Dsús Ramíesde etapas muy tempranas de la vida, me sentí atraído por la actividad científica. Al mismo tiempo fui tomando conciencia de una crítica muy relevante que se hace a los científicos: me refiero a su colaboración con algunos de los grandes proyectos bélicos de la humanidad, y con otros proyectos opresivos. En parte, esa crítica va más dirigida a las aplicaciones tecnológicas y sociales del conocimiento científico que a la ciencia como búsqueda de conocimiento. Aun así, pienso que la desconfianza hacia la ciencia puede estar justificada cuando existen intereses económicos y políticos que distorsionan la producción del conocimiento. Sin embargo, a medida que he desarrollado una labor en la investigación y en la vida académica, me he dado cuenta de que el examen de las influencias políticas, económicas y culturales sobre la actividad científica es —y debe ser— parte de la metodología científica. Técnicamente, para interpretar de manera correcta el resultado de un estudio científico se requiere un análisis cuidadoso de los sesgos que podrían distorsionar los resultados.
Por desgracia, en los tiempos actuales la desconfianza hacia la ciencia puede transformarse en tendencias sociales irracionalistas, teorías conspirativas y políticas de manipulación ideológica, todo lo cual es promovido por gobiernos con tendencias autoritarias. En este contexto, pienso que es necesario defender el derecho al conocimiento científico. Y una manera de hacerlo consiste en dialogar de forma respetuosa con los críticos de la ciencia.
UNA DE LAS TENDENCIAS CRÍTICAS que ha tenido un gran impacto dentro del análisis filosófico de la ciencia es el construccionismo social, ejemplificado por la afirmación de Bruno Latour de que el bacilo de la tuberculosis no existía antes de ser descubierto por Robert Koch. La afirmación llamó mi atención porque me dedico a la medicina. ¿Si las categorías diagnósticas tienen componentes históricos y convencionales, eso significa que las enfermedades son construcciones sociales? En mi opinión, un grado moderado de construccionismo social resulta útil para entender cómo funciona la ciencia, en el sentido de que los investigadores construimos modelos científicos preliminares y perfectibles para aproximarnos a fenómenos, eventos, y objetos que sólo conocemos de manera parcial. En este sentido, todos los conceptos dela ciencia han sido construidos socialmente, mediante un diálogo paulatino informado por observaciones y experimentos a lo largo de las décadas o los siglos. Sin embargo, el construccionismo fuerte o radical defendido por muchos académicos resulta absurdo si se toma en serio, de manera que, en el mejor de los casos, sólo puede tomarse como un juego de ideas. Para discutir esto, voy a regresar a la afirmación de Latour según la cual el bacilo de la tuberculosis no existía antes de ser descubierto por Robert Koch.

Una carnita asada con David Toscana
TODOS LOS CONCEPTOS DE LA CIENCIA HANSIDO CONSTRUIDOS SOCIALMENTE, MEDIANTE UN DIÁLOGO PAULATINO INFORMADO POR OBSERVACIONES Y EXPERIMENTOS
Este es el ejemplo: En el artículo titulado “Ramsès II est-il mort de la tuberculose?” (¿Murió Ramsés II de tuberculosis?), el filósofo y sociólogo Bruno Latour aborda la construcción social de los hechos científicos y se pregunta si un concepto médico moderno se puede usar de forma retrospectiva. En sus propios términos, el bacilo de Koch fue “descubierto, o inventado, o construido socialmente en 1882”. Al parecer, algunos académicos franceses trabajaban con la momia de Ramsés II y se planteó la hipótesis de que el faraón había muerto de tuberculosis. De hecho, no hay evidencia concluyente de que haya muerto por esa enfermedad, pero ésa no es la cuestión: Latour no plantea que la posible causa infecciosa de muerte del faraón es un problema que podría resolverse mediante los recursos de las ciencias empíricas. Más bien pregunta: “¿Cómo podría haber muerto a causa de un bacilo descubierto por Robert Koch en 1882?”, y afirma que “antes de Koch, el bacilo no tenía una existencia real.”
En el artículo titulado “On the Partial Existence of Existing and Non-existing Objects”, Latour plantea esta cuestión en los términos siguientes: “¿Cómo podría haber muerto a causa de un bacilo descubierto en 1882 y de una enfermedad cuya etiología, en su forma moderna, se remonta apenas a 1819, con la obra de Laënnec? ¿No es esto anacrónico?” Latour va más allá y plantea que la atribución de la tuberculosis a Ramsés II “debería parecernos un anacronismo de la misma magnitud que si hubiéramos diagnosticado que su muerte fue causada por una revuelta marxista, una ametralladora o una crisis de Wall Street”. Me detengo en este párrafo, ya que revela de manera muy precisa el elemento que considero inválido: me refiero a la incapacidad para diferenciar entre objetos como una ametralladora, inventada por los seres humanos, y el bacilo de la tuberculosis, descubierto y caracterizado en todos sus detalles por los microbiólogos.
FRENTE AL DISCURSO DE LATOUR, tenemos tres opciones: en primer lugar, podemos interpretarlo de manera literal, en cuyo caso es un discurso simplemente falso, que sobreestima la construcción social de los objetos científicos, y subestima la existencia real de microorganismos que no dependen de la mente humana para existir. En segundo lugar, podemos tomarlo como un truco retórico para indicar que los objetos científicos requieren de una construcción social que pasa por procesos de legitimación institucionales e históricos. Esta opción sería realmente un construccionismo moderado, totalmente razonable, que no niega en algún sentido relevante la objetividad de la tuberculosis; pero lo que Latour parece estar negando es precisamente esa objetividad que está más allá del recurso lingüístico. En mi opinión, aunque las categorías diagnósticas y patológicas tienen componentes históricos y convencionales, eso no implica que las enfermedades son meras ficciones intelectuales.
El análisis social de la ciencia se beneficia cuando hay una crítica razonable y bien informada. La construcción de teorías científicas válidas no puede ignorar la perspectiva del investigador, su contexto, sus valores, y los presupuestos teóricos implícitos en un proyecto de investigación. Las limitaciones de la actividad científica no deben esconderse bajo la alfombra, sino que deben analizarse como una parte nuclear de la metodología científica, para controlar el posible efecto del azar y los sesgos que pueden distorsionar el discurso científico. Pero una crítica exagerada y malinformada, en vez de mejorar la construcción del conocimiento, abona el terreno para el crecimiento del relativismo anticientífico, las teorías conspirativas y las políticas de manipulación ideológica. Hay un chiste popular que dice: “Si el oxígeno fue descubierto por Carl Wilhelm Scheele en 1771, ¿cómo respiraban las personas en 1770?” La broma es absurda, pero tal parece que se puede crear una gran controversia filosófica tomándola en serio. La actitud crítica que me parece injustificada se puede resumir en la adopción de un construccionismo radical que no distingue entre objetos como un bacilo y una ametralladora.

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