La herida colectiva

La herida colectiva
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Quisiera escribir acerca de otro tema pero es imposible.

Me siento ansiosa, extraña, insegura. Intento no centrarme en esas emociones y también me río, celebro la vida, proyecto instintivamente imágenes del futuro —cercano, dice mi optimismo— en el que todo esto haya pasado.

Cuando el contagio remita, cuando se controle la emergencia, cuando volvamos a la normalidad.

Y entonces, sin poder elaborarlo del todo, me digo que esto está pasando justamente para que no volvamos a la normalidad.

Somos una especie tan individualista como gregaria, tan egoísta como social; una especie que define a ese Uroboro que traza el ciclo del eterno retorno, que no puede evitar ser el monstruo que se devora a sí mismo.

ESTA PANDEMIA ha venido a abofetearnos en la cara para que miremos de frente nuestra fragilidad, nuestros errores, nuestras perversiones colectivas.

Los primeros brotes de coronavirus se veían lejos de México, Asia queda del otro lado del mundo. Pero entonces Europa. Europa la del bienestar, el continente de los gobiernos ejemplares, el continente del primer mundo, el top of mind de la civilización occidental. Y luego Estados Unidos, el país que domina al mundo, el enemigo fronterizo, el que engendró a ese fenómeno llamado Trump.

Pero pronto dejaron de tener sentido los memes graciosos contra un virus que seguramente se rendiría ante el ingenio mexicano y las opiniones sobre lo mal que lo estaban pasando en el resto del mundo.

Entonces supimos del primer caso. El caos. La estampida de opiniones desinformadas, la pandemia de ignorancia, la raja política, la explosión de la inseguridad.

Y tuvimos miedo. Aquí es donde quiero detenerme, sé que más de uno estará en desacuerdo conmigo, pero necesito reflexionarlo: tal vez no está tan mal tener miedo.

"Tener miedo y parar. Y al detenerse, sentir. Y al sentir, reconocer el dolor. Hay una herida colectiva que tenía que hacernos parar".

VENÍAMOS SIENDO una especie inflamada de sí misma, convencidos de la cultura del éxito, de romper fronteras, del todo se puede, de ser el número uno, de tasar nuestra identidad con base en el consumo; convertidos en Kidults o niños con cartera de adulto; incapaces de detenernos a pesar de que este triunfalismo en estampida ya ha dado mil señales del daño que estamos causando: las toneladas de plástico y mierda que flotan en los océanos, las islas de basura, la obscena distribución de la riqueza que hace que el 1 por ciento de los mexicanos tengan el 50 por ciento de los recursos económicos del país.

Tener miedo en colectivo y parar. Y al detenerse, sentir. Y al sentir, reconocer el dolor. Un dolor que entre todos hemos causado.

Hay una herida colectiva que, antes o después, por una causa o la otra, tenía que hacernos parar.

Darnos cuenta de que podemos vivir sin la inmensa mayoría de los objetos que acumulamos, sin las prácticas de pisoteo de consumo que con tal desparpajo ejercemos; sin subirnos a un avión, sin abarrotar un antro. Pero no podemos vivir sin respirar, no podemos vivir sin salud y sin las condiciones mínimas para asegurarla para todos.

Hace tiempo que renunciamos a respetar los ciclos vitales de nuestra propia especie. Los cuarenta son los nuevos veinte son graciosos pero revelan mucho de nuestra poca capacidad para comportarnos como adultos en sociedad en edades francamente irrisorias; hace mucho que dejamos de respetar los ritmos del universo, los límites de los ecosistemas; hace tiempo que vivimos en un desafuero contra las leyes de la naturaleza, convencidos de nuestra ciencia y tecnología, de nuestra audacia de especie suprema. Hoy unas gotas de saliva nos ponen a temblar.

Y HOY NOS DETENEMOS porque tenemos miedo. Un estado de alerta se enciende en nuestra psique. Sería maravilloso que pudiéramos convertirlo en un catalizador para pensarnos mejor como sociedad, para erradicar conductas de destrucción masiva, porque así como el virus ataca con mayor saña a los cuerpos previamente enfermos o con condiciones metabólicas debilitantes como diabetes o fallas en las vías respiratorias, la crisis de la pandemia provoca mayor daño en los sistemas sociales menos preparados.

Sé que lo que digo no es la panacea —nunca mejor traído, pero reflexionar no mata, no enferma, y quizá sí provoque pequeñas luces en la conciencia.

Y hoy hay miles de personas sufriendo, hoy que escribo es 22 de marzo del año 2020 y las estadísticas cuentan más de 300 mil infectados y más de 13 mil muertos.

¿Cómo se vive un duelo en aislamiento y sin poderse abrazar? Hay familias enteras viviendo una tragedia que nunca imaginaron. Sin la posibilidad de la cercanía para el consuelo.

Ayer por la mañana saqué al perro al parque y me encontré a una amiga, tuvimos el impulso de abrazarnos y nos detuvimos a tiempo. Fue raro, nos reímos torpes y hablamos alejadas en el parque.

Luego visité a mi madre de 73 años y se puso triste porque mi sobrino le explicó que no podemos abrazarla para respetar el protocolo de salud.

Aunque lo controlamos, el impulso del abrazo estaba ahí, poderoso, insospechado.

CIERRO CON UN FRAGMENTO del texto de Byung-Chul Han publicado el 22 de marzo en El País:

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa sólo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Si la alegría por ver a los animales recuperando espacios es espontánea y el impulso del abrazo sigue ahí, quizá podamos detenernos a pensar, amorosamente, cómo vamos a reparar entre todos esta profunda herida colectiva que hemos causado.