Ya nadie escribe cartas de amor. El proceso era largo, no me refiero sólo al tiempo que pasaba con la pluma sobre el papel sino al interno, que se demoraba más. Primero me tenía que ocurrir algo significativo con alguien, un encuentro, un beso, un intercambio de miradas o fluidos que conducían finalmente a un sentimiento más profundo, aterrador. Luego venía la remembranza, el repaso mental de lo sucedido, una y otra vez las escenas a detalle, no sé si para prolongar el gozo o el castigo por lo que ya no volvería. Justo ahí, cuando la experiencia empezaba a desvanecerse, aparecía en mí la necesidad de fijar el recuerdo. Intentaba describir el brillo de los ojos, el sudor en las manos nerviosas, la humedad entre las piernas. Las palabras sobraban o faltaban, el lenguaje nunca era suficiente y me tardaba mucho en verbalizar. Aun así seguía como podía, aunque dijera demasiado o no consiguiera expresar lo esencial, hasta poner punto final. Después cometía la imprudencia mayor, enviar el sobre por correo a su destinatario.
Hace poco mandé un mensaje de WhatsApp que, a diferencia de las antiguas misivas pasionales, llegó de inmediato. Me había perdido en un barrio amenazante, en no sé qué parte de la ciudad, lejos de casa. Me sentía vulnerable y mis clásicas fantasías catastróficas empezaron a atacarme. Mi coche cae en un socavón y me succiona hasta el centro de la tierra, me raptan y me dejan morir por inanición, me extravío más y no logro regresar a casa. Al verme en un peligro que quizá sólo existía en mi cabeza, me detuve. Empecé a teclear mis sensaciones urgentes, sin saber bien qué quería decirle a la persona con la que estaba texteando. Se me amontonaban las frases, las ideas quedaban sueltas, las contradicciones de mi pensamiento parecían imposibles de ordenar, mucho menos de escribir en el celular.
LO DIGO AHORA O CALLO PARA SIEMPRE, entonces le mandé una sola oración, contundente y directa, una propuesta impulsiva y atrevida. La leyó enseguida. Al cabo de unos días, como si lo hubiera meditado, me aseguró que, de haberle llegado exactamente una semana después, todo habría sido diferente. Me culpó de haber agitado las alas de la mariposa y alterado el orden de su universo. Yo sólo sentí un aleteo en el estómago, pero, al parecer, le había desencadenado consecuencias imprevisibles en su estructurada vida.
No creo en el timing ni en que haya un momento adecuado y oportuno para cada situación. Para mí, lo que existe es la coincidencia extraña e imperfecta del deseo, las ganas de dos personas de arriesgarse a permitir el desajuste del equilibrio y a que se muevan las piezas de lugar. Las buenas historias nacen de trastornar el curso de los acontecimientos y llevarlo al caos de la entropía, lo irreversible de los hechos que no podemos evitar.
Mis cartas, mails o mensajes de texto no llegan tarde ni temprano sino cuando decido enviarlos, sobre todo cuando hay alguien dispuesto a recibirlos.
Por eso, querido lector, escribí esta columna para que te alcance a tiempo y te transmita el arrebato de mis letras.
*Estamos lejos de estar cerca.