Lunes 19.04.2021 - 06:30

Los libros apócrifos del señor autor

Si resulta imposible hablar de los millones de nuevos ejemplares que producen cada año las imprentas alrededor
del mundo, se antoja todavía más irrealizable referirse a los libros no escritos, esos que han habitado la mente
de autores de todo cuño, poblando el mundo de la imaginación con sus portadas cambiantes.
El volumen Biblioteca mínima, de Alejandro Arteaga, se propone inventariar y glosar algunos de esos títulos,
en un juego que demanda la participación activa del lector a través de heterónimos, analogías, elipsis, hologramas.

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Biblioteca mínimaFoto: Especial
Por:
  • Brenda Ríos

Imaginemos un lugar donde tengamos los libros que no hemos leído, los que nos gustaría leer y los que nos hubiera gustado escribir. Habrá mucho de lo que existe y lo que no. Como esa historia de Michael Ende donde un niño lee un libro sobre sí mismo. O “Continuidad de los parques”, el cuento de Julio Cortázar. Quien lee es inventado por un autor.

LA VIDA es una obra de teatro con poco presupuesto. Y nosotros, los pésimos actores, en escena balbuceando algo. Alguien con poca imaginación nos dicta qué hacer: decimos las mismas cosas en un loop trillado sin actores de reparto. La ficción es un ejercicio trunco. Un niño que no aprendió a amarrar sus agujetas. Un niño medio imbécil. Nos movemos con hilos invisibles en una escenografía mínima de cuarto, oficina, transporte, cocina húmeda, pocos espacios abiertos y un salón en la funeraria el último día. Listo. Todo fue hecho. Estas vidas anodinas componen libros que serán leídos por vidas anodinas en otro idioma, con paralelismos emocionales. ¿Cómo crear lo otro? Es lo que Joaquim Machado de Assis cuenta en Un hombre ilustre, ése que quería componer una obra maestra y sólo repetía polcas populares.

Un lector de literatura fantástica o policiaca tiene la respuesta: hacer un inventario de libros entrañables. Que existen en nosotros. Que nadie ha escrito ni visto y, por ello, nadie podría desmentir. Nada es nuevo bajo el sol, dice El Eclesiastés. Pienso en un ejercicio al respecto de la cuarta de forros. ¿Qué diríamos para “vender” la Biblia, el Kamasutra o el mismo Corán? Libros sagrados que causan problemas de lectura y cuyo autor es un misterio. “La palabra de Dios” accesible en todos los idiomas y con tanta ambigüedad que usted será capaz de interpretar lo que desee. ¿Le faltan motivos para matar a homosexuales y mujeres? Aquí, la oportunidad ideal.

El mundo es el resultado de bibliotecas perdidas, monumentos o lugares sagrados vueltos polvo. Inventemos algo desde lo inexistente. Inventemos como en La hora de la estrella un autor que invente un personaje al que le pasan cosas. Zach Helm, guionista de Stranger than Fiction, leyó a Lispector, pero no me consta. De eso hablo: sospecha de plagio, referencia, guiño a la obra que se encadena a otras. Porque un libro enseña que no se hace solo y ahí dentro está la historia de la humanidad. Por breve, mala, larga, eterna, repetida que sea.

El mundo es el resultado de bibliotecas perdidas, monumentos o lugares sagrados vueltos polvo. Inventemos algo desde lo inexistente

LA ESCRITURA de Alejandro Arteaga se tensa entre dos cuerdas: el boom latinoamericano y cierta literatura europea, entre Borges, Cortázar, Stanisľaw Lem, Italo Calvino, Milorad Pavić y Pierre Michon. Sus referencias en nombres propios, plazas y cafés homenajean lugares que no conoce, justo como los libros que no fueron escritos aún. Qué fascinación halla este hombre nacido en los suburbios de una de las megalópolis más sudorosas para hallar en la Europa vieja, olorosa a queso y humedad de guerra, un modo de experimentar su propio idioma. La ironía, la risa burda, el humor ocre hacen de su trabajo una charada de novela negra o un cuento latinoamericano con golpe de Estado de fondo.

El minúsculo objeto Biblioteca mínima es un inventario de libros. No interesa que existan. La cuarta de forros es cuento, crónica, nota roja y hasta novela. El juego es complejo porque se da por hecho que:

· El autor sabe que el lector sabe que nada ahí es verdadero;

· El autor, con eso en mente, juega y explica las reglas del juego;

· El autor no sabe, a su vez, cómo será leído el juego;

· El lector no sabe todo lo que el autor sabe, pero quisiera saberlo;

· El autor no sabe lo que el lector sabe y no le importa;

· El autor asume que el lector entiende el juego;

· El lector considera que el autor se eleva sobre un pedestal, como demiurgo de objetos que no existen;

· El libro comprende historia, perspectiva, personajes, elipsis y analogías que deben llegar a una mente con inteligencia mínima.

Así, es para personas que sean sensibles al gesto irónico y sepan distinguir de qué va el juego entre alta literatura, libros comerciales, faramalla del mundo editorial, endiosamiento de autores, clichés, y donde el autor coloca para mayor goce sus propios libros (algunos inéditos). Es igual que poner en la fila de identidad de sospechosos a los verdaderos asesinos. Por eso incluye, con letra hormiga, hologramas, mensajes telegráficos convertidos en algo literario y con eso quiero subrayar las ínfulas artísticas, faltaba más, los heterónimos del autor que pretende ser Pessoa, Macedonio Fernández, Walter Benjamin y otros.

Hago una pausa porque me sale hablar de Borges (es imperativo) y de lo que le obsesionaba: la invención de libros apócrifos que servían de marco legítimo para lo que se le ocurriera. Todo es juego pero lleva notas al pie, de preferencia creíbles. Es molesto decir que cualquiera que invente juegos con autores falsos le rinde homenaje. Lo irónico es que Borges es autor de Borges, el Pierre Menard ad infinitum... El libro se vuelve como los espejos y las cópulas: un modo de reproducir a los hombres.

Cada página de esta breve antología precoz se destina a un libro entero, con portada incluida. Cada libro es un mundo. Cada mundo es un título y un autor. Existen porque Arteaga los inventa. Así conviven autoras misteriosas y robots y ovnis en La Habana, adúlteros consumidos por una fiebre sexual que condena la moral, temas obsesivos. Al final, como en The Circular Book (uno de sus títulos reseñados), es el libro que no cesa y se sigue escribiendo ahora, mientras ustedes leen y no nos queda salvo esperar que la voz calle y que a quien tira los hilos invisibles se le entuman las manos.

Alejandro Arteaga, Biblioteca mínima, Instituto Sonorense de Cultura / Rhythm & Books, México, 2019.