Lo único que quiero de los días es que acaben pronto. Que acabe la entrada de los coches al garage, la entrega de paquetes y recibos y comida. Que acaben temprano las caminatas con los perros y la agitación de los inquilinos saliendo a prisa, que con las tormentas de estos meses me dejan siempre las escalerillas y los pisos batidos de lodos y hojas. Lo único que quiero es que los días acaben temprano, pero sentado frente a esta puerta el tiempo del reloj no importa y, para aligerar la angustia, me obligo a pensar que sigo a dos noches de regresar a casa.
Al menos la puerta es de cristal, le digo a quienes me preguntan cómo me va en este nuevo trabajo. La puerta y todo el muro que tengo en frente es de vidrio y a veces, cuando he acabado de fregar los pisos, sacar la basura, ordenar la correspondencia y los coches del estacionamiento, empujo mi silla hasta la orilla del escritorio, saco el cuaderno y hago algún dibujo para Amanda, o intento copiar el níspero que trajo Fernando y dejamos plantado en la jardinera de la banqueta.
Son muchas horas de silla, decía Fernando, y por eso detenía con alguna broma a los vecinos en la bajada, platicaba con todos los repartidores, se paraba a lavar los coches y ofrecía reparaciones de baños o cocinas, de closets y pintura. Te pasarías mejor los ratos así, me decía Fernando cuando hacíamos el cambio de turno, pero mi carácter no es el suyo. A mí la gente no me gusta y yo les gusto menos.

El sueño de Quito
COINCIDÍ CON FERNANDO nomás un mes y ha pasado apenas otro desde que dejó de venir. Ahora cambio el turno con Juan, y creo que los vecinos le quieren incluso menos. Antes de irse, Fernando me dijo que soy muy joven para pasar tantas horas pegado a una puerta.
Fernando ya no quiso tomar estos turnos de 48 horas y volvió a la carpintería, aunque el aserrín le cause alergia y tenga las manos artríticas. Volvió a ello, porque prefirió regresar todos los días a casa, molido e inflamado, que aguantar timbrazos en la madrugada y tomar dos tazas de café a media tarde para evitar regaños por cerrar los ojos de cuando en cuando.
Desde hace algunas noches, después de que apago la luz del recibidor y tiendo el catre para dormir, siento un rugido en mis entrañas y me extraña, porque no abuso de los fritos, ni abuso del tabaco o el alcohol, como poco picante y todavía no necesito el café para aguantar una tarde. Y a veces confundo ese ruido con lo que pienso que es el crujido de los vidrios y con los chillidos que suelta el níspero mientras estira sus ramas. Al menos la puerta es de cristal y estoy seguro que una de estas noches el viento frío va a ser suficiente para que hasta el más ligero toque la haga añicos. Trato de no mirar el celular y cierro los ojos. Me concentro en el ruido de la calle mientras me invaden y se alejan ideas y algunos recuerdos. Mi abuelo, que odiaba tanto la música o que le vieran disfrutar de una canción y pasó uno de sus más grandes corajes cuando una de mis tías se atrevió a llevarle serenata en la madrugada de su cumpleaños. Me revuelvo en el catre. Las sábanas tibias. La luz roja del sensor de la puerta brilla en la pared. Los sonidos de mi estómago me abandonan poco a poco, también el recuerdo de mi abuelo y las palabras de Fernando. Faltan dos noches para volver a casa.


