Una leona rampa en la noche

Una leona rampa en la noche (Editorial Cabos sueltos, 2026), novela de Héctor Iván González, explora la intimidad dentro de un sombrío tugurio nocturno. Mediante una prosa atenta al detalle, retrata pasiones llevadas al límite a través de personajes que ocultan secretos inconfesables. El siguiente fragmento presenta una noche de tensión y deseo que culmina en un intenso encuentro clandestino.

Una leona rampa en la noche Foto: Especial

Llegamos, y el lugar era un auténtico lupanar. Parecía que algo se festejaba. A nosotros ni nos avisaron. Lo más que sabíamos era que iba haber una producción especial, un show. Todo estaba acondicionado a la usanza de un hospital: los meseros estaban ataviados con trajes de doctor, las boleteras tenían el tocado de enfermeras y las bailarinas parecían llegadas de un sanatorio estrafalario.

No tardé mucho para detectar a Aurora entre las otras; no era difícil, era la única con ese tipo, por lo demás nuevamente estaba con el comandante de la vez anterior. De entrada, me pareció medio turbio que este tipo siempre la pidiera a ella. Claramente me daba cuenta que, al acercármele durante la noche anterior, me estaría arriesgando a recibir una paliza. Ya me veía en un callejón recibiendo una golpiza por obra de sus esbirros. ¿Valía la pena una madriza por una mujer así?, ¿meterse en problemas por tocar ese cuerpo y poder acariciar esa piel? Bueno, no me siento en la necesidad de tener que contestar, obviamente, sí.

Mientras mis dos acompañantes atisbaban no sé qué extraña situación, yo tenía los ojos fijos en la mesa del comandante. Ahí estaba la morocha, aburrida como la mujer de todo hombre acaudalado. Él buscaba echarle la mano encima, la rodeaba buscando rozar su seno, acariciar su pierna o robarle un beso. Pero ella era lista, no se regalaba ni un ápice, tampoco lo encaraba: le movía un poco la mano, cuando él la quería besar, lentamente bajaba la cabeza.

Hubo un momento, fue muy breve, que ella se paró y con el temple que la caracterizaba se fugó de la mesa del comandante. Parecía que no iba a volver, así que vi que era, como se dice en teatro, mi pie para entrar en escena. Parecía ir camino al baño cuando la intercepté.

—Hola, Aurora —dije con cierta amabilidad—, ¿te acuerdas de mí? —ella hizo cara de que sí me reconocía, pero no sabía de dónde—. Me bailaste la otra vez… —lo dije tratando de sorprenderla y, en el fondo, apelando a su indulgencia para que no me diera un precio muy alto. Pero su respuesta me sorprendió.

—Hola, pero ¿de dónde te conozco? Sho no te bailé… —dijo, con acento porteño, el cual me cayó como un cubetazo de agua helada. “¡Aurora es argentina!”, pensé de inmediato. Su voz era arenosa, como si tuviera una ladrillera en la garganta. Algo me pegó como un rayo: los ojos verdes, ¡aquellas sombrías esmeraldas no eran pupilentes!, eran dos ojos aceitunados en un rostro piel canela. Además, tenía un lunar muy sugerente arriba de la boca que le daba un tono de coquetería vintage.

¿VALÍA LA PENA UNA MADRIZA POR UNA MUJER ASÍ?, ¿METERSE EN PROBLEMAS POR TOCAR ESE CUERPO Y PODER ACARICIAR ESA PIEL? BUENO, NO ME SIENTO EN LA NECESIDADDE TENER QUE CONTESTAR, OBVIAMENTE, SÍ.

—A ver, ¿de dónde soy…? —dijo, y yo, creyéndome el muy listo, le contesté que de Argentina.

—No, boludo, soy uruguasha… —estaba desconcertada, me pasaba los ojos de arriba abajo, tratando de escrutarme completo—. ¡Sha sé!, te conozco del gimnasio…

—No, no es del gimnasio, …¿a qué gimnasio vas? —todo pasaba muy rápido, yo sólo trataba de continuar lo trepidante de la conversación. Tenía su atención y no la quería perder.

—¿A qué gimnasio vas?

—¡Ah, no, che, eso no te lo digo! —contestó con bastante astucia.

—¿Cuántos me puedes bailar, dos?

—Sí, dale, te bailo dos, vamos.

—¿Te gusta Zitarrosa?

Abrió muy grandes los ojos. Pero parecía que la conocía de toda la vida; estaba empezando a sentir vértigo. En el momento que la tuve tan cerca, vi que tenía la cara de niña, lo cual contrastaba con su cuerpo de femme fatale.

—Sí, me gusta, mi vieja lo ponía mucho —y en ese momento me tomó de la mano. Entramos a los privados, le pagué dos a la boletera, y dijo:

—No podemos tener la puerta cerrada… —y la dejó así.

A un costado, se quedaba la boletera para vigilar que no me sobrepasara.

En ese momento la abracé y le di un beso en los labios. Me dejé caer en el potro y la puse sobre mi cuerpo.

Si el diablo tiene ojos, los tiene iguales a los de Aurora.

—Oshe, me acabas de robar un quico… —en ese momento también le empecé a besar los pezones sobre el brassier. Ella se alarmó—. No podés hacer eso, boludo, sólo podés tocar las bubis…

—Es que estás preciosa…

Mi temperatura ya estaba ardiendo, la veía y no daba crédito; tenía un cuerpazo. Se separó y dijo que no le podía dar besos.

—Pero ya te los di, ¿no te gustó?

—¡Pero, vos a fuera te ves bien tranquilito, y acá sos tremendo! ¿Estás casado? —jadeaba un poco mientras se me repegaba, no detenía sus rítmicos golpeteos pélvicos sobre mí.

—No, no tengo novia y nunca, hasta conocerte, había pagado por estar con una mujer. Al contrario… —No sé exactamente qué pasaba por mi cabeza, sólo puedo decir, Román, que me sentía tan seguro, tan fuerte, tan completo que me creía capaz de cualquier cosa, me sentía invencible. Se quitó el brassier y me dejó besar sus pechos morenos, tibios, suaves. Tomaba sus nalgas y me perdía en sus tetas. Tenía el cuerpo trabajado en el gimnasio. Sus piernas estaban duras y ejercitadas. Le di otro beso.

—Que no me podés estar dando… —y de pronto ella se dejó llevar también, me empezó a cabalgar sobre las piernas, hubo expresiones de placer que interpreté a mi gusto, como auténticos gestos de seducción. —¿Y a qué te dedicás? ¿Sos escort?, ¿sos un gigoló?

—Soy vendedor de refacciones industriales, y acabo de hacer un trabajo que me dejó una fortuna para gastármela…

—¿Y cómo te la querés gastar…?

—Contigo.


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