Arnoldo Kraus, "La enfermedad es maestra"

Esgrima

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Arnoldo KrausFoto: Cortesía de Penguin Random House
Por:
  • Alejandro García Abreu .

Desconocer fronteras es una cualidad viral. Suprimir espacios, tragedias y vivencias que ocurren ‘en otra parte’ es otra peculiaridad de nuestro Covid-19. Los virus acortan distancias y borran conceptos. ‘En otra parte’ es aquí y ahora”, afirma, desasosegado, el médico y escritor Arnoldo Kraus (Ciudad de México, 1951). Bitácora de mi pandemia (Debate, 2020) de Kraus fue prologado por Antonio Lazcano Araujo —biólogo especializado en la evolución temprana y en el origen de la vida, miembro de El Colegio Nacional—, quien asevera:

Kraus escribió que “Contra toda esperanza es un libro desgarrador y monumental de Nadiezhda Mandelstam. Tras la primera detención de su esposo en 1934, el poeta Ósip Mandelstam, uno de los hijos más granados de la literatura rusa, quien murió cuatro años después, víctima de Stalin en un campo de tránsito hacia Siberia, Nadiezhda empieza a narrar las crudas peripecias y el dolor infinito de la pareja y de sus compañeros de generación. Nada pudo la poeta hacer para salvar la vida de su marido, nada. Todo pudo hacer casi veinte años después del asesinato de Ósip cuando escribió Contra toda esperanza. Nos dijo, nos escribió, nos instruyó, nos alertó: la esperanza, pese a todo y a todos, debe seguir”. Arnoldo Kraus hace bien en atenerse a la poesía. Mezclada con la angustia y la desesperación ante un enemigo minúsculo e implacable, en medio de las cuatro paredes del encierro al que nos ha forzado la pandemia, se transpira la esperanza. ¿Esperanza en qué? En la inteligencia humana individual y colectiva, en el poder de la ciencia y la cultura, en los esfuerzos heroicos del personal de salud. La esperanza en nosotros mismos y en los que nos seguirán. En eso descansa el futuro.

En Bitácora de mi pandemia, Kraus —profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM, miembro del Seminario de Cultura Mexicana y del Colegio de Bioética— ahonda en la irrupción de la enfermedad no esperada, habla sobre este tiempo de inseguridad y, a la vez, expresa —como apunta Lazcano Araujo— que conserva esperanza.

Escribiste que “las enfermedades y sus variantes, epidemias y pandemias, son maestras”. Ante la muerte, quizá sociedades o individuos podrán resignificar el mundo con otras herramientas, coliges. ¿Qué sentido le otorgas a la idea de darle un nuevo sentido a la realidad?

La pandemia ha modificado muchos esquemas sociales que nos parecían normales. Ahí reside la necesidad de la resignificación de la muerte, de la enfermedad, de las patologías y sus causas. El SARS-CoV-2 nos desnudó. Estábamos desprevenidos. Con la muerte que acecha todos los rincones del planeta debemos dar un nuevo significado a los conceptos de salud y enfermedad. Cambia la perspectiva de la muerte. La enfermedad es maestra. Algunas personas tendrán la suerte de morir de un infarto, pero cuando la enfermedad toca a la puerta se producen cambios desde sencillos hasta profundos.

“El tiempo estruja, los relojes corren”, aseveras. ¿De qué manera percibes la flecha del tiempo en la época del coronavirus?

La percepción del mismo se ha modificado. A todos nos ha cambiado la vida, solamente a muy pocos de forma positiva —algunos empresarios han incrementado sus carteras durante la pandemia, pero prácticamente a nadie le ha ido bien. El tiempo se trastoca y hay temor e incertidumbre. En este caso muy particular la palabra incertidumbre está más atada que nunca al concepto de tiempo. Me gusta tu alusión a la flecha del tiempo, en ella reinan la inseguridad, la duda y la perplejidad. El tiempo difiere cuando se cuentan los muertos. La percepción del tiempo se modificó para siempre. El tiempo en 2021 es diferente del tiempo a finales de 2019.

Afirmas: “Sobran historias. La mayoría revela angustia, inseguridad, temor hacia el futuro, pánico por infectarse, desprecio hacia los políticos. Cada uno tiene su historia. La pandemia es un mar infinito lleno de historias”. Recurres a la literatura. Hemos conversado en otras ocasiones sobre La peste, de Albert Camus. ¿Cómo lidias personalmente con la pandemia?

No tengo miedo. Lo digo sin petulancia. Pero escucho historias de pacientes y colegas míos en las que se manifiestan la desolación absoluta y la desesperanza. Qué bueno que menciones La peste de Camus, pero no olvidemos a Thomas Mann. En esos libros extraordinarios prevalece la ficción, pero hoy prevalece la realidad. Hay momentos en los que se imbrican ambas. La mezcla de realidad y ficción a veces deriva en plenas irrealidades.

La pandemia ha modificado esquemas que
nos parecían normales. Ahí reside la necesidad de la resignificación de la muerte

Tu bitácora carece de final. Decidiste enviarla a la editorial para no repetirte. La pandemia continuará. “La infección sigue acosándonos, tanto por el poder devastador del SARS-CoV-2 como por la pandemia de la pobreza”. Concluyes: “Quizá nunca se alcance el punto final”. En el libro reflexionas sobre la esperanza que otorga la poesía. ¿Conservas la esperanza o estás convencido de que la situación global devendrá en “un futuro sin futuro”?

Soy escéptico. El hombre como especie tiene una dosis de maldad inherente. Kant decía que el mal está determinado ontogénicamente. A pesar de todo pienso que debemos conservar cierto grado de esperanza. La poesía —toda la literatura— ayuda. En 2009 entrevisté al doctor Jesús Kumate (1924-2018), catedrático e investigador especializado en infectología pediátrica e inmunología, miembro de El Colegio Nacional, Secretario de Salud de 1988 a 1994 y, en 1995, presidente del Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud. En la conversación le pregunté si tenía alguna esperanza en los sistemas de salud del país. Contestó que ninguna. Concluyó: “No creo ver un México mejor, pero traté de hacer algo cuando tuve la posibilidad de hacerlo”. Yo no suscribo lo dicho por él. Por ejemplo, mientras tú y yo conversamos sobre un asunto tan delicado como la pandemia estamos generando esperanzas. Tú y yo formamos un binomio enriquecedor. Es un intercambio de inteligencias. Afortunadamente hay gente con curiosidad, con ganas de preguntar, de retar, de no callarse. Este brevísimo listado que podríamos alargar es una suma de esperanzas.