2021
MAYO
Domingo 30

Tartini y la Sonata del Diablo
Amanecí muy diciembre, anochezco desde temprano, frío, final. Me digo hola y me ofrezco café, lo tomo borroso, como si fuera una fotografía de mis antepasados. Me ha dado por pensar que ya soy mi retrato de viejo. Sí, ese marco que mi hija y mi hijo pondrán en una repisa o una mesa esquinera de la sala de su casa acompañado por otros personajes borrosos que se desvanecen. Hay que limpiar el cristal, Feri, sacudir un poco, Alo, sólo entonces brillarán la soledad y el olvido. Tienen mala prensa la soledad y el olvido, pero les aseguro que no traen armas blancas, sólo el oscuro desvanecimiento de la memoria, algo natural que trae consigo la vida misma.
Veo en la foto todas mis edades. Busco en mis ojos y no encuentro la mirada que cautivaba a mi madre cuando me hacía cosquillas en la cama, y me tomaba del cuello y la panza y yo a carcajadas. Entonces era inmortal. Una noche, una tempestad se desató en su cabeza y al fondo un relámpago precedió a un rayo. Los médicos le llaman ictus, infarto cerebral. Desde entonces me volví vulnerable, como un diente de león: le soplas y desaparece.

Encontré muchos dientes de león al pie de árboles de tronco delgado, esa planta que muchos consideraban milagrosa. Dilapidé milagros a mansalva. Muy delicadas esas plantas para mi cruel curiosidad infantil.
Mi retrato se ha desvanecido, no veo con claridad la ropa que llevo puesta, detrás de mí hay un cuadro del que no puede verse más que una bruma incomprensible. La familia, lo que queda de ella, me dice que me parezco a mi padre, su vivo retrato, decía mi mamá. En eso tuvo razón porque esa imagen está viva y cuenta una parte de nuestras vidas, buenas o malas. Alguien mandaba cartas par avion rumbo a Alemania, una hermana quería ser actriz, y lo fue, y quiso además hacer la revolución, cosa que no logró; otra hermana fundó una familia y se fue para siempre a otro país, ¿quién no se va un día y no vuelve nunca?; la otra hermana camina triste mientras fuma y mira sus sueños en el humo venenoso del cigarro.
Qué forma de fumar en casa. Siete campeones. Cajetillas de Baronet a granel, sin contar los More de mi padre y los Casinos de mamá, cerillos Talismán y ceniceros repletos de colillas. Así se pasa la vida y se imponen entonces los retratos.
JUNIO
Viernes 4
Abro el ojo. Nadie se despierta más joven. El paso del tiempo cae sobre nosotros y nos acerca cada día a nuestro final definitivo. Esto suena un poco dramático, pero es una verdad de cien kilos.
Me he persuadido de que después de todo envejecer no es una tragedia sino un hecho natural de la vida y, como la mayoría de las cosas cotidianas, lo mejor será tomárselo con algo de humor.
La vejez puede ser una gran virtud, pero hay que decir la verdad: nadie desea realmente envejecer. La vejez es agotamiento. Por más que ser viejo ocupe un lugar privilegiado en cuanto al prestigio y el respeto de los otros, los jóvenes son quienes tienen la posibilidad de vivir el futuro. Ciertamente pensamos en una persona vieja como alguien que no tiene ya nada que buscar en lo ajeno, en los placeres de la carne, en la gloria o enla fama, pues o bien ya las ha recibido o ha renunciado a ellas o el tren pasó sin detenerse en el andén.
Pensaba en estos asuntos cuando me encontré esta pequeña historia. Hacia finales del año 2020 el escritor Juan José Millás tuvo que renovar su documento oficial de identificación. Al salir de la oficina donde le entregaron su nueva tarjeta se percató de que el documento tenía fecha de caducidad en el año 9999. Millás pensó que aquello se trataba de un error. Al preguntar, el escritor se llevó una sorpresa: en España, una vez cumplidos los setenta años, las identificaciones se expiden para el resto de la vida. Millás pensó: “A esta edad el Estado me ha dado por amortizado, es decir, por muerto, pues mi documento de identificación se parece mucho a un certificado de defunción”.

Un par de días después de aquel episodio, Millás tenía agendado un encuentro público con el crítico de cine Carlos Boyero en la Biblioteca Nacional de España. Mientras se bañaba para ir a la plática con Boyero, Millás notó una extrañeza respecto de sí mismo. Cuenta el escritor que al frotarse el cráneo con shampoo sintió que estaba frotando la cabeza de su padre. El pánico le obligó a enjuagarse el líquido frenéticamente y salir, con espuma en los ojos, de la regadera. Millás canceló el acto en la Biblioteca Nacional, llamó a Boyero para disculparse y pasó el resto del día sentado, con la mirada perdida y pensando “¿es esto un aviso de la vejez real?”
Martes 22
Cada noche me pregunto lo mismo: ¿por qué dormimos? La otra noche pensé: ¿Por qué es posible traer a personas que dejamos de ver hace cuarenta años y verlas en el sueño en plenitud física ante nuestros ojos oníricos?
Me explica mi hija Fernanda esto: durante el sueño, la memoria autobiográfica se activa sin la dirección que tenemos en la vigilia. Agrega: la creación de escenarios posibles y la memoria autobiográfica dependen de las mismas redes en el cerebro y se disparan de forma aleatoria en el sueño.
“LEO Y TOMO EL TERCER CAFÉ DE LA MAÑANA SIN DARME CUENTA DE QUE ME AUTOINDUZCO UN ATAQUE DE ANGUSTIA. LAS PÁGINAS DEL DIARIO INFORMAN: EL AUMENTO DEL 22 POR CIENTO DE LOS CASOSDE COVID LLEVA A MÉXICO A UN TERCER REPUNTE
Un padre es un padre y llevé ese conocimiento al encuentro con el psicoanálisis: ¿entonces Freud?, dejé abierta la pregunta.
—Él se adelantó a todos los tiempos, ningún neurocientífico podría ignorar a Freud, pero ningún psicoanalista debería despreciar los descubrimientos de la neurociencia —me dice Fernanda: —Ambas deben dialogar.
Esto que escribo no lo dijo la neurocientífica, mi hija, lo desprendí yo de una conversación. Soy responsable único de estas líneas.
Los padres son una monserga. Le pregunto a Fernanda: ¿Y Borges?
—Borges lo sabía todo. La ficción y el cerebro son puntos centrales del estudio que hago en estos días —me dijo Fernanda.
Duermo con dos pastillas de pregabalina con un gran nombre: Lyrica, y una de Tafil. Fracaso rotundo, a las tres de la mañana estoy despierto. He soñado con alguien a quien no he visto hace cuarenta años.
—¿A qué has venido? —pregunto.
—Quería saber qué fue de ti, si vivías, si aún eras joven.
—No soy joven, sólo en este sueño, pero cuando despierte volveré a mi vida de siempre, en el caso de que siempre sea la vida.
A las cuatro y media de la mañana tuve sed. Me serví un vaso grande de agua. No soy Macbeth, pero creo que yo también maté al sueño. Me extraña que la oscuridad ya no exista, las sombras nos acompañan. Las pastas logran extrañas obras del absurdo en nuestra mente. Le daré una nueva oportunidad a la pregabalina, la Lyrica. ¿Quién vendrá esta noche?
JULIO
Miércoles 7
Empieza julio con poca esperanza en las alforjas de mi vida. Recojo el periódico del piso. Me engaño porque hace dos horas lo leí en la pantalla del iPad. El escritor Guillermo Sheridan ha puesto en un problema serio al Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, flamante miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sheridan demostró con ejemplos contundentes que el Fiscal plagió abundantemente para publicar su libro (es un decir) Guillermo Prieto (Una biografía). El Fiscal se despachó con el cucharón del puchero robando episodios completos de dos libros: Guillermo Prieto y su época, de Salvador Ortiz Vidales, y Vida y obra de Guillermo Prieto, de Malcolm D. McLean. El volumen de la escandalosa fusilata forma parte de los cinco libros con los que Gertz Manero fundamentó su ingreso al SNI, Nivel III, del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Allá donde esté, don Guillermo Prieto se preguntará qué pasa de este lado del mundo y por qué la bulla, o la bióloga Álvarez Buylla, o como se diga. Un importante miembro del gabinete de López Obrador resulta que se robó el contenido de dos libros; sí, se llama plagio y en cualquier época es imperdonable, y mucho más si con ese material se abren las puertas de la academia y el reconocimiento de una de las instituciones culturales más importantes del país.
Leo y tomo el tercer café de la mañana sin darme cuenta de que me autoinduzco un ataque de angustia. Las páginas del diario informan: el aumento del 22 por ciento de los casos de Covid lleva a México a un tercer repunte. Dijo López Gatell: “Hay repunte, el tercero a lo largo de la epidemia, dos en 2020, uno en 2021 después de medio año en que se redujo la pandemia (…) las hospitalizaciones y las defunciones no crecen a la misma velocidad, crecen de una manera mucho más controlada en la medida en que la vacuna ha hecho su efecto”.
¿Quién decidió poner en verde a la Ciudad de México? A donde volteo todo está abierto y atestado, lleno de personas hartas del confinamiento. Correcto: la economía mejorará y los contagios subirán y, en consecuencia, las muertes aumentarán. Inmunidad de rebaño, o como se llame, hay un repunte dice López-Gatell, uno de los más nefastos funcionarios de salud que yo recuerde.
Lunes 19
Despierto con una rara presencia en la boca del estómago. La llamo angustia, un extraño miedo a algo desconocido. Sé que podría ser una de las consecuencias de la pandemia, pero eso no me quita la ansiedad. Me siento solo; en realidad no conozco a nadie que en cierta medida no se sienta solo.
“COSAS QUE PASARON HACE MUCHOS AÑOS EN LA CIUDAD. EN ESE LUGAR DE LA MEMORIA, LA CINETECA NACIONAL ABRIÓ SUS PUERTAS AL PÚBLICO EN LA CONFLUENCIA DE LA CALZADA DE TLALPAN Y CHURUBUSCO EL AÑO DE 1974
Extraño a mi hermano. La política nos separó y nunca volvimos a ser los mismos. Sólo su muerte nos reconcilió. Para él, López Obrador era un ser tocado por la gracia, la luz de un líder al que siguió sin condiciones; para mí siempre fue un líder inmoral. Buena parte de la familia me impuso un letrero en el pecho: “hombre al servicio de la derecha”. Salvo mis padres, el resto de mi familia de infancia me expulsó de su territorio de sus ambiciones interesadas. Mi hermano quería ser canciller, y lo habría sido, pero la vida le impuso una enfermedad incurable, una tormenta perfecta en su cerebro.
Para arrancarme la amargura traigo recuerdos felices. Los tiempos en que nuestras familias compartían la alegría de ver crecer a sus hijos. Guardo en mi memoria una comida en Lisboa, cerca de Los Jerónimos. Pedimos al centro sardinas y una variedad de pescados que imagino alguien trajo no del mar sino del sagrado templo del gusto perfecto. Bebimos vino verde. La tarde tomó el rumbo del paraíso y dejamos que anocheciera a nuestras espaldas mientras la oscuridad envolvía el monasterio de los Jerónimos, en el barrio de Belén.
Otra joya: una noche, en la Rue Saint Michel donde comimos el mejor pato del mundo. Un mesero solemne nos lo mostró completo antes de empezar el rito de separarlo en partes y ofrecerlo en distintos platillos. Bebimos vino tinto, yo rematé con dos calvados Père Magloire. La experiencia total consistió en el pato en tacos de lechuga (sí, tacos, yo convertí el chicharrón de pato en tacos). Esa noche le mostré a mi hermano una de las casas de Balzac:
—Mira: en esta casa se ocultaba Balzac de sus acreedores mientras escribía Las ilusiones perdidas.
—Ese gordo siempre quiso hacer dinero, fortunas, pero siempre fracasó —me respondió mientras se asomaba por una ventana, como si quisiera ver a Balzac escribiendo.
—Sólo logró escribir una comedia humana de unos 92 volúmenes.
De eso estábamos hechos, pero el viento esparce el polvo de oro del amor.
Día suelto
Salgo a caminar. La Torre Mayor, el edificio más alto de México, fue construida sobre los terrenos de un viejo cine, el Chapultepec, que a su vez fue levantado sobre el perímetro de Reforma donde se edificaron unos estudios cinematográficos del mismo nombre. Me entero de esto último leyendo Una ciudad inventada por el cine, el magnífico libro de Hugo Lara Chávez. En la película Los muertos hablan (1935) de Emilio El Indio Fernández hay varias tomas excepcionales del Paseo de la Reforma. Una estudiante de medicina descubre con su maestro una máquina capaz de recuperar la última imagen grabada en la retina del ser humano antes de morir.
Debe ser la edad. Me acuerdo de cosas que pasaron hace muchos años en la ciudad. En ese lugar de la memoria, la Cineteca Nacional abrió sus puertas al público en la confluencia de la calzada de Tlalpan y Churubusco el año de 1974, en enero para más señas.
No exagero si digo que la Cineteca se convirtió en el centro cultural de la ciudad.Seguro invento una estampa ideal de aquella época, pero los programadores se daban vuelo: cine de autor, ciclos de género, grandes historias de la cinematografía. Casi todo lo que sé de cine lo aprendí en esas salas. En la sala Fernando de Fuentes vi desde luego Último tango en París de Bertolucci con Marlon Brando y María Schneider. Algo cambió para siempre, como cuando leí Rayuela de Cortázar o escuché las conferencias de José Emilio Pacheco en el Colegio Nacional.

La ciudad no sólo son sus calles y susedificios sino también y sobre todo sus personajes, sus tendencias culturales, sus modas, las puertas que se abren para que entre por ellas el porvenir. Desde la colonia Condesa, se podía llegar en un camión Xochimilco-Culhuacán que recorría toda la avenida División del Norte. En Churubusco, en la esquina de la Alberca Olímpica, a la izquierda, y en unos minutos la oscuridad liberaba todos los sueños.
Hace treinta años, en marzo de 1982, un incendio redujo a cenizas la Cineteca, la falta de precaución, la ineptitud y todo lo demás, convirtió el acervo cinematográfico nacional en un polvorín. Homero Bazán ha contado un trozo de aquel 24 de marzo de hace tres décadas. Se perdieron el archivo fílmico, las instalaciones y vidas humanas, nunca se supo cuántas. Durante 16 horas, el fuego arrasó con una cantidad desconocida de películas.
La directora de Cine, Radio y Televisión, Margarita López Portillo, hermana del Presidente, llegó por la noche al lugar de los hechos y ante las ruinas de la Cineteca dijo: “Yo sabía que esto iba a pasar. El archivo histórico del cine mexicano se ha perdido”. Después de confesar su culpabilidad, Margarita López Portillo se deslindó de la catástrofe: “siempre dije que era un centro de trabajo edificado sobre una bomba”. Más dedos mil rollos de películas de nitrato de celulosa estallaron en llamas.
En una de las versiones del desastre, Fernando del Moral, coordinador de la Cineteca, había llenado un clóset con cintas conservadas en nitrato. Un lote de nuevas películas agitadas en el traslado a la Cineteca provocó una explosión. Gibrán Bazán realizó un documental: Los rollos perdidos. Los encargados de cuidar el patrimonio fílmico mexicano, lo destruyeron.
Busco en distintas líneas del tiempo y me entero de que unos días después de que la Cineteca se consumiera en llamas, el volcán Chichonal de Chiapas hizo una espectacular erupción. No sé si sea un abuso analógico relacionar las incandescencias del volcán y las llamas de la Cineteca con aquel México en crisis financiera: el fuego del sexenio lopezportillista, la maldición inflacionaria, la historia negra del general Durazo, el inicio del sexenio del presidente De la Madrid, la austeridad, los recortes, el dinero que nada valía.
Nadie podrá acusarme de exagerado si recuerda esos años y la marquesina en llamas de la Cineteca como un título irónico: La tierra de la gran promesa de Andrzej Wajda. No están ustedes para saberlo, pero a mí no me gustaba Wajda. No me pregunten por qué, no sabría responder.

La marca en la pared. Virginia Woolf

