Gótico de Manhattan

La ficción es el terreno propicio donde autores y lectores aceitamos la fantasía, imaginamos alternativas
vitales que transgreden el orden lógico del tiempo y el espacio. Por ejemplo, ¿qué pasaría
si una espiritualista de esta época liberara sin querer a Frankenstein —el personaje creado por la británica
Mary Shelley a principios del siglo XIX— del libro en el que habita? Es la propuesta del crítico de cine
y narrador Miguel Cane en este adelanto de su novela Gótico de Manhattan, que será publicada en fecha próxima.

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Frankenstein por Stephen Chambers.Fuente: saatchiart.com
Por:
  • Miguel Cane

Un viernes a principios de abril, en el único año capicúa que tendría el siglo, mientras una tormenta azotaba las calles de la isla de Manhattan, una mujer llamada Marina LaFarge liberó al doctor Victor Von Frankenstein de la página 265 de la novela de Mary Shelley, sin darse cuenta.

La fuga tuvo lugar en una de las salas de lectura de la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York, en la Quinta Avenida y la calle 42, donde Marina llevaba horas concentrada en su lectura. Sacudida por el horror, contempló la aparición; el hombre se materializó bañado por una capa de líquido gelatinoso que se desvanecía rápidamente, mostrándose ante ella tan ufano, como si nada.

No lo había invitado a salir, pero ahí estaba. —¡Ay! —murmuró—, no, no, ven, vuelve —suplicó—, por favor, por fav... —pero la ignoró, apartándose como si oliera a rancio, a enfermedad.

A locura.

MARINA LAFARGE era una espiritualista de poderes congénitos tan intensos como indisciplinados. Una vez se le salió San Juan de la Cruz de “La noche oscura del alma”, pero el pobre infeliz, espantado y confuso, fue arrollado por un taxi y tuvo un entierro de indigente en la fosa común de Potter’s Field.

Cosas similares o peores le habían sucedido: una boa huyó del Libro de las Tierras Vírgenes de Kipling y se tragó a dos perritos salchicha en Central Park, para luego perderse en el follaje y ser cazada durante días, causando furor en medios a nivel metropolitano. En otra ocasión, una enigmática mujer pelirroja y esbelta, identificada como Lady Orlando, emergió por la boca de Marina —ésa no era la ruta habitual—, y fue vista por última vez en Saks, probándose un traje de Zegna. Ahora, el científico más complicado de la literatura estaba libre, fresco, en plena posesión de sus facultades y conocimientos (así como demonios y siniestras ideas), y Marina no sabía cómo devolverlo a la página.

DESDE LUEGO, no tuvo la intención de conjurarlo, y mucho menos a él. Su don (de eso estaba convencida) llevaba mucho tiempo latente y no pensó que corriera peligro.

La última vez que se había disparado, años atrás, el dragón Fafnir de Los Nibelungos había hecho un desastre de su vida. Desde entonces no había vuelto a conjurar ningún personaje ficticio; por lo mismo, Marina se dio con placer a la lectura esa mañana.

Pasadas las once, tuvo escalofríos de repente y alzó la vista: un hombre alto y pálido, con impenetrables ojos azules, la miraba con manos en los bolsillos.

De uno sacó un pañuelo y se limpió la cara, que tenía una fina capa de ectoplasma transparente. Lo reconoció. Victor Von Frankenstein, mirándola con menosprecio. Marina se levantó tan rápido que su silla se volcó.

No aquí.

No él.

El poder de su presencia la tenía temblando; tuvo que apoyarse en la mesa. A esa distancia pudo olerlo: papel viejo, tinta, años. Vestía traje gris y camisa inmaculada, corbata de seda. Su edición Penguin de Frankenstein yacía abierta en el pasaje del que se había emancipado.

—¡No puedes salir así como así!

Él sonrió, condescendiente, siniestro. Dientes parejos, grandes, relucientes. Siguió secándose las manos con el mismo pañuelo y una ligera mueca de asco.

—No me engañas —dijo Marina—, sé quién eres. Sé qué eres.

Frankenstein se apartó. Quizás no sabía dónde se encontraba. Algunos de los conjurados recorrían un largo camino a través del tiempo y el espacio; les costaba ubicarse. —¡Regresa a este libro! —ordenó al barón, quien se detuvo por un segundo a mirarla con aristocrática socarronería, por encima del hombro. Marina se levantó de nuevo, suponiendo que un gesto de exorcista podría obligarlo de alguna manera a ser obediente. A ver... ¿cómo era? Alzó el libro sobre su cabeza. Victor se sobresaltó lo suficiente como para dar un paso atrás.

—¡El poder de Cristo te lo ordena!

Al oírla, varios lectores se volvieron a mirar, mientras el hombre, ceño arqueado y mohín superior, se alejaba más y más.

Marina vaciló. Un torrente de sangre yéndosele a los viejos botines. Extendió una mano para apoyarse en un carro atestado de libros.

Uno se abrió. Misery, de Stephen King: alguien aullaba de dolor. Marina sintió hundirse. Otro resbaló, abriéndose al caer. Las memorias de Patricia Hearst: ráfagas de metralleta.

—Vuelve —susurró, apretando los párpados—, por favor.

Al abrir los ojos, vio que Herr Doktor se marchaba.

Marina se irguió como pudo y fue tras él.

—¡Deténganlo! —gritó—. ¡No dejen que se vaya! ¡No debe llegar a la calle!

FRANKENSTEIN ENFILÓ hacia la salida de la Quinta, donde los leones de piedra dormitaban después de la lluvia. Alto y distinguido, portaba ahora un abrigo de cashmere, Ferragamos negros y brillantes; en su mano, un maletín de cocodrilo. No prestó atención a Marina. Para él, esa mujer, deshecho inútil como los residuos de ectoplasma que iban absorbiéndose en su cabello, ya no existía. Una ráfaga de ruido de la calle lo recibió. Se detuvo a inhalar el aire escarchado por la repentina granizada (muy raro para ser abril), que amainó una vez entró él en este mundo.

HORRORIZADA, MARINA vio cómo el hombre que hacía apenas un rato estaba en su laboratorio asumiéndose dios para sí mismo era arrastrado por gente que iba en ambas direcciones de la avenida.

Dios nos valga.

Pero sabía que invocarlo era inútil. Antes había intentado sacarlo del Antiguo o Nuevo Testamento, sin resultados. Como si se rehusara neciamente a salir.

O quizás no existiera.

MIGUEL CANE (Ciudad de México, 1974) es crítico de cine, narrador y dramaturgo, autor de Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateur (Impedimenta, 2013) y Todas las fiestas de mañana (Dharma Books, 2019), entre otras obras.