Martes 20.10.2020 - 17:38

El diablo a todas horas, de Antonio Campos

Filo luminoso

El diablo a todas horas
El diablo a todas horasFuente: estacaogeek.com.br
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La historia estadunidense es una sucesión de periodos entreguerras. A esa certeza de Perogrullo se debe la normalización de los conflictos y el carácter bélico de la nación. La violencia siempre está al acecho, al igual que su contraparte, el fanatismo religioso. La fe intensa, desbocada y cruel justifica los sacrificios, los abusos, la corrupción y las tragedias. El novelista Donald Ray Pollock ha creado un microcosmos del horror, la brutalidad y la esperanza en una iglesia sorda, en sus relatos situados en la región de Appalachia. El director Antonio Campos (Afterschool, 2008, Simon Killer, 2012 y Christine, 2016, disponibles en Netflix) adaptó con su hermano Paulo la primera novela de Pollock, The Devil All the Time, en la cinta El diablo a todas horas, recién estrenada.

Este quinto largometraje de Campos es una película compleja que conserva el tono de amarga desesperanza y crudo humor fatalista del texto. Se trata de una obra que se inserta en el género gótico sureño, y evoca tanto a William Faulkner y Flannery O’Connor como a Cormac McCarthy, pasado por resonancias de los hermanos Coen. Mi colega Carlos Velázquez escribió de manera estelar en este suplemento (3/10/2020) sobre la relación del libro y la cinta, así que trataré de no ser redundante.

La historia comienza como una relación geográfica: el trayecto que en 1957 se recorría en diez horas entre Coal Creek, West Virginia y Knockemstiff, Ohio (dos localidades reales y la segunda, el pueblo natal de Pollock). Ese es el eje alrededor del cual las vidas de los protagonistas se cruzan y los infortunios entretejen desgracias. Con destreza y la narración en off —la voz sobria y rasposa del propio Pollock—, la historia va y viene en el tiempo, comenzando con el retorno de la Segunda Guerra Mundial de Willard Russell (Bill Skarsgård) y saltando generaciones para mostrar la circularidad de una trama de desventuras que parecen transmitirse de padres a hijos. Una amarga rueda de la fortuna que culmina en la camioneta de un hippie donde la radio anuncia el aumento de tropas en Vietnam, “para darle una lección a los comunistas”.

La estructura no lineal crea una sensación de determinismo e inevitabilidad muy vinculada con las obsesiones religiosas locales. La calidad sórdida de las imágenes es resultado de la impecable fotografía de Lol Crawley, filmada en película de 35 mm, y de la notable edición de Sofia Subercaseaux. El oportuno uso de la música, aparte de dar claves de contexto a cada época, inyecta ironía y tristeza a cada escena, mientras ofrece ecos de la cultura contemporánea que se filtran a través de las bocinas de los radios, entre las pocas señales del paso del tiempo. (A partir de aquí habrá spoilers).

La película se inserta en el género gótico sureño, y evoca tanto a William Faulkner y Flannery O’Connor como a Cormac McCarthy

En la cafetería donde trabaja como mesera, Willard conoce a Charlotte (Haley Bennett), quien será su esposa y la madre de su hijo Arvin (Michael Banks Repeta, de nueve años y luego Tom Holland). En ese mismo lugar Willard se atraviesa con Carl (un perturbador Jason Clarke), quien es un psicópata, aficionado a la fotografía y al asesinato, en el momento en que conoce a Sandy Bodecker (Riley Keough), a quien seducirá y convertirá en su esposa y cómplice, en la carnada para una carrera de crímenes seriales que consiste en recoger hombres —“los modelos”— que piden aventón en las carreteras, detenerse a tomarles fotos en situaciones sexuales con Sandy, torturarlos y asesinarlos. En uno de sus primeros crímenes recogen al incipiente predicador Roy Laferty (Harry Melling), quien con su primo inválido Theodore ha dado un sermón en la iglesia a la que acuden Willard y su familia. Roy ha asesinado a su esposa (Mia Wasikowska) enterrándole un desarmador en la yugular, para resucitarla y probar así el poder de sus plegarias. Cuando fracasa, Roy trata de huir pero lo recogen Carl y Sandy.

Este mosaico se organiza en torno a predicadores ambiciosos, perversos e ignorantes que se valen de la Biblia para dominar a la comunidad, probar los alcances de sus fantasías de la fe (tomando estricnina, bañándose con arañas o intentando resurrecciones espectaculares) y obtener favores sexuales de las feligresas, como hace el recién llegado Preston Teagardin (interpretado al límite de lo pantagruélico por Robert Pattinson). Tanto los devotos como los hipócritas se ven guiados por una religión que consume su sentido común y humanidad en un mundo donde la crueldad extrema es la norma.

Es en estos rumbos de pobreza asfixiante y rezos ignorados donde la maquinaria militar se surte de carne de cañón para las guerras.

Willard regresa de la guerra en el Pacífico con trastorno por estrés postraumático, especialmente marcado por encontrar a un compañero infante de marina crucificado por los japoneses. El gesto de humanidad de su batallón es darle un balazo. Su reacción al volver a casa es tratar de alejarse de la religión. Pero en vez de liberarse termina hundiéndose en un fanatismo brutal. Es muy revelador que el día más feliz de la infancia de Arvin es aquél en que su padre le da una paliza a un par de cazadores, aunque esa misma noche, como si se tratara de un castigo divino, descubran que su madre morirá joven. Así como Willard queda trastornado al ver a un compañero de armas en la cruz, Arvin definirá su visión del mundo cuando su padre ofrece a su perro Jack en sacrificio para un dios indiferente, poco antes de quitarse la vida.

La única manifestación de la ley tiene la forma del sheriff Bodecker (Sebastian Stan), quien aparte de ser hermano de Sandy está en la nómina del cacique local.

Los horrores vividos convierten a Arvin en una especie de justiciero que va desde golpear a los acosadores de su “media hermana”, Lenora (Eliza Scanlen), hasta purgar (deliberada y accidentalmente) a los pecadores y criminales del eje Coal Creek-Knockemstiff. Arvin, armado con la Luger que su padre trajo de la guerra, se convierte en una especie de ángel exterminador que une en un nudo fatal las viñetas que integran el filme y que inyecta un sentido de optimismo, con cierta ironía, ya que se adivina que la única opción para Arvin de evitar la cárcel o la silla eléctrica será enlistarse en la guerra de Vietnam.

Debido a la forma centrífuga de la película y la multitud de hilos narrativos, los personajes no tienen gran profundidad y el espectador debe llenar los espacios en blanco de las motivaciones, tribulaciones e historias paralelas. No obstante, el reparto (integrado principalmente por británicos, un australiano y un sueco) y la dirección de actores es excelente. La cinta no ofrece la fantasía de romper el círculo vicioso de la violencia, sin embargo, presenta sin pudor una celebración del poder analgésico y reivindicador de la venganza, con un toque de karma y justicia divina. El diablo a todas horas, más que un regodeo con el crimen, es una clara alusión a los tiempos de renacimiento fundamentalista, corrupción desaforada, vulgaridad rabiosa e ignorancia beligerante que vivimos.