Si atendemos a Giorgio Colli, Anaximandro pertenecía a una época muy distinta a lo que hoy entendemos como quehacer filosófico. Aquellos individuos que reflexionaban sobre el origen de todas las cosas eran sabios, es decir, una suerte de magos, poetas, chamanes y profetas. Su acción no era esa “actividad educativa” que desde Platón se conoce como amor a la sabiduría, “nuestra filosofía” dice Colli, “no es otra cosa que una continuación, un desarrollo de la forma literaria introducida por Platón”. La sabiduría es un arrebato, un momento oracular, “la intuición del dolor del mundo”, es un conocimiento que destruye a quien lo posee y a quien lo atiende.
De aquellos sabios se desprendieron dos modos de verificar la existencia: el primero como afirmación, allí se hallan los filósofos vitalistas, los que saben sacarse provecho y se usan a sí mismos como una suerte de generales que someten a su yo-soldado a un entrenamiento estoico para afrontar todas las facetas de la vida hasta llegar a una ataraxia contemplativa, de la cual, a decir de ellos mismos, salen fortalecidos; frente a estos estajanovistas de sí mismos, están otros, los pesimistas, que se saben arrojados a un mundo lleno de dolores, pérdidas y fracasos a los que resulta inmoral sacarles provecho para lograr el sospechoso beneficio de parecer incólume frente al destino de todos: la extinción.
DE ANAXIMANDRO PROCEDE LA ESTIRPE que preferimos en la literatura, pero que toleramos mal en el roce social: los aguafiestas, decadentes, nihilistas, sufridores ejemplares que ven en la existencia una trampa de la que sólo se sale muerto. Y resulta asombroso que se haya conservado solo un fragmento de la obra de Anaximandro, recogido por Simplicio en su Comentario a la Física de Aristóteles. Dice de este modo:
Las cosas de donde viene el nacimiento a lo que existe son aquellas a donde tiende también su corrupción como debe ser; pues lo que existe sufre recíprocamente castigo y venganza por su injusticia, según el decreto del Tiempo.
Ese apotegma es todo lo que puede considerarse palabras literales de Anaximandro (aunque su pensamiento fue guardado y debatido por muchos de sus predecesores). Sin embargo, ha sido suficiente para convertirse en una provocación intelectual para muchos autores.
Dos me conmueven particularmente porque conceden al filósofo de Mileto un rango inequívoco. Nietzsche, en La filosofía en la época trágica de los griegos, señala que su “pensamiento y su forma son piedras miliares en la senda que conduce a la más grande sabiduría”, y cita el fragmento de este modo: “De donde se generan las cosas, hacia allí se produce también su destrucción, según su necesidad; pues esas cosas tienen que expiar sus culpas y ser juzgadas por sus iniquidades en conformidad con el orden del tiempo.”
Nietzsche no encuentra nada equiparable en la filosofía occidental excepto un pasaje de los Parerga y paralipómena de Schopenhauer:
El criterio adecuado para explicar a uno de estos hombres es, precisamente, el de que es un ser que no debiera existir, pero que expía su existencia con toda suerte de vicisitudes y con la muerte […] Todos expiamos el hecho de haber nacido, primero con la vida y luego con la muerte.
Entonces ya podemos entender que la injusticia que hemos cometido no es otra que haber salido de la nada, no es otra que haber interrumpido el silencio y la muerte universal con nuestra ruidosa existencia, y cada uno, a su manera, deberá expiar esa iniquidad con los sufrimientos y las pérdidas infligidas por la vida hasta que, exhausto, alcance el descanso eterno. Que en los albores de la civilización el hombre haya contemplado “el conjunto de la existencia como una forma culpable de emancipación del ser eterno”, no deja de sorprender, y ante ello, Nietzsche se pregunta: “¿Quién será capaz de liberarnos de la maldición del devenir?”
HEIDEGGER, POR SU PARTE, se acercó con idéntica devoción al fragmento, y en un riguroso delirio filológico lo interpreta palabra por palabra, línea por línea. Imposible citarlo en extenso, pero resulta crucial entender que ve a Anaximandro desde las antípodas. Si el filósofo presocrático está en el comienzo, Heidegger quiere leerlo desde el ocaso de occidente, y de este modo su texto parece una oración secular murmurada ante el fin del mundo. No usa a Anaximandro como amuleto ni como escudo, sino como evidencia de “haber visto el todo de lo presente en la presencia”, y con ello nos devuelve a la idea del sabio, del vidente, pues “la esencia de ver como haber visto es el saber”.
Pero, ¿qué es aquello que se ha visto y qué sabiduría puede desprenderse de ello? Barrunto una respuesta: la verificación de la desgracia ecuménica nos humaniza y nos permite adoptar una íntima compasión por los demás, por todos los seres que crepitan en esta hoguera. Haber visto los gestos amados, las palabras leídas, las grandes obras de arte, el sabor de un platillo, la vida desperdiciada por todas partes, las humillaciones y los fracasos, la caridad recibida, la amabilidad de los extraños… y todo junto convertirlo en un conocimiento precario e ínfimo, tal vez parecido a esa filosofía con la que soñaba Hölderlin “como un hospital donde el poeta desgraciado puede refugiarse con honor”, y donde somos atendidos por hermanos en la desdicha y que, por eso mismo, saben limpiar llagas.
LA VERIFICACIÓN DE LA DESGRACIA ECUMÉNICA NOS HUMANIZA Y NOS PERMITE ADOPTAR UNA ÍNTIMA COMPASIÓN POR LOS DEMÁS
Anaximandro fue el primero, pero no el único; con qué geométrica frecuencia los sabios, que en el mundo han sido, nos recuerdan la desgracia, el infortunio de haber nacido: Mainländer, Caraco, Cioran, Beckett, Schopenhauer… y esa misma figura revienta como pus en los libros sapienciales, en Job, en el Eclesiastés, en Jeremías, en el soliloquio de Segismundo y en la alternativa de Hamlet —suicidarse o seguir, that is the question—, pero somos una especie condenada a escuchar sin oír, y sólo el temor de seguir sufriendo incluso después de la muerte —¿otra vez tú, Hamlet? ay, there´s the rub: / For in that sleep of death what dreams may come— nos detiene. Entre nosotros, quizás sólo un afilado pesimista como Luis Alberto Ayala Blanco, recientemente fallecido y a quien rindo homenaje con este texto, podría haber hecho suyo este fragmento para usarlo como imprecación contra la propia existencia. Si pudiera trazarse, decía, esa frecuencia a través de los siglos y las épocas, de las generaciones y los individuos, quizás su forma sería la de una oscura rosa que llevamos como una infección en el ojal. Acaso esa rosa sea nuestra única dignidad, aquella con la que podemos mirar defrente al prójimo.