Hay libros políticos que envejecen al día siguiente de publicarse: cambian los nombres, termina el sexenio y sus páginas se vuelven un periódicoatrasado.
El ogro filantrópico de Octavio Pazapareció en 1979 y reúne textos escritos, en su mayoría, entre 1971 y 1978. Muchos de ellos conservan una incómoda actualidad porque Paz comprendió que, en México, los gobiernos cambian con mayor facilidad que nuestra manera de ejercer y aceptar el poder.
El título contiene ya el diagnóstico central del libro. El Estado mexicano es un ogro: concentra facultades, invade los espacios de la sociedad y somete a los ciudadanos a su burocracia. Pero también es filantrópico: protege, reparte y promete bienestar. Su poder nace tanto del miedo como de la dependencia. No se presenta como un tirano, sino como un padre bienhechor: nos ayuda, pero se encarga de recordarnos que la ayuda viene de él.
EL VOLUMEN ESTÁ DIVIDIDO en cuatro partes. En la primera, “El presente y sus pasados”, Paz examina las capas históricas que sobrevivían en el México de su tiempo y que, en buena medida, aún perduran. Muestra que el pasado no es una colección de fechas muertas, sino una presencia que continúa modelando nuestras ideas sobre la autoridad y el gobierno. La historia cumple, así, una función terapéutica: antes de curar una enfermedad política es necesario reconocer su origen.
PAZ NO PROPONE QUE EL INTELECTUAL SE RETIRE DE LA VIDA PÚBLICA—ÉL MISMO FUE DIPLOMÁTICO—, SINO QUE CONSERVE LA DISTANCIA NECESARIA PARA DECIR NO
La segunda parte, “Hechos y dichos”, examina una contradicción que el movimiento estudiantil de 1968 volvió imposible de ocultar: la de una sociedad cada vez más urbana, educada y diversa frente a un sistema político autoritario, presidencialistay dominado por un solo partido. México se modernizaba económica y socialmente, pero su gobierno continuaba respondiendo mediante el monólogo, el control o la fuerza. Los discursos proclamaban justicia y tolerancia; los hechos revelaban una estructura incapaz de aceptar la crítica.
En la tercera parte, titulada “Eros/Job”, la reflexión se extiende más allá de México. Eros encarna el cuerpo que desea y se rebela contra las normas que pretenden controlarlo; Job, al individuo que sufre ante un poder inmenso, pero conserva el derecho a exigir una explicación. Al ocuparse de asuntos tan distintos como los campos de concentración soviéticos, el caso de Heberto Padilla y el golpe militar en Chile, Paz sostiene una misma defensa: la de la persona concreta frente a las abstracciones de la ideología y de la historia.
La última parte, “La letra y el cetro”, examina la relación entre el escritor y el poder. La letra duda, imagina y critica; el cetro manda y exige obediencia. El peligro no reside solamente en la censura, sino también en la seducción: los cargos, los reconocimientos, la cercanía y los privilegios pueden convertir al escritor en consejero del príncipe, ornamento del régimen o justificador de sus decisiones. Paz no propone que el intelectual se retire de la vida pública —él mismo fue diplomático—, sino que conserve la distancia necesaria para decir no. Lo formula con precisión: “El escritor no es el hombre del poder ni el hombre del partido: es el hombre de conciencia”.
Más que un tratado sistemático, El ogro filantrópico es una constelación de ensayos, artículos, declaraciones y conversaciones. Por eso, su carácter misceláneo propicia algunas repeticiones, y varias discusiones permanecen demasiado ligadas a las circunstancias de los años setenta. Sin embargo, el conjunto conserva una sólida unidad intelectual y moral: la desconfianza ante cualquier poder que se proclame dueño exclusivo de la verdad. Paz cuestiona el capitalismo, el presidencialismo mexicano, las dictaduras militares y el socialismo transformado en burocracia totalitaria. Su crítica no nace de una fidelidad partidista, sino de la defensa de la libertad y el pluralismo.
Esta independencia explica la vigencia del libro. Sus páginas permiten reconocer la persistencia de una cultura política que confunde al gobierno con el pueblo, al partido con la nación y el relato oficial con la verdad. Cuando el poder se proclama moralmente superior, la crítica deja de entenderse como una función democrática y empieza a presentarse como traición, resentimiento o defensa de privilegios.
El ogro contemporáneo tampoco necesita mostrarse siempre feroz. Puede hablar de amor al pueblo, entregar apoyos y prometer justicia mientras debilita la autonomía de las instituciones y convierte la ayuda pública en una deuda de gratitud política. La filantropía no elimina al ogro: acaso sea su disfraz más eficaz.
La lección de Paz no consiste en rechazar al Estado ni en sustituir una obediencia de izquierda por otra de derecha, sino en defender el pluralismo, la crítica y la libertad individual frente a todos los gobiernos, especialmente frente a aquel que consideramos nuestro.
Leer El ogro filantrópico no necesariamente cambia nuestras ideas; hace algo más valioso: dificulta que una ideología piense por nosotros. Cambian los nombres y los colores; el cetro permanece. La vigencia del libro reside en recordarnos que la palabra sólo puede ser crítica mientras conserva su distancia frente al poder.
