Tarde o temprano tenía que pasar. Ya antes mi amigo el doctor del vino, Javier Nava, me había dado a probar un rosendo y me encantó.
Así que cuando anunciaron el Festival Rosé, me dije a mí mismo: hidrátate teté, que te hidrates teté, te digo que te hidrates, que te hidrates teté. Así pues, cuarenta y ocho horas antes del evento me puse a beber agua de coco a lo desgraciado.
Esta es la crónica de mi despeñadero en el agua loca color rosa.

Del ChatGPT al Neuromante y de regreso. Culto, paranoia, superstición en la inteligencia artificial
Lo siento por aquellos que creen que el vino rosado es inferior. Se perdieron de un evento chingón. Y de una mega pedotota.
La noche prometía: doce bodegas, doce copas, doce caricias al paladar. Más tu copa conmemorativa de obsequio, regalo de los patrocinadores, carne seca para botanear y tu hamburguesa de Lázaro (que la neta me sorprendió lo rica que estaba) o tu focaccia. Así que, cómo ven, estaba todo pero que sí bien parchado.
Llegué a las seis de la tarde al lugar, una hacienda un par de kilómetros más allá del Territorio Santos Modelo. Y así, sin calentamiento previo ingresé en la cancha.
En otras ocasiones lo he mencionado. Cuando me preguntan qué se hace en Torreón siempre respondo que comer chingón. Pero sin faltar a la verdad, debo agregar que también se bebe con ganas. Tenemos un Festival del Vino anual que es una fiesta memorable. Al que ahora se suma este Festival Rosé, en un intento porque la gente conozca más esta variedad y deje el prejuicio atrás y que lo pelusié por su color: la lección que aprendí de esta jornada es que el rosa no es tan rosa como a veces la raza supone.
El objetivo de este texto no es hacerme el entendido, ni el sumiller. Como muchos, estoy en pañales en el tema. Sólo quiero compartirles mi experiencia. Una queja sí tengo. Es la siguiente: lo único que lamento del festival es que de ahora en adelante voy a volverme un consumidor de vino rosado, chingao. Como si no tuviera ya suficientes vicios. Pero también me queda la satisfacción de que en Torreón vaya que nos sabemos divertir.
No mentiré, sé que corría un riesgo. Que con tanto rosado mi tez comenzara a cambiar de color y bajara yo con la piel del color de Barney el Dinosaurio. El rosa del vino más mi morenez podría producir ese matiz. Pero uno tiene que ser ante todo un explorador y dejar detrás los temores. Y los temblores. Esos estaban reservados para el día siguiente, pero de la cruda ya hablaremos más adelante.
Mi primera parada fue Don Leo, que como mucha gente de la región sabe, es garantía. Entonces puede decirse que entré por la puerta grande. A partir de ahí el viaje sería turbulento, en el buen sentido y en el pior. No soy experto en hablar de notas y bla bla bla, pero suelo juzgar los vinos por su dulzura. Soy más partidario de los vinos secos. Así que mis favoritos fueron aquellos que sin empalagarme lograban guardar un perfecto equilibrio. Y en qué consiste dicho equilibrio, me preguntarán. Para mí: en que pueda apreciar la experiencia estética sin resultarme estridente.
SUELO JUZGAR LOS VINOS POR SU DULZURA. SOY MÁS PARTIDARIO DE LOS VINOS SECOS
Quizá alguien pueda pensar que tanto rosado puede terminar por resultar aburrido. Pero nada más alejado de la realidad. Aunque claro, en algún punto de la noche me compré una botella de tinto para limpiarme el paladar. Pero me adelanto. Procedo a mencionar lo que para mí se robó la noche. La única bodega que me voló la cabeza y que no era del Valle de Parras, fue una de Guanajuato. El rosé se llama Guanamé. Y fue todo un descubrimiento. Tan así que me compré una botella para llevar.
Sé que a muchos les podrá sonar común, pero la neta es que por algo Casa Madero ocupa el lugar tan bien ganado que tiene en el mercado. Para mí, fácil dentro de los mejores cinco vinos de las selecciones. Y como nos dieron una botella de regalo, digamos que fue mi antesala antes de concluir el viaje con el tinto. Y sí se los recomiendo para sus bodas, bautizos, quince años, etc. Fue un punto notable para mí de entre toda la variedad. Recurso de la vieja confiable.
Confieso que cuando arribé al festival no planeaba escribir un reporte como éste. Pero fue tan intenso el trip que me sentí en la obligación moral para con mi memoria hepática. Otro vino que ingresaría en el top 5 sin borlo es: Punto Norte. También del Valle de Parras. Lo malo de tener un festín de vinos tan buenos es que te entran unas ganas méndigas de estacionarte en una de las casetas y ya no moverte de ahí, pero pues el objetivo es que pruebes toda la oferta. Y entonces tengas de dónde elegir. Un vino que me produjo esa sensación fue Los Cedros, de Arteaga. Quizá mi tercero o cuarto favorito entre todos.
Al momento de la cata, tenía muy presente cada uno de los vinos, y lo más curioso es que conforme me fui empedando la briaga no me hizo olvidarme de ninguno de ellos. Todavía antes de dormir pienso en el Campomaccione, un italiano que me robó el corazón. Había un argentino que era rosa espumoso, muy decente, pero al final se me quedó atrás junto con otros caballos. Y no quiero ser mala leche, y no voy a mencionar a algunos vinos que me parecieron algo olvidables, o sea, todas las bodegas hacen su luchita. Pero el único que mencionaré como francamente malo es el L.A. Cetto. Y lo hago sólo porque ya lleva un buen rato de circulación y sigue siendo igual de paletón.
Oigan, no vayan a pensar que ahora me considero un experto en vino rosado o vino en general. Tampoco me voy a hacer el modesto para no afirmar que varios de los mejores vinos salen de Coahuila. Simplemente me he vuelto fan del rosado. Y no me apena decirlo. Y quiero probar otras marcas de otras latitudes. Aunque sé que muchas se quedarán atrás. Y es que no sé muybien a quién atribuirle este milagro, si al dios de los cronistas o a San Judas, pero esta región ha sido bendecida y es tierra idónea para la producción de vinos perrones.
Después de las doce copas, me tomé unas cuatro más, luego media botella de Casa Madero y media de tinto. Para que amarrara. Si ya estás en la autopista de los roses, pa’ qué te haces del gollete remilgoso. Milagrosamente no salí arrastrándome. Aunque sí acabé bien zumbado. Y tampoco me dio una cruda mortal. Al día siguiente no pagué caro el haberme excedido. Con un par de micheladas remonté. No sé si fue por el agua de coco o porque me cuida el dios de los cronistas. Les juro que es verdad. A muchos la cruda de chupe que me discutí los hubiera hecho añicos. Pero a mí la cruda de rosado me hace los mandados.

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