En una extraordinaria entrevista a David Foster Wallace, hecha por Larry McCaffery en 1993 para Review of Contemporary Fiction, el autor arguyó lo pretenciosas que se han vuelto la ironía y el cinismo como formas para quitarle la máscara a una realidad oculta y desagradable. El problema, argumenta, es que una vez desacreditada esa realidad, una vez exhibida y ridiculizada, no hay más que hacer. Ambas figuras se convirtieron en fines en sí mismos, y ahora pocos se atreven a buscar formas de redención de aquello que no funciona, “porque a todos esos ironistas hastiados les parece un rollo sentimental e ingenuo. La ironía ha pasado de liberar a esclavizar”, explicó.
La sentencia de Wallace sigue resonando. En los programas de análisis político, las columnas de opinión y, desde luego, en las redes sociales, es común percibir esta actitud pretenciosa y estéril. Lo llamativo es que parece que la respuesta a quienes defienden el dogma del azar, son aquellos que sostienen la conspiración. Unos y otros se turnan el megáfono de los medios masivos.
ANTE ESTE FRUSTRANTE BAMBOLEO es valioso y pertinente recuperar la lectura de Los mismos malvados de siempre. Una teoría de las teorías de la conspiración, del filósofo español Pepe Tesoro (Círculo de Bellas Artes, 2024), un libro que analiza de manera afortunada, clara, esperanzada —e incluso divertida— los funcionamientos y posibles móviles del pensamiento conspirativo y su contraste con la lógica de los escépticos, los fieles a la contingencia. Para ello, Tesoro examina varias de las ficciones literarias y cinematográficas más conocidas de la cultura pop (desde Kafka y Philip K. Dick a Blade Runner y The Wire) así como algunos famosos episodios históricos del conspiracionismo, a través de conceptos fundamentales del teórico estadunidense Frederic Jameson y en diálogo con una amplia constelación de autores, como Mark Fisher, Slavoj Žižek, Fran Mason y Richard Hofstadter, entre otros.

Del ChatGPT al Neuromante y de regreso. Culto, paranoia, superstición en la inteligencia artificial
TESORO PROPONE ALEJARSEDEL PESIMISMO Y LAS POSTURAS PARALIZANTES; PREFIERE DISTANCIARSE DE QUIENES SUGIEREN QUE LO INTELIGENTE ES ACEPTAR LA CONTINGENCIA
Pepe Tesoro se distancia de quienes consideran al conspiracionismo una paranoia inexplicable, una patología subnormal que merece condescendencia o desatención. Para el autor son más dignas de atención la asiduidad y funcionamiento de las narraciones conspirativas, sus motivaciones, y sus consecuencias prácticas y políticas, que su contenido —por más ocu-rrente que éste sea.
Parece pertinente preguntarse al comenzar a leer si hoy más que nunca prolifera el pensamiento conspirativo. Aunque resulta difícil dar una respuesta, es posible que la era de las tecnologías de la información y la comunicación nos hagan precipitar una respuesta afirmativa que resultaría razonable; pero, como alega Tesoro, esta lógica tiene más recorrido del que se suele pensar y es más que una mera deformación ridícula de nuestros procesos de comprensión. A lo largo del libro, el autor expone cómo es que la imaginación conspirativa es una suerte de mecanismo de compensación que ha surgido en distintos momentos dedesestabilización y crisis: la cacería de brujas en el siglo XVII, los Illuminati en tiempos de Robespierre, Los Protocolos de los Sabios de Sión durante el nazismo, o el terraplanismo contemporáneo son algunos dignos de mención y análisis.
En una realidad como la actual, que se muestra altamente compleja por el hostigamiento de fuerzas económicas y geopolíticas de escala planetaria, que parecen regirse bajo la inasible racionalidad del capital, padecemos la incapacidad de nuestros aparatos de representación para desarrollar una explicación satisfactoria del mal que acecha al mundo. Ante esta impotencia epistémica, ante esta crisis de nuestras figuraciones políticas, explica el autor siguiendo a Jameson, es comprensible imaginar monstruos que sirvan como cartografías cognitivas, estructuras de sentido que permitan una mayor orientación en medio del caos.
La imaginación conspirativa tiene entonces un combustible tranquilizador; pero este componente puede orientarse en direcciones opuestas: al pesimismo cósmico, ante el cual sólo es posible la parálisis; o bien, a una figuración de claridad con un corazón utópico, que considera que una verdad total existe y nos liberará, que una emancipación es posible.
Los escépticos que busquen desarticular argumentativa o empíricamente a quien defiende una figuración conspirativa parten de la premisa equivocada. Para la lógica de la conspiración cualquier evidencia que busca desar-mar su discurso es sólo una prueba más de la fuerza del discurso mismo. La ironía que se burla del pensamiento conspirativo, defendiendo que el mal y el sufrimiento en el mundo son meros productos del azar puede parecer una contraofensiva racional. Sin embargo, argumenta Tesoro en consonancia con Žižek, esta postura tiene consecuencias peligrosas: es una retirada a la desafección, a la despreocupación.
Tesoro propone alejarse del pesimismo y las posturas paralizantes; prefiere distanciarse de quienes sugieren que lo inteligente es aceptar la contingencia. Coincido en que tal vez es cándido pensar que otro mundo es posible, pero la idea es tan valiosa, que vale la pena sostenerla incluso si se demuestra falsa. Tal vez, concluye de manera esperanzadora, la verdadera conspiración es la que nos ha convencido de que no existe una alternativa y nuestra tarea sea insistir en lo contrario.

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