Desde la depresión

REDES NEURALES

DESDE  LA DEPRESIÓN
DESDE LA DEPRESIÓNFotos: Layers / pixabay.com
Por:
  • Jesús Ramírez-Bermúdez

La física contemporánea nos obsequia una imagen inquietante del mundo: vivimos prisioneros de la segunda ley de la termodinámica.

De acuerdo con esa ley, cuando un sistema físico pasa de un estado de equilibrio inicial a un estado de equilibrio subsecuente, la cantidad de entropía aumenta (inevitablemente) con el paso del tiempo. En su Historia del tiempo, Stephen Hawking afirma que la entropía se puede entender como el nivel de desorden de un sistema. Al final, el desorden aumenta en todo sistema físico: este principio se usa para explicar la muerte de las estrellas y puede usarse también para entender la finitud de los organismos vivientes. ¿Cómo podemos entender la vida y la conciencia a la luz de un universo gobernado por una ley termodinámica que nos garantiza el tránsito hacia el caos?

El principio de autopoiesis —postulado por los científi-cos chilenos Varela y Maturana— nos dice que los seres vivos pueden definirse como sistemas caracterizados por una organización circular de transformaciones y producciones moleculares. El ser vivo es y existe como ente mole-cular sólo mientras conserva tal organización. El mundo está lleno de peligros que pueden llevar a la destrucción celular; hay organismos unicelulares que se desplazan para alejarse de las amenazas y que se aproximan cuando el ambiente es propicio para la supervivencia.

Los seres humanos estamos constituidos por millones de células. La necesidad de coordinar tantas unidades funcionales ha llevado, en el transcurso de la evolución biológica, a la aparición de un sistema nervioso especializado en la regulación fisiológica y la organización del comportamiento, pero que retiene la tarea esencial de proteger al organismo y retrasar al máximo la muerte. Nuestro cerebro contiene circuitos de supervivencia y su activación nos pone en un estado de emergencia; se activan cuando hay un daño o una amenaza presente, pero también frente a amenazas pasadas o futuras, imaginarias o potenciales.

Si el estrés es excesivo, prolongado y aleatorio puede ocurrir una desafortunada transición desde la salud hacia la enfermedad. La preparación orgánica frente a las amenazas incluye respuestas fisiológicas que producen cambios metabólicos en todo nuestro cuerpo. Los cambios corpo-rales son registrados por el sistema nervioso a través de las vías interoceptivas, que activan nuestro cerebro emocio-nal para dejarnos saber lo que quisiéramos ignorar: nos encontramos en medio de un padecimiento. Le llamamos estrés, ansiedad, depresión: depende de la fase y severidad del padecimiento.

Es frecuente que el problema no sea exclusivamente mental: hipertensión, diabetes, problemas de colesterol y triglicéridos, migraña, colon irritable, fibromialgia, trastornos del sueño: todos estos problemas pueden aparecer durante la exposición prolongada al estrés severo. La medicina, la psicología y las neurociencias dan una imagen científica de la depresión y una guía para su posible tratamiento. Pero hay una pregunta que no es atendida con suficiente detalle en esas investigaciones: ¿cómo se siente estar sumergido en un padecimiento afectivo? Una de las aportaciones más relevantes de la literatura consiste en explorar esa dimensión cualitativa de la experiencia consciente.

En el libro titulado Un perro rabioso (Editorial Turner, 2021), Mauricio Montiel Figueiras comparte un ensayo testimonial sobre su experiencia en el terreno depresivo, tal y como lo aclara el subtítulo: Noticias desde la depresión.

Si el estrés es excesivo, prolongado y aleatorio puede ocurrir una desafortunada transición desde la salud hacia la enfermedad

El autor no actúa como un académico que organiza con frialdad sistemática los hechos generales: es más bien como un periodista de guerra, o peor aún, como un soldado en la trinchera que escribe un diario de gran valor para comprender las cualidades de la experiencia depresiva. Para darle sentido, construye una compleja arquitectura de referencias culturales, un fascinante museo de las artes depresivas donde la enfermedad transforma los valores existenciales que yacen en lo profundo de las creaciones estéticas.

Sin un propósito didáctico (es más bien un texto fenomenológico y una amplificación cultural de la vivencia), Mauricio Montiel explora los síntomas de la depresión ma-yor: "Estar atado a la cama mientras se pasa —mientras se tolera— la noche en blanco detona una angustia en verdad indescriptible. Imposible explicar el cúmulo de ideas nocivas que giran sin control en nuestra mente mientras permanecemos con los ojos fijos en un punto impreciso de la sombra. Impotente, la víctima del insomnio depresivo ve cómo su noche se transforma en una serie de pesadillas de las que no puede despertar porque no está dormido. El techo y las paredes de la habitación donde intenta conciliar el sueño se vuelven pantallas de proyección de demonios". Si algún lector piensa que esto es demasiado imaginativo, aclaro que los estudios clínicos fundacionales acerca de los estados depresivos, escritos durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, describen de manera explícita los fenómenos alucinatorios y delirantes que se pueden observar en la depresión grave. El autor apunta al desgaste metabólico y energético que se experimenta como un problema físico y afectivo a la vez: "La falta de descanso es otro síntoma claro del trastorno depresivo. Al mirarnos en el espejo tardamos en comprender que esos rasgos surcados por la fatiga, esos ojos enrojecidos bajo los que cuelgan bolsas oscuras, nos pertenecen. En mi reflejo hay un extraño que soy yo".

Hay un aspecto del libro que es muy valioso para el aprendizaje de quienes se forman en las disciplinas médicas y psicológicas: describe con detalle la transición que va desde la aparición de los síntomas hasta un desgaste progresivo de los valores existenciales. “'Inutilidad del sufrimiento': este concepto me parece fundamental en la sintomatología del trastorno depresivo. Sentir que este padecimiento es totalmente en vano acentúa la tentación del vacío, el impulso de saltar al abismo que se ensancha sin remedio a nuestros pies". El escrito nos permite comprender el profundo desgaste del sentido de vida, que acontece durante la inmersión de la conciencia en el padecimiento: "Nos convertimos precisamente en hombres huecos. Nuestros despertares vienen acompañados de un feroz sentimiento de inutilidad y vacío. Nos sentimos indispuestos para acometer hasta la más ínfima de las tareas que nos corresponden".

La depresión mayor, insiste Mauricio Montiel, no debe confundirse con los arrebatos melancólicos de la vida cotidiana, ni con los malestares triviales provocados por las relaciones humanas o por los conflictos sociales. Desde la experiencia vivida, la conceptualiza como una condición realmente patológica, en el legítimo sentido del padecer humano. Hay una concordancia entre su visión y la de cientos de médicos y psicoterapeutas que son testigos del efecto destructivo de este problema. El autor se propone hacer un relato honesto, pero pienso que la obra podría tener valor terapéutico porque ayuda a conceptualizar estados afectivos y cognitivos que son inquietantes y confusos cuando no contamos con las palabras para nombrar esos atributos de la experiencia, y ante todo, porque nombrar los estados subjetivos con las herramientas literarias contribuye a mejorar la comunicación entre quienes han vivido el tormento de la depresión y quienes han tenido la fortuna de vivir lejos del perro rabioso