Gomita, Mon Amour remix

EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

GOMITA, MON  AMOUR REMIX
GOMITA, MON AMOUR REMIXJosé Fernández / pixabay.com
Por:
  • Carlos Velázquez

Percibo cierta perturbación en la fuerza.

Una atracción hacia el lado oscuro. Yo, que nunca he sido pacheco, he comenzado a ser abducido por el planeta gomita.

Todo comenzó en mi precumple. Lo que se planeaba como un festejo tranqui se convirtió en un salvaje fin de semana. El calentamiento lo hicimos en unas caguamas baratas de Álvaro Obregón. Tras varias rondas nos lanzamos al Indie Rocks! al concierto de Amyl and The Sniffers. Un lugar que no alteró la reputación de su pésima acústica durante las primeras rolas del concierto. Pero se vio resarcido por lo que ocurría encima del escenario. La mejor banda de punk del presente puso un pie en la CDMX y fue tan significativo como cuando Neil Armstrong colocó el suyo en la luna. Fue como el grito maldito del científico loco Victor Frankenstein: “It’s alive, the rock is alive!”.

A pesar de que tenía una mansión disponible en el edificio 11 de Tlatelolco, dos habitaciones y vista a las ruinas, esa anoche recalé en el sillón de Marlon Brando, un jovenzuelo amante de la música. El viernes por la mañana desperté y me fui a comer con Mariana H y con Pliego. A mis 45 he descubierto que tengo un poder mutante. Seguro mi hígado lo desarrolló gracias a la contaminación que emana la planta siderúrgica de Torreón. A la hora de la comida ya estaba hasta el zoquete pero aguanté otro rato en el bar Zazá. Y al ocultarse el sol recalé en el sillón de la casa de Pliego. Cuando ya nadie daba un peso por mí me puse de pie como DiCaprio después de pelear con el oso en El Renacido y seguí chupando y vi el tenis a las cuatro de la madrugada.

EL SÁBADO FUI A COMER con mi Patrona. Después de varios litros de clericot nos fuimos a tequilear a su casa. Ahí nos alcanzó Mariana H y tras un par de horitas nos lanzamos una vez más al Zazá. Entonces comenzó mi aventura cósmica. Alguien de la comunidad gomitera me dio un cacho de Delta 8. Un tetrahidrocannabinol de venta libre en la Condesa que siempre que lo mezclo me manda a la lona. No entiendo cómo esa mirruña puede tirar al cuerpezote que soy. He desarrollado una resistencia al alcohol, el perico y otras sustancias que me deberían dar la facultad de dominar el THC como un campeón. Pero no. En cuanto me como una gomita mi organismo pide cama. Y si la combino con alcohol quedo como un monigote balbuceante.

Alguien me dio un cacho de Delta 8 . No entiendo cómo puede tirar al cuerpezote que soy .

A pesar de mi estadazo, me fui a la fiesta de cumpleaños de Rulo. Me dio mucho gusto felicitarlo y saludar a muchos compas que estaban ahí, pero me fui a los cinco minutos. No daba ni un peso por mí, aunque comencé a caminar para pedir un Uber y minutos después la peda se me había bajado. No puedo explicar por qué. Pero si aguanto lo suficiente entra en recesión. Por fin un Uber me llevó a un domicilio equivocado en Santa Fe y después a una fiesta donde estaba Marlon Brando. Ahí bebimos y bailamos hasta las cinco de la madrugada.

El domingo desperté en el sillón de Brando y me lancé a Tlatelolco a bañarme y cambiarme las bombachas. A las 12:30 ya estaba en las tapas de La Lagunilla con La Nariz Atómica. Comimos, chupé y pedí un clericot para llevar que metimos de contrabando al cine. Gracias a eso pude soportar las tres horas que estuvimos ahí dentro.

Al salir nos fuimos a un lugar del Centro a escuchar son jarocho. Y quiénes creen que estaba ahí. Mis carnales Juan Carlos Reyna y Alex Almazán. Las caguamas circularon sin parar y todo estaba bien hasta que volvió a aparecer el invitado especial: la gomita. Me dieron un cacho y otra vez comencé a tambalearme. A no ser dueño de la situación. Y a decirme por dentro párate derecho, güey, párate derecho. No te vayas de lado. Almazán nos pidió un Uber, nos fuimos a casa de La Nariz Atómica y me derrumbé sobre su sofá.

El lunes a las tres de la tarde ya estaba con Mariana H en Paseo de Gracia echando la cuba. Me invadía esa sensación de nostalgia anticipada que seguro experimentan los músicos en el último día de gira. Después de que H se fuera me pasé un rato por el Xel-Há por un par de cubas más. A las cuatro de la mañana salí rumbo al aeropuerto y derrapándome llegué a mi pueblo a las ocho de la mañana. Cuando llegué a mi depa me metí la mano a la bolsa y me encontré una gomita. No sé quién fue el santo que la metió ahí. Me comí un pedazo y me desmayé sobre mi cama cinco horas.

Así fue como empezaron mis cuarenta y cinco.