La vida de los poetas, de Daniel Espartaco (Chihuahua, 1977), es una novela de aprendizaje. En pocas páginas con ágil ironía aborda la infancia, adolescencia y juventud de su alter ego, Daniel, un jovenzuelo al que le gusta leer. Sueña con convertirse en poeta en una sociedad iletrada. Vive en una pequeña ciudad al norte del país donde no hay escape al tedio. Se entretiene con algunos números atrasados de la revista rusa Sputnik, arrumbados por su padre antes de abandonar a su familia.
Te van a llevar los rusos, le advier-ten los lugareños prejuiciosos contra el protagonista Daniel. Inicia la senda del perdedor desde la niñez a mediados de los años noventa del siglo XX. Sus ilusiones tropiezan con la propaganda política que usa como gancho el emprendimiento, la superación y excelencia inexistentes. Ya adolescente, Daniel recorre largos trayectos en microbuses en busca de trabajos mal pagados. Admira a Oleg Popov, el payaso ruso más famoso del mundo, que se le aparece clonado en los payasos Quinina y Bromuro, que trabajan en el transporte que usa el aspirante a poeta. La biografía de Daniel se resume en solicitudes de trabajo Printaform, que compra en una papelería atendida por una muchacha de la que termina enamorándose. El abuelo mañoso y borrachón usa sus palancas para que el nieto consiga chamba en un cine. Para entonces, Daniel frecuenta una librería de viejo que le descubre la poesía y las delicias del ocio creativo impostado. Comienza a escribir versos.
Su gusto secreto actúa como enemigo. Aparece en un periódico con su foto leyendo en un parque, unos años antes de publicar su primer poemario. Se convierte en una celebridad efímera que lo llena de decepción.

Una carnita asada con David Toscana
Con sentido del humor descarnado, La vida de los poetas explora con desenfado la crisis existencial juvenil a la manera de algunas novelas canónicas, entre otras, Cuitas del joven Werther, de Goethe, La senda del perdedor, de Bukowski, El guardián entre el centeno, de Salinger y Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco.
Toda novela de aprendizaje y su supuesto propósito edificante, también funciona como tratado de moral a la inversa. Harold Bloom veía el renacimiento de la novela bajo extraños aspectos de la picaresca. El novelista y el lector atento saben de qué va entrelineado en una narración satírica donde el antihéroe se sale con la suya enfrentando la adversidad.
Daniel Espartaco consolida su oficio. Con mirada fría recorre el desam-paro de toda una generación de jóvenes. La compilación de relatos Deshielo (Posdata Editores, 2013), y las novelas cortas Autos usados y Memorias de un hombre nuevo (Random House 2012 y 2015, respectivamente), toman distancia de buena parte de la narrativa mexicana contemporánea.
Espartaco se identifica con los underdogs. Rampa entre la violencia latente en el norte del país, la zozobra emocional y la iniciación sexual vodevilesca.
En una reciente entrevista, aclara: “Quería hablar de esos inicios en la poesía, que suelen ser intensos, y de una interpretación equivocada de la poesía como algo fácil, como un juego de palabras. Es una poesía que personalmente no me gusta. Había también cierta crítica a algunos poetas, no a la poesía, porque soy lector de poesía. En particular, me interesaba el tipo de poeta que yo mismo fui de joven: alguien superficial, que sabía poco y no tenía quién lo orientara. El libro es también una especie de autoparodia en primera persona”. La escena en el edificio de correos para enviar una carta de felicitación a la revista rusa muestra a un infante renegón, que luego de entregar el sobre, especula: “Creo que aún nadie ha descrito la soledad de un niño frente a una empleada de correos”.
LA VIDA DE LOS POETAS HACE GUIÑOS A ESCRITORESY ESCENARIOS RUSOS RELEGADOS POR LA DICTADURA DEL SOCIALISMO REAL
Los poetas están condenados al purgatorio. La vida de los poetas se acerca a una precuela de Un poeta, película colombiana de 2025, dirigida por Simón Mesa Soto. El protagonista es un profesor de literatura de secundaria que de joven fracasó como promesa de la poesía colombiana. Sobrevive como profesor. Trata de rescatar a una estudiante de origen humilde con talento para la poesía. Al intentar guiarla acercándola al mundo literario, se ve obligado a confrontar su propia decadencia, sus contradicciones éticas y la duda de si está impulsando a la joven o intentando revivir su propia vida a través de ella. Se desahoga perorando en borracheras callejeras con otros sujetos de la misma calaña.
La vida de los poetas hace guiños a escritores y escenarios rusos relegados por la dictadura del socialismo real. La educación sentimental de Daniel viene de las mujeres que rodean al protagonista: la madre, la precoz hermana menor, la dependiente de la papelería e incluso la empleada de correos. Infancia, adolescencia y juventud impregnadas de abulia finisecular, temores aspiracionales que posponen el despertar sexual.
El joven poeta fracasado se pregunta insistente: ¿Llegaría yo a convertirme en un niño de verdad? Quizá encuentre la respuesta en el eterno retorno nietzscheano, ahí no existe la vida de los poetas.

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