En México hay público para todo. Las fotografías y videos de lo que fue el Festival Arre 2026 en el Autódromo Hermanos Rodríguez, publicados por los asistentes tras el diluvio del domingo 6, mostraban la inundación bíblica y la triste suspensión. Sin importar su giro, aquí siempre apoyamos al respetable. Por estoico.
El fan es el que le da de comer a todos en el organigrama de los espectáculos musicales, desde el artista hasta el que jala los cables. Los seguidores hacen y soportan lo que sea con tal de entrar al concierto / festival y no ser presas del FOMO. Incluso dar portazo. Para llegar allí tuvieron que ahorrar o endeudarse. Aguantar el robo de las boleteras, los conciertos fraudulentos, la logística y sonorización de tres pesos, el acoso / extorsión policiaco, la violencia de los grupos de inseguridad, los precios abusivos de alimentos y bebidas, los encerrones inhumanos en ratoneras improvisadas y el clima postapocalíptico. Y, pese a todo, ahí sigue, firme en las filas, de pie ante los escenarios con hambre de música, llenando estadios y cuentas bancarias.
Pero uno también es público. Y en medio de la bola, el respetable también tiene sus detallitos y detallones. El público ensucia por naturaleza en cualquier parte. No importa si es en la sala del Centro Cultural Ollin Yoliztli o en el Festival Mecate, allá dejan su lugar lleno de cáscaras de pistaches y acá de pepitas. Lo normal e inevitable es que haya empujones y pisotones. Las personas se mueven, bailan, brincan, se meten al slam. Hay espacio para todos. Tampoco molesta que fumen y que se metan lo que quieran, siempre y cuando se mochen. Que avienten cerveza o meados, pues sí, ni modo. Estás en un concierto / festival. La idea que tengo del concierto, quizá arcaica, es que uno va a ser libre y, por tanto, feliz. A cantar y gritar. A beber. A bailar. A drogarse. A olvidarse de lo cotidiano y navegar con la música. A eso vamos. La experiencia colectiva / personal tiene que ser inolvidable, 50% artista, 50% público.
Es molesto, eso sí, que se pongan a platicar en voz alta cerca de uno cuando el grupo está tocando. La novia que no termina de desnucar al galán frente a ti o el farol con la playera oficial que apantalla a su morra explicándole cada canción. Lo de menos es moverse, si se puede. Podrían platicar en cualquier lugar o por lo menos irse atrás a la zona de platicadores. Y los pinches celulares arriba todo el tiempo. Una foto, un clip, se entienden. Qué sentido tiene ver el concierto a través del celular, ¿subirlo a YouTube? Este sector de público se me escapa. En un Festival Mexcla varios artistas ya utilizaron el celular para interactuar con sus fans en ciertas canciones. Si antes se encendía una marea de encendedores espontáneos, ahora es de pantallas estratégicas para redes y plataformas. Cada quien su show.
Más deleznables que un rocha moya son los que se pelean. Estaba David Byrne hablando y cantando sobre la humanidad en el Metropólitan, cuando dos simios empezaron a pelearse. Pinches changos, quédense en su casa.
