Amparo Dávila "pocos cuentos, pero bien hechos"

Amparo Dávila
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El sábado 18 de abril, a los 92 años, murió en la Ciudad de México la escritora Amparo Dávila. A fines de 1998 conversé con ella. Tenía entonces setenta años. Publiqué esta entrevista en la revista Tierra Adentro y la firmé con el seudónimo Juan Enrique Espinoza, utilizado en varias ocasiones en esa publicación de la que yo era subdirector. Veintidós años después, la breve entrevista, que ahora rescato, sigue dándonos un autorretrato fiel de la escritora nacida en Pinos, Zacatecas, el 21 de febrero de 1928.

Dávila descubrió su vocación literaria en San Luis Potosí, para luego convertirse en una de las más originales cuentistas mexicanas, con tres libros que han merecido la entusiasta atención de lectores, críticos y estudiosos de la literatura: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977). En 2009, en sus Cuentos reunidos, incluyó, junto a esas tres colecciones, su cuarto libro, hasta entonces inédito, Con los ojos abiertos. Artífice rigurosa y exigente de la literatura fantástica, sus inquietantes cuentos merecieron la admiración de Julio Cortázar.

Autora, también, de los poemarios Salmos bajo la luna (1950), Meditaciones a la orilla del sueño (1954) y Perfil de soledades (1954), agrupados, en 2011, en su Poesía reunida (junto con el inédito El cuerpo y la noche), Amparo Dávila, quien en 1977 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su libro Árboles petrificados, refiere en esta entrevista cuál fue el origen de su vocación y cuáles fueron su búsqueda y su finalidad en la literatura.

¿Cómo trasladó sus vivencias de Zacatecas y San Luis Potosí a su literatura?

De manera gradual. A los seis años me llevaron al Colegio de las Religiosas del Espíritu Santo, en San Luis Potosí, y llegué conociendo al diablo, a los demonios, a los infiernos, pero no a Dios. En ese colegio estuve hasta el sexto año de primaria; la secundaria la estudié en otro convento: el de las religiosas del Verbo Encarnado. Influida por el Cantar de los cantares empecé a escribir unos salmos que luego agruparía en los Salmos bajo la luna, mi primer librito. La narrativa vino después. Me dejaban tareas en las clases de gramática y de composición, y a mí me salían cuentos. Poco antes de venir a la Ciudad de México, en 1954, publiqué otros dos tomitos de poesía: Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades.

Tengo entendido que, en la Ciudad de México, usted trabajó con Alfonso Reyes.

Fui su secretaria, aparte de que llevamos también una muy buena amistad. Unos meses antes de viajar a México, me encontré con él en Guanajuato; estaba sentado en la banca de una plaza, esperando a Manuelita, su esposa, que le había ido a traer unos libros. Me acerqué y lo saludé. Rememoré un pasaje de Antoine de Saint-Exupéry: cuando el zorro le dice al Principito que, aunque él ya no esté, no se va a sentir triste, pues al ver las espigas va a recordar sus dorados cabellos. Don Alfonso se dio cuenta de mi distracción y me preguntó en qué estaba pensando. Le relaté aquella asociación de vida y literatura, que lo conmovió porque amaba a Saint-Exupéry. Ahí se estableció una hermosa amistad. Cuando vine a México, lo busqué. Colaboré con él hasta 1958, es decir, hasta un año antes de su muerte.

¿Qué aprendizajes obtuvo de ese vínculo literario?

De él aprendí a no tener compromisos más que conmigo misma y con la literatura. Otra lección fue la del rigor: don Alfonso era sumamente riguroso en su oficio; me enseñó a no contentarme con cualquier cosa, sino a exigirme lo más que pudiera dar.

"Imaginaba mundos maravillosos, de hadas... Mi infancia fue imaginar, todo el tiempo, aquello que no existía".

¿Influyeron estas lecciones en la brevedad de su producción literaria?

Por supuesto. Me enseñaron a no aspirar a la cantidad, sino a la calidad. Creo que es preferible tener cuatro o cinco libros bien hechos y no veinte que no trasciendan.

¿Cómo llegó usted al cuento fantástico, género que define su estilo?

De manera natural. Soy muy imaginativa, y el medio donde nací y viví mis primeros años era un lugar lleno de leyendas e historias de fantasmas. De niña pensaba siempre en cosas fantásticas, imaginaba mundos maravillosos, de hadas, de duendes, de todo eso. Mi infancia fue imaginar, todo el tiempo, aquello que no existía.

Algunos de sus cuentos tienen cierta familiaridad ambiental con los de Julio Cortázar, a quien usted conoció y a quien, además, dedicó uno de sus mejores relatos.

Sí, “El entierro”. Tuve el privilegio de llevar una muy bella amistad con él, pero además coincidíamos en temáticas y en lo que planteábamos como la finalidad de la literatura. Teníamos una especie de hermandad literaria. Cuando conoció mi primer libro de cuentos, Tiempo destrozado, Julio Cortázar me escribió al Fondo de Cultura Económica y me dijo que lo había sorprendido mucho encontrar esa afinidad tan grande entre él y yo, entre la literatura de un argentino y la literatura de una mexicana. Ahí surgió una amistad entrañable.

¿Cuál es la finalidad de la literatura?

Mi finalidad es hacer buena literatura, alcanzar la calidad. En un segundo plano, transmitir al lector un poco de misterio... Soy bastante sensorial; a veces me motiva un sonido agradable, un sabor, un árbol, un paisaje, y me remonta hacia una vivencia, a veces casi olvidada, pero que toca mi espíritu. Ahí empieza el cuento y, a medida que avanza, la vivencia personal se va quedando un poco de lado y el cuento sigue su marcha por sí solo.

¿Cómo encuentra la literatura mexicana actual?

Hay mucho movimiento porque nunca, como ahora, hubo tantos escritores y tantas escritoras. Hoy se publican muchísimos libros. Esto es saludable, es positivo para la literatura.

¿Cuál es su mayor satisfacción literaria?

Lograr un cuento. Cada uno implica un riesgo y entraña una incógnita. Hay algunos que nacen redondos, “cuentos que nacen vivos”, decía Cortázar; son aquellos que perduran en la memoria y en el sentimiento. Un lector lee un cuento de Cortázar y lo recuerda, como aquel que usted me citó hace un momento, “Casa tomada”, que es redondo, perfecto. Hay, desde luego, y por el contrario, muchos que se publican por ahí, acerca de los cuales no le queda a uno ningún recuerdo. Lo que perdura en la memoria es lo bien hecho, y yo creo que esa es la aspiración y el mayor anhelo de un escritor, de un cuentista, en mi caso: lograr pocos cuentos, pero bien hechos.

¿Escribe actualmente un nuevo libro?

No sé si será un nuevo libro o si nada más van a ser unos cuantos cuentos; no sé hasta dónde llegue la inspiración, pero es lo que me propongo, desde luego.

Finalmente, ¿cómo juzga a su generación?

Pienso que es una de las generaciones más sólidas, más responsables y honestas. Puedo mencionar a Enriqueta Ochoa, a Inés Arredondo, a Guadalupe Dueñas, por sólo nombrar a tres. Ellas y yo somos escritoras de pocos libros, pero pocos libros que realmente hicimos con amor por la literatura, no por lograr un sitio, un nombre o por hacer dinero, porque en particular esto último ninguna lo consiguió. La literatura nos ha servido para expresar, para crear, para fijar en la memoria una de las huellas posibles de lo sublime.