Astor Piazzolla, año cien

El bandoneón, instrumento de origen alemán, fue la clave, el sello que hizo posible desplegar el universo sonoro
del músico argentino: una evolución a través de la búsqueda y el sentido experimental que invoca múltiples
registros, estilos, influencias, para irrumpir en el modelo clásico del tango —entre otros géneros.
Todo lo que toca lo transforma, acompañado del reconocimiento de los notables músicos con quienes alternó.
El próximo 11 de marzo se cumple el centenario de su nacimiento. El siguiente recorrido subraya su dimensión fuera de serie. 

Astor Piazzolla (1921-1992), retrato de Susana Mulé, 1989.
Astor Piazzolla (1921-1992), retrato de Susana Mulé, 1989.Foto: flickr.com
Por:
  • Hector Iván González

1. DE LAS MUCHAS ocasiones en que Astor Piazzolla tocó el cielo de la interpretación, el concierto en el Central Park de Nueva York me parece la más entrañable. No cuando tocó en el Teatro Colón con orquesta sinfónica ni en sus presentaciones en Alemania, Suiza o Italia. En Central Park, Piazzolla sonaba radiante. Al presentar al quinteto en inglés, la audiencia le pidió que hablara en italiano; él contestó que no había ningún italiano, entonces una multitud de paisanos lo vitoreó. “¿Sí hay italianos? ¡Buenas noches!”. Ese lluvioso domingo, 6 de septiembre de 1987, Piazzolla se reencontraba con sus verdaderos compatriotas, los italoamericanos exiliados por el hambre o la guerra con los que vivió sus años infantiles.

Debido a la miseria, su padre, Vicente Piazzolla, llevó a la familia a vivir al Lower East Side de Manhattan, cuando Astor tenía apenas cuatro años. Desde el principio enfrentó duros reveses, ya que nació con un problema en la pierna derecha que le impedía caminar y provocó que el bebé sufriera dolorosas operaciones. Por esto, Piazzolla padeció una cojera que él mismo disfrazaba.

Para no ser el hazmerreír, Vicente rápidamente le enseñó a boxear y le exigió que hiciera todo lo que un niño sano haría. Ante los cuidados extremos de Asunta, su madre, Vicente le presentaba nuevos retos; así le llevó un día una cajita con una sorpresa, un pequeño bandoneón. Al inicio, Astor no quería aprender música y Vicente lo llevaba de la oreja. “Mi padre creía que yo haría algo importante en la vida”, le dijo a su hija Diana en una entrevista grabada.1

Piazzolla se crió en ese aguerrido Manhattan donde formó parte de pandillas y llegó a cruzar guantes con el futuro campeón Jake LaMotta.2 Al tocar un instrumento tan extraño, Piazzolla tuvo algunas presentaciones y, durante la inauguración del Rockefeller Center, conoció a un pintor que le hizo un retrato. Era Diego Rivera, quien había develado el mural revolucionario de 1933 que después la familia Rockefeller mandó destruir.

Un año después llegó el conjunto de Carlos Gardel a Nueva York. Astor lo fue a visitar por orden de su papá. Gardel se sorprendió con el chico que tocaba el bandoneón y quiso que lo acompañara para hacer de intérprete. También lo invitó a actuar en la película El día que me quieras. Finalmente, al salir de gira, Gardel le pidió permiso a Vicente para llevarse a Astor al viaje, pero el padre se rehusó. En esa gira de 1935 Gardel y su conjunto perdieron la vida: el avión en que viajaban se estrelló.

Astor interpretó Triunfal, con lo cual Boulanger quedó maravillada y le dijo: Eso sí que es Piazzolla, usted nunca debe dejar esta música

De vuelta en Argentina, se fue a Buenos Aires para instalarse como bandoneonista. Entró a tocar con Francisco Lauro, luego se acercó al café Germinal, donde tocaba la orquesta de Aníbal Troilo. Se hizo amigo del pianista Orlando Goñi y éste lo recomendó para entrar a la orquesta. Troilo era un avanzado en el tango, Piazzolla lo admiraba.

En una ocasión fue a ver al pianista Arthur Rubinstein, quien lo recibió afablemente. Astor le presentó un “concierto para piano” que debía sonar “horrible”3 y no incluía ningún otro instrumento. Rubinstein le preguntó al joven por qué no estudiaba formalmente. Llamó a Juan José Castro, quien le recomendó a Alberto Ginastera. A partir de ese momento, Astor fue su pupilo por las mañanas, sin dejar de trabajar con Troilo. Así que regresaba en la madrugada a casa, dormía un par de horas y atravesaba la ciudad. Ginastera le fue muy importante para desarrollar la técnica y también lo instó a explorar el mundo de la cultura en mayor profundidad. Le dijo que “un músico debe saber de todo, porque la música es un arte totalizador”.4

A pesar de los jaloneos entre el viejo y el nuevo estilo, Piazzolla trabajó con Troilo por varios años; en 1944 se alió con Francisco Fiorentino y hacía novedosos arreglos de los tangos tradicionales. Un par de años después tuvo su primer conjunto, la Orquesta del ’46. A los músicos que reclutó los respetaba en gran medida y empezó a incorporar el criterio jazzístico de entender a cada uno como un solista capaz de aportar a la composición. Apareció su primera grabación con tangos como “Lo que vendrá” y “Triunfal”. Los arreglos y las introducciones desconcertaron a la gente que pretendía bailar. Empezó a levantar aversión en el público más conservador. No es que “no les gustara”, es que no tenían los recursos para entender lo que estaba proponiendo; muchas cosas tendrían que pasar para digerir el germen de un nuevo género.

Astor había estado expuesto a música muy compleja. Admiraba a Bach, Igor Stravinsky, Béla Bartók, George Gershwin y a jazzistas como Art Tatum. Además, con los años Charlie Parker y Miles

Davis, el bebop en general, se volvieron su paradigma. Mientras tanto, su esposa Dedé lo introdujo en el impresionismo, el cubismo y el arte abstracto. De ahí surgió la fascinación por Pablo Picasso. El gusto por el cubismo musical influyó en Piazzolla. Sus composiciones transmiten sensaciones arquetípicas de los fenómenos. Tal como Stravinsky nos coloca en una selva primitiva en La consagración de la primavera sin que estemos ahí, Piazzolla nos transmite la sensación de un Buenos Aires nocturno y nostálgico. Con los músicos cubistas sentimos que las ciudades tienen voz propia, la vida tiene sonoridades. Repiten el fenómeno de forma arbitraria y descentralizada. En Rapsodia triste, de Gershwin, el progreso y el fragor urbano nos pasan por las manos; en el Concierto para orquesta, de Bartók, la multiplicidad de la vida nos invade.

Su obra es el desenlace natural de la fusión entre barroco, música instrumental del siglo XX y jazz. En el réquiem que escribió a su padre, “Adiós Nonino”, se transparenta la Tocata y fuga en Re menor BWV 565 de Bach. No hay romanticismo, sus notas son propias de la música de cámara y de la experimentación: Bach, Stravinsky, Gershwin, Bartók, Duke y Charlie Parker. Pero también están el tango de Troilo y de Pugliese, por eso Piazzolla es el nuevo tango.

Con Gerry Mulligan.Foto: loc.gov

2. “Cuando me desmoralizo, me voy”, era su divisa. Así que en 1950 renunció al bandoneón y a la orquesta por la incomprensión que lo rodeaba. Se dedicó a musicalizar películas y hacer arreglos. Ganó una beca para ir a París, donde conoció a Nadia Boulanger, maestra de Stravinsky, Glenn Gould y un largo et al. La famosa Mademoiselle le pidió que le mostrara lo que interpretaba. Él tocó una pieza clásica. Ella insistió: “Pero, ¿qué hace usted?”. Con renuencia, el argentino sacó el bandoneón de su estuche, lo que la maravilló: “¡Un bandoneón, el único instrumento que Paul Hindemith no sabía tocar!”.5 Astor interpretó “Triunfal”, con lo cual Boulanger quedó maravillada, lo tomó de las manos y le dijo: “Eso sí que es Piazzolla, usted nunca debe dejar esta música”.

Con Nadia Boulanger reforzó la técnica para armonizar y, sobre todo, recibió un espaldarazo vital. “Era como mi segunda madre”, dijo Astor. Acudió con Luis Adolfo Sierra a oír a un octeto de jazz en el que tocaba Gerry Mulligan. La experiencia lo marcó: “No era como en las orquestas de tango, que parecían cortejos fúnebres, reuniones de amargados. Había un director y arreglos, pero también un amplio margen para la improvisación; todos podían disfrutar y a la vez brillar”. A su regreso de París, Piazzolla armó el primer octeto para “imponer” su estilo. En actitud desinhibida, tocaba de pie, con la pierna derecha sobre una silla; el bandoneón se volvió el regente de la interpretación, como lo fue el piano o el clavecín.

Aunque sufría el rechazo de su país, la década de los sesenta es de hallazgos y creación excepcionales. Piazzolla tenía una relación con Argentina como la que se tiene con una novia ingrata a quien se quiere complacer, pero nunca se logra. El 25 de octubre de 1973 sufre un ataque al corazón por el exceso de trabajo, cigarrillos, whisky y tal vez un poco de cocaína. A medida que se recupera, organiza un sexteto con dos peculiaridades: carece de violinistas, lo cual le da un tono muy denso, e incorpora un segundo bandoneón. Se especulaba si era para reforzar una posible debilidad. Él se repuso pronto. En sus ratos de ocio, pescaba tiburones en Punta del Este. “Mientras yo pueda pescar tiburones, puedo tocar el bandoneón”, le dijo a su hija Diana. “El día que no pueda pescar un tiburón, ya no sé qué pasará”.

El bandoneón es un instrumento de origen alemán (1854), que se tocaba en las iglesias sin órgano. Piazzolla decía que los marineros inmigrantes lo llevaron a Argentina y los músicos italianos lo incorporaron a las orquestas de los burdeles. El tango surgió en los lugares marginados, con características similares a las del jazz, que nació unos años antes en Estados Unidos. Como dice Borges, el tango salió de “las casas malas”.6 No es extraño que el jazz y el tango terminaran por fusionarse. En 1974, Piazzolla grabó con el saxofonista Gerry Mulligan Summit, un disco trascendente que se ha comparado con Sketches of Spain, de Miles Davis, por fusionar vertientes latinas con jazz.

En 1975 hizo un noneto electrónico con su hijo Daniel y jóvenes rockeros—algo parecido a lo que hizo Miles Davis con percusionistas, bajistas y guitarristas, cuyo resultado sería Bitches Brew o Tutu. Esta etapa es realmente prodigiosa, hay temas como “Onda 9” o arreglos en “Libertango” muy refrescantes; llegaron a tocar en el Carnegie Hall de Nueva York. La experiencia fue muy breve, al parecer porque los amigos de Astor no festejaron las piezas del grupo animadamente, como dice Víctor Oliveros. Es probable que Piazzolla estuviera adelantado veinte años a lo que se hacía en su país. Retomó el quinteto con Pablo Ziegler (piano), Héctor Console (contrabajo), Horacio Malvicino u Óscar López Ruiz (guitarra eléctrica), Fernando Suárez Paz (violín). Su consagración ocurrió en el Festival de Jazz de Montreal.

Paulatinamente, Piazzolla se volvió un género musical en sí mismo. Había tocado con orquesta filarmónica, con grupos de jazz, con Horacio Ferrer y Amelita Baltar hizo heterodoxos tangos-canción. Los padres del bossa nova, en Brasil, lo celebraban. Cannonball Adderley, Aaron Copland, Stan Getz, los mejores músicos del mundo lo sentían como una inspiración. “Este hombre le cambió la cara al tango”, dijo el saxofonista cubano Paquito de Rivera. Directores de películas, dramaturgos, coreógrafos y pintores le pedían que colaborara con ellos. Ahí está “Soledad” para Lumière, de Jeanne Moreau; “Verano porteño”, para la obra de teatro Melenita de oro, de Alberto Rodríguez; “Tangata del alba” para una coreografía, las “Pulsaciones” para la película Pulsation, del uruguayo Carlos Páez Vilaró. En Francia, George Moustaki lo invitó a trabajar juntos. Hizo otro gran concierto con el vibrafonista Gary Burton, que en los años ochenta creó un hito en el jazz. Vale la pena decir que se repitió en mayo 2009 con el bandoneonista Marcelo Nisinman, lo cual resultó una versión superior a la original, donde la libertad del quinteto redundaba en interpretaciones rigurosas pero relajadas.

La música de Piazzolla llega al centenario gozando de vitalidad y empuje. Sus temas se niegan a envejecer. Pueden tener notas que evocan los años setenta u ochenta, reminiscencias de jazz, de Bartók y hasta del blues. Pero su esencia se sigue imbricando en lo atemporal. No hay un momento en que no se solacen sus notas con nuestra sensibilidad más profunda.

El artista creía que la música debía adecuarse a su época. Desde un pun-

El artista creía que la música debía adecuarse a su época. Desde un punto de vista personal, es el mayor músico del siglo XX. Debido a la magnitud del corpus, a la hondura en las sensaciones que transmite, a la capacidad opípara de nutrirse de cualquier melodía y a la gama armónica, puedo afirmar que supera a los monstruos de su tiempo: Mahler, Stravinsky, Shostakovich o Miles Davis.

Notas

1 Piazzolla, los años del tiburón, documental dirigido por Daniel Rosenfeld, Argentina, 2018.

2 María Susana Azzi y Simon Collier, Astor Piazzolla. Su vida y su música, prólogo de Yo-Yo Ma, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2002, p. 41.

3 Astor Piazzolla: A Portrait. Tango maestro, documental dirigido por Mike Dibb, BBC, 2005, Inglaterra.

4 María Susana Azzi, ibidem, p. 73.

5 Es decir, el prodigioso músico que redactó el método universal para aprender a tocar instrumentos. Ver Daniel Rosenfeld, op. cit.

6 Jorge Luis Borges, El tango. Cuatro conferencias, Penguin Random House, México, 2017, p. 33.