterrar deseos prohibidos. Kris está siempre atenta y ansiosa por sus propias reacciones y teme ser candorosa. Sin embargo, el miedo de quedar expuesta se disuelve gracias a Billy y a Little Death.
Las estructuras de las películas de Schoenbrun no siguen una rígida lógica lineal y a menudo se dejanllevar en secuencias complacientes. No se trata de una obra gay militante ni de una respuesta política al movimiento antiwoke que se enquista cada vez más en la cultura (de izquierda a derecha), es en cambio una reflexión inteligente sobre los deseos de justicia social en el arte y el entretenimiento en un tiempo de intolerancia y cinismo extremo. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es un ejercicio de rebeldía para aceptar nuestros gustos perversos en cine y en el deseo sexual.


