LA BREVEDAD DE LA EXISTENCIA
¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. Un programa honesto requiere ochocientos años. Los primeros cien serían dedicados a los juegos propios de la edad, dirigidos por ayos de quinientos años; a los cuatrocientos años, terminada la educación superior, se podría hacer algo de provecho; el casamiento no debería hacerse antes de los quinientos; los últimos cien años de vida podrían dedicarse a la sabiduría. Y al cabo de los ochocientos años quizá se empezase a saber cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. Un programa honesto requiere ocho mil años. Etcétera.
Ernesto Sabato, Uno y el universo, Seix Barral, 2003.
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ESCRIBIR ES VOLAR
Yo deseaba vivir en el presente, igual que el pájaro. Tomé prestada su estrategia: emprender cotidianamente lo que parece tan improbable como imposible. Varias horas al día, me obligaba a ir más allá de mis fuerzas, a alcanzar esa velocidad en la que la escritura se evade de todo anclaje y se despliega y renueva a cada segundo el milagro que le permite obtener un instante suplementario. Quien vive un peligro tan permanente conoce el presente absoluto. […]
Me inicié en esas artes y tuve que lidiar con los abismos de los debutantes. Del primer vuelo nace una exaltación que, en sí misma, constituye un peligro monstruoso: quien lo experimenta no sabe lo que está haciendo. Todos los aspirantes a escritor lo han experimentado: releer al día siguiente lo que, poseído por el éxtasis, escribiste la noche anterior y constatar que el surco del arado no guarda ninguna señal de la elevación vivida.[…]
También tuve que aprender la regla de reducir el material al mínimo. Para alzar el vuelo, el pájaro sabe todo lo que no debe llevar consigo: todo lo que pesa. ¿En qué se reconoce la escritura de un principiante? En su exceso de equipaje. No escatima nada en sus frases, y si se le cuestiona la importancia de tal o cual elemento, se rebela: “¡Ah, pero eso lo cambia todo, es necesario saberlo!”.
Poder distinguir el detalle relevante del que lastra, la palabra potente de la palabra voluminosa: un arte que requiere años.
Amélie Nothomb, Psicopompo, trad. Segi Pàmies, Anagrama, 2026.
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INTELECTUAL LATINOAMERICANO
Saignon (Vaucluse), 10 de mayo de 1967.
Mi querido Roberto:
[…] Llevo dieciséis años fuera de Latinoamérica y me considero sobre todo como un cronopio que escribe cuentos y novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los cronopios, es decir, su regocijo personal. Tengo que hacer un gran esfuerzo para comprender que a pesar de esas peculiaridades soy un intelectual latinoamericano; y me apresuro a decirte que si hasta hace pocos años esa clasificación despertaba en mí el reflejo muscular consistente en elevar los hombros hasta tocarme las orejas creo que los hechos cotidianos de esta realidad que nos agobia (¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?) obligan a suspender los juegos, y sobre todo los juegos de palabras. […] ¿No te parece en verdad paradójico que un argentino casi enteramente volcado hacia Europa en su juventud, al punto de quemar las naves y venirse a Francia, sin una idea precisa de su destino, haya descubierto aquí, después de una década, su verdadera condición de latinoamericano? Pero esta paradoja abre una cuestión más honda: la de si no era necesario situarse en la perspectiva más universal del viejo mundo, desde donde todo parece poder abarcarse con una especie de ubicuidad mental, para ir descubriendo poco a poco las verdaderas raíces de lo latinoamericano sin perder por eso la visión global de la historia y del hombre. La edad, la madurez, influyen desde luego, pero no bastan para explicar ese proceso de reconciliación y recuperación de valores originales; insisto en creer (y en hablar por mí mismo y sólo por mí mismo) que, si me hubiera quedado en la Argentina, mi madurez de escritor se hubiera traducido de otra manera, probablemente más perfecta y satisfactoria para los historiadores de la literatura, pero ciertamente menos incitadora, provocadora y en última instancia fraternal para aquellos que leen mis libros por razones vitales y no con vistas a la ficha bibliográfica o la clasificación estética.
Julio Cortázar, “Situación del intelectual latinoamericano”, Carta a Roberto Fernández Retamar en La Habana, Revista Casa de las Américas, 1967.
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EL CANSANCIO DE LA INFORMACIÓN
El IFS (Information Fatigue Syndrom), el cansancio de la información, es la enfermedad psíquica que se produce por un exceso de información. Los afectados se quejan de creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud general o incapacidad de asumir responsabilidades. Este concepto fue acuñado en 1996 por el psicólogo crítico David Lewis. El IFS afectaba, en primer lugar, a aquellos hombres que en su profesión tenían que producir una gran cantidad de información durante mucho tiempo. Hoy todos estamos afectados por el IFS. Y la razón es que todos nosotros estamos confrontados con una cantidad de informaciones que aumenta velozmente.
Un síntoma principal del IFS es la parálisis de la capacidad analítica. Precisamente, la capacidad analítica constituye el pensamiento. El exceso de información hace que se atrofie el pensamiento. La capacidad analítica consiste en prescindir, en el material de la percepción, de todo lo que no pertenece esencialmente a la cosa. En definitiva, es la capacidad de distinguir lo esencial de lo no esencial. El diluvio de información al que hoy estamos expuestos disminuye, sin duda, la capacidad de reducir las cosas a lo esencial. […]
Más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Hoy precisamente se atrofia la facultad superior de juicio por la creciente cantidad de información. Con frecuencia un menos de información produce un más. La negatividad de la omisión y del olvido es productivo. Más información y comunicación no esclarecen el mundo por sí solas. Y la transparencia tampoco lo hace clarividente. El conjunto de información por sí sólo no engendra ninguna verdad. No lleva ninguna luz a la oscuridad. Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, mayor aspecto de fantasma adquiere.
Byung-Chul Han, En el enjambre, trad. Raúl Gabás, Herder, 2024.
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TEMBLOR EN EL LENGUAJE
Hacer que tartamudee la propia lengua, en lo más profundo del estilo, es un proceso creador que atraviesa grandes obras. Como si la lengua se volviera animal. Pascal Quignard ponía de manifiesto cómo Masoch hace “balbucear” la lengua: balbucear, que es una suspensión, mejor que tartamudear, que es una repetición, una proliferación, una bifurcación, una desviación. Pero esta diferencia no es lo esencial. Hay muchos indicios o procedimientos variados que el escritor puede tender a través de la lengua para convertirlos en estilo. Y cada vez que una lengua se ve sometida a tratos creadores semejantes, todo el lenguaje en su conjunto es llevado a su límite, música o silencio.
Gilles Deleuze, Crítica y clínica, trad. Thomas Kauf, Anagrama, 1996.