Diversa Cultural

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Despertar en el desierto ı Foto: Especial

DESPERTAR EN EL DESIERTO

El hombre abandona la ciudad y se instala en el desierto, a vivir por fin. Esta vida, esta soledad, esta elevación sobre sí mismo, que no comprende ninguno de sus amigos, constituye para él el verdadero existir. Este hombre no lleva consigo la suprema sabiduría de Purun Bhagat, ni flaquean sus fuerzas en la lucha occidental. No. Ha luchado como todos, tal vez en una línea más recta que sus semejantes. Regresa hoy a la naturaleza de que se siente átomo vital, desencantado de muchas cosas, más puro siempre, como un niño ante las ilusiones que el paisaje, la selva y su rocío destilan para él.

Silencio, soledad… Este doble ámbito en que tambaleó el paso del primer hombre recién erguido constituyó el terror de la especie humana cuando se arrastraba todavía a medias en la bestialidad natal. ¿No ha logrado aún el hombre liberarse de este estigma ancestral, que todavía hoy persiste y explora en cobardía ante la soledad y el silencio? Y aun si así no fuera: ¿qué compensación ofrece el rebaño a la pérdida de la libertad congénita? ¿La cultura? Pero la cultura no es planta de maceta. Si prospera en tiestos, es a fuerza de agotantes abonos.

Nuestro hombre, cuya vida ha dado flores en maceta, desarraiga todo: existencia, cultura, familia, presente y porvenir, y lo confía a la franca tierra. No le queda ahora sino aguardar la próxima primavera para observar los retoños.

Horacio Quiroga, “Su olor a dinosaurio”, Todos los cuentos, Losada, 1993.

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LAS LLAVES DENTRO

Llamo al cerrajero y le pregunto cuánto me va a costar el servicio. “Quince mil pesetas” me contesta. No sé por qué, pero me parece baratísimo y acepto. Al rato llega el cerrajero, que tiene aspecto de jugador de rugby y en seguida se pone a forcejear con la puerta de mi casa, pero al cabo de unos minutos de sudar sin éxito me dice que, para abrirla, tendrá que romper la cerradura, lo que significa que habrá que poner una cerradura nueva. “Le costará cuarenta mil pesetas.” Me agarro a la barandilla de la escalera, para no caerme. Cuando me recupero, le digo que en ese caso lo mejor es dejarlo correr. “Entonces le haré una factura por el servicio mínimo”, dice, y me tiende una factura por quince mil pesetas. “Tiene que abonármelo ahora.” “Estoy sin blanca”, le digo. Entonces el cerrajero pone una cara rara; de golpe me parece más grande y mucho más fuerte que antes. Me apresuro a explicarle que el dinero y las tarjetas están dentro de casa y que ahí lo único que tengo son las zapatillas, el pijama y la camiseta de los Teletubbies. “Si quiere puede quedárselos”, me oigo gemir, desesperado, pero ya es tarde, porque tengo la boca del cerrajero a un milímetro de distancia, amenazándome con partirme la cara si no le pago al día siguiente; luego me suelta y se larga.

Me levanto del suelo y voy a la tienda de la esquina; está cerrada. Como ya no tengo a nadie a quién recurrir, me acerco al parque y me siento en un banco. La gente me mira de forma aún más rara que el cerrajero; muerto de envidia los veo marcharse a sus casas. En el parque ya sólo quedamos un mendigo y yo. El mendigo está más abrigado que yo. Pienso que ahora también soy un mendigo; pienso en lo fácil que es convertirse en un mendigo.

Javier Cercas, “Homeless”, Relatos reales, Acantilado, 2000.

Las llaves dentro ı Foto: Especial

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Todos somos prescindibles

La neblina de la noche otoñal se estremecía y, retirándose asustada, nos mostraba fugazmente la estepa infinita a la izquierda y el mar inmenso a la derecha. Frente a mí tenía la figura de Makar Chudrá, el viejo gitano, encargado de vigilar los caballos de su campamento, emplazado a unos cincuenta pasos de donde estábamos nosotros. […] Con la mirada fija en algún punto lejano situado a mis espaldas, entrelas mudas tinieblas de la estepa, me hablaba sin pausa.

—¿Así que vas de camino? ¡Eso está muy bien! Has hecho una magnífica elección, halcón. Eso es lo que hay que hacer: caminar y ver. Y, cuando ya lo hayas visto todo, entonces podrás tumbarte y morir. ¡Así de sencillo!

¿La vida? ¿La gente? —prosiguió, acogiendo con escepticismo mi objeción a su: “Eso es lo que hay que hacer”—. ¡Ajá! ¿Y a ti qué te importa? Tú mismo, ¿no formas parte de la vida? La gente vive sin ti y saldrá adelante sin ti. ¿De veras crees que alguien te necesita? Tú no eres pan, no eres un bastón, a nadie le haces falta. ¿Aprender y enseñar, dices? Pero, ¿puedes aprender a hacer a la gente feliz? No, no puedes. Tú espera a tener mis años, y entonces ya hablarás de lo que conviene enseñar. Enseñar ¿para qué? Todo el mundo sabe lo que necesita. Los más listos toman lo que pueden; los más estúpidos se quedan sin nada, y cada cual aprende por sí mismo.

Maksim Gorki, “Makar Chudrá”, Narraciones (1892-1924), trad. Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández, Alba Editorial, 2011.

Todos somos prescindibles ı Foto: Especial

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La decepción de ChÉjov

Escribir para ellos [los críticos] tiene tan poco sentido como darle a oler unas flores a una persona resfriada. En ciertos momentos me siento desanimado. ¿Qué escribo y para quién? ¿Para el público? Pero no lo veo y creo menos en él que en los duendes; es inculto, maleducado, y sus mejores elementos no son honrados ni sinceros con nosotros. ¿Soy o no soy necesario para ese público? No estoy seguro. Burenin dice que no y que me ocupo de estupideces; la academia, en cambio, me ha concedido un premio. ¡A ver quién lo entiende! ¿Escribir por dinero? Pero no he tenido nunca dinero y estoy tan habituado a su falta que me deja casi indiferente. El dinero no es un incentivo para trabajar. ¿Escribir para recibir alabanzas? Pero las alabanzas sólo consiguen irritarme. […]

[A Alekséi Suvorin, Moscú, 23 de diciembre de 1888].

Antón Chéjov, Sin trama y sin final. 99 consejos para escritores, trad. Víctor Gallego Ballestero, Alba Editorial, 2016.

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EL OTRO LADO DE LA CÁMARA

Me he infiltrado en mis propias películas como un espía. Los directores deberían ver cómo vive la otra mitad. Lo logro pasándome al otro lado de la cámara y dejando que mi compañía me dispare, para así poder ver qué se siente que me dispare mi propia compañía. Descubro que, de este modo, mantengo en estado de alerta a mis actores. Todos desean hacer sus trabajos velozmente, antes de que se me meta en la cabeza participar en una de sus escenas. Los técnicos trabajan contentos, esperando el momento fatídico en que estaré a su merced. Y entonces llega la ocasión. Me paro delante de las cámaras. Los actores piden que se vuelvan a repetir las tomas. El maquillista me salpica la cara con sus menjunjes favoritos, el departamento de vestuario me dice qué vestir. Los electricistas y el camarógrafo me “alcanzan” alegremente con las luces. El fotógrafo me dice qué hacer para que salgan bien sus fotografías.

A veces me siento tentado a realizar el mismo truco con algunos periodistas cuando vienen a hacerme entrevistas largas. Me muero de ganas de entrevistarlos a ellos, de obligarlos a posar para las fotos. Me gustaría enfocar una cámara de prensa en algún fotógrafo y pedirle que “exprese amenaza y suspenso, por favor”.

Alfred Hitchcock, “El maestro del suspenso: ser un autoanálisis”, Hitchcock por Hitchcock, Escritos y entrevistas I, sel. y ed. Sidney Gottlieb, trad. Elena Arguedas González, El cuenco de plata, 2016.

Del otro lado de la cámara ı Foto: Especial

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