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Llevo tantas penas en Garibaldi
Fuente: economiahoy.mx

1. RODOLFO COLORADO MENA le canta a los vivos y a los muertos. Voz melancólica y guitarra feroz son suficientes para invocar a un enjambre de enamorados, borrachos eufóricos o desgraciados en el amor. Para todos existe la canción perfecta. Él se sabe la letra y los acordes de más de trescientas canciones de tríos, boleros, baladas y rancheras. Es algo así como una rocola andante.

Nadie es inocente al momento de pisar Garibaldi. La gente va a celebrar, a sufrir o a maldecir. Es un sitio, como dijo Carlos Monsiváis, que los capitalinos suelen ignorar, “al que nada más acuden para rehabilitar sus emociones”. Pero en realidad nadie va a esa caja musical para olvidar sino para lidiar con sus fantasmas, que son heridas punzantes; uno va a esa plaza inaugurada en 1921 para apagar temores. ¿Encontrar sentido a la vida entre mariachis y trovadores? Por qué no.

Ésta es la historia de Rodolfo, quien conoció a una mujer rubia en la misma Plaza Garibaldi, su lugar de trabajo desde hace más de 35 años. Por primera vez en mucho tiempo, mientras cantaba y raspaba las cuerdas de su guitarra, Rodolfo se perdió, estaba como hipnotizado.

Llevo tantas penas en el alma / que al mirarte a ti nunca pensé / que pudiera al fin otra vez poner / en un nuevo amor mi fe.

Apenas la conocía, no sabía su nombre, pero ya la amaba.

2. RODOLFO ES UN HOMBRE solitario, según algunos colegas. Tiene sesenta  años y es un tipo misterioso, reservado. Todos los días, en punto de las cinco de la tarde, llega a la plaza y se dirige al desolado bar Tlaquepaque, su rincón favorito de la zona. Se recarga en la pared y comienza a tocar la guitarra, a calentar las manos y observar a los clientes potenciales.

Al momento de sacar su caja de cigarrillos Silver Elephant (de contrabando, altamente tóxicos pero muy baratos) aparece como fantasma un perro güero-rojizo de larga melena y lo observa con curiosidad. Tal vez nota sus zapatos desgastados, sus pantalones grises de brinca charcos y su chamarra negra un poco sucia.

Rodolfo le grita al señor del carrito que vende pan y café, y le pide uno bien caliente para su garganta. Del  cabello negro asoman algunas canas que se expanden a su bigote abundante. Tiene el privilegio de hacer felices a los demás, aunque sea por los contados minutos que duran las canciones. Vive de lo que le gusta hacer, pocos pueden decirlo con la honestidad de quien fuera músico en La hora de Paco Malgesto.

Desde 1980, trabaja como trovador independiente en la Plaza Garibaldi y tiene un largo recorrido musical. A los 15 años comenzó a tocar la guitarra por el ambiente bohemio que había en su casa. Cada fin de semana, entre nubes de humo de cigarro y abundante alcohol, sus padres, Rodolfo Colorado y Beatriz Mena, tocaban la guitarra y el piano, cantaban toda la noche con familiares y amigos.

A esas noches de fiesta también se sumaban sus hermanos Beatriz Aurora, Patricia y Alejandro, quienes no pudieron evitar su amor por la música romántica. Escuchaban boleros, rancheras, tangos. Pero las canciones favoritas de Rodolfo las interpretaban baladistas como Alberto Cortez, Leo Dan, Víctor Iturbe El Pirulí, José José, Raphael, Julio Iglesias, Napoleón, Camilo Sesto, Juan Gabriel, José Luis Perales, Leonardo Favio, Rocío Dúrcal, entre otros.

“Rodolfo le grita al señor del carrito que vende pan y café, y le pide uno bien caliente para su garganta. Del cabello negro asoman algunas canas”.

EN UN ACTO DE REBELDÍA, dejó la escuela por la música. Apenas terminó la secundaria, iba en la Técnica 131, por el Centro de Tlalpan. Don Rodolfo, su padre, reprobó la actitud del muchacho, pero cuando observó su atracción verdadera por el instrumento de cuerdas no dudó en apoyarlo.

Lo inscribió en la mítica Escuela Libre de Música y Declamación, en la colonia Roma. Fundada en 1920, tuvo como presidente al filósofo Antonio Caso y como director al músico Julián Carrillo. Allí tomó clases de solfeo, aprendió a entonar canciones y desarrolló una voz cálida, convincente y visceral. Estudiar le sirvió para encontrar un tono y una línea melódica particular que lo dice todo más allá de las palabras: desgarro y emoción.

Don Rodolfo era un camarógrafo reconocido y trabajó muchos años en el noticiero 24 Horas de Jacobo Zabludovsky. Entusiasmado por la voz y la técnica de su hijo, no titubeó en respaldarlo en su sueño de ser un astro de la canción romántica.

Le presentó a personas del medio televisivo y la farándula, pero no sirvió de nada. Siempre quiso grabar un disco y ser famoso, tener un nombre como baladista, pero nunca llegó un padrino que impulsara su carrera musical.

Antes de llegar a Garibaldi, participó en el programa de Zabludovsky y en La hora del aficionado. Trabajó muchos años en la Hostería de Plutarco Elías Calles, en la Hostería El Faisán, en el Café El Pirulí. Estuvo de gira un tiempo con los Hermanos Carrión y sus canciones se escucharon también en hoteles como el Camino Real, en el Bar La Cantina, en centros nocturnos como el Follies Bergere, Las Fabulosas y otros lugares bohemios del Centro Histórico capitalino.

A estas alturas de su vida, los sueños guajiros, como los llama Rodolfo, ya no están presentes. Tarde o temprano se esfumaron. Hoy toca y canta en Garibaldi, sin querer engañarse. No se siente acabado, dice que para ser un buen trovador se requiere menos técnica y más sentimiento, aunque él posee las dos virtudes. Aquí, frente al Tenampa, sabe que a veces la música es silencio.

3. SON LAS NUEVE de la noche y en Garibaldi hay mucho movimiento. Turistas nacionales y extranjeros piden canciones a mariachis y grupos norteños. Pero la euforia y el ambiente festivo se perdió desde hace años. Desde la remodelación y construcción del Museo del Tequila y el Mezcal en 2010, la gente ya no canta con la alegría de antes. No se permite consumir bebidas embriagantes en la explanada y eso le ha quitado el carácter desmadroso y aventurero.

Alguna vez Rodolfo opinó que la crisis que vive Garibaldi es reflejo de la sociedad. La gente necesita traer en la bolsa un buen billete para divertirse. Muchos prefieren comprar una botella, tomársela a escondidas y sentarse a escuchar música o pasar el rato.

—En los setenta y ochenta —recuerda— había mucho ambiente, reinaba la bohemia. Aún existía la antigua plaza, estaba el kiosco, El Parián. Hoy se ha perdido el romanticismo, la tradición de comprarle rosas y dedicarle una canción a la mujer amada. Ahora los jóvenes tienen una mentalidad reguetonera. La situación es muy difícil y se agravó con el museo.

Salón Tenampa, Plaza Garibaldi. Fuente: travelbymexico.com

RODOLFO NO TIENE prestaciones ni servicios médicos. Sólo su voz y la guitarra le dan de comer. Trata de hacer agradable su rutina, a pesar de que todos los días, excepto los domingos, pisa Garibaldi a las cinco de la tarde luego de un viaje tormentoso en transporte público desde Colonia del Mar, Tláhuac. Llega exhausto de trabajar hasta las siete de la mañana, duerme seis horas, come y se arregla para cantarle a la gente. En un día malo puede sacar cien pesos o quinientos, en un viernes bueno. Hay días en que su guitarra simplemente no suena.

No idealiza su paso de la infancia a la adolescencia, porque fueron años retorcidos y perversos que tiene clavados en su mente. Fue un joven poco vigilado que gozó de mucha libertad. No sabe con exactitud en qué momen-to comenzó su adicción al alcohol, pero sí dónde terminó: en la calle, debajo de un puente, en la banca de un parque.

Tenía 16 años cuando inició una pesadilla que duró tres lustros de salir con los amigos y andar de parranda. Días largos y cortos, mañanas de resaca y noches interminables. Sólo importaba beber cerveza, coñac, ron, tequila, lo que fuera. Cuando no tenía dinero buscaba desesperadamente quién le invitara un trago o pedía prestado. Para todo era la copa y no faltaba alguien que lo llevara a fiestas o reuniones.

Su padre no tuvo otro remedio que aplicar mano dura y tras decenas de advertencias lo corrió de la casa. “Si quieres calle, calle tendrás, ¡lárgate!”. El ambiente bohemio absorbió al joven. Sus prioridades se redujeron a un par de palabras: conseguir y consumir.

—Buscaba por todas partes cómo hacerme de un trago y siempre conseguía gracias a la guitarra, que es muy alcahueta. En ese tiempo se me hizo muy fácil, era bonito para mí cantar, estar con la gente y escuchar aplausos.

Llevaba más de diez años de alcohólico y pensó que ya lo había visto todo. Pero nada es suficiente. Por eso, cuando acudió a la farmacia a comprar alcohol del 96 para mezclarlo con Coca-Cola, se sintió como un animal en extinción. Vivió su adicción en soledad. Despertaba con una cruda espantosa, luego una sensación de tristeza y angustia, desolación y un vacío interno terrible. Se sentía peor que basura. Luego se le olvidaba y en poco tiempo regresaba al infierno.

—Pasé por situaciones muy duras, anduve con malas compañías. Sufría de ansiedad. Viví una lucha interna muy fuerte, pero el alcohol siempre te vence. Te hace pedazos. Pierdes trabajo, familia, dignidad. Pierdes toda voluntad. Mi autoestima era el alcohol.

“Llega exhausto de trabajar hasta las siete de la mañana, duerme seis horas, come y se arregla… En un día malo puede sacar cien pesos”.

4. SE HALLABA en un estado tan deplorable que no recuerda cómo llegó al Grupo Pirámide de AA, en la calle Belisario Domínguez. Era un anexo que ofrecía a las personas habitación, comida, terapias y principios de vida para alcanzar y mantener un estado de sobriedad. Sólo duró un mes y medio. Nada ni nadie podía regresarle las ganas de vivir.

Quería seguir bebiendo, era muy renuente a los consejos. Un día despertó sobre Eje Central con una cruda terrible. Temblaba y apenas podía caminar. Sentía la mirada de desprecio de la gente que pasaba a su alrededor. “¡Basta! ¡Ya no quiero seguir así!”, se dijo y enfiló hacia la iglesia cristiana Nueva Vida, muy cerca de su casa, en Colonia del Mar.

—Así acabó esa pesadilla —concluye—. No me da pena ni vergüenza. Dios me rescató de las garras del alcohol.

5. BLANCA ESTELA es la mujer rubia que enamoró a Rodolfo hace más de 25 años. Dejó su natal Sinaloa para probar suerte en el exDF y de inmediato consiguió trabajo como estilista, en un salón de belleza de la calle de Hamburgo, en el corazón de la Zona Rosa.

Era una joven alegre y fiestera. Todos los fines de semana salía a divertirse y un viernes de octubre llegó, junto con un grupo de amigos, a la Plaza Garibaldi. Ella y sus cuates salieron del Tenampa a seguir la parranda. Llegaron los mariachis y la música norteña. Estaban contentos y querían bailar hasta el amanecer. Se creían dueños de la noche. De pronto, a un par de metros de distancia, la chica de 28 años vio de frente a un hombre bigotón, de estatura media, que tocaba una guitarra color caoba. Blanca Estela y el trovador de Garibaldi se miraron con eso que algunos llaman amor a primera vista.

Mientras tocaba Mi linda esposa, del trío Los Santos, Rodolfo sintió que la emoción provocada por esa mujer rubia se esfumaba acorde tras acorde. Se estaba quedando sin aire, se le empezó a cerrar la voz pero logró terminar la canción. “¡Bravo!”, se escucharon los aplausos.

—Gracias, oiga, cuánto le debemos… —dijo uno de los amigos que iban con Blanca Estela.

—No, ¡no se vayan! Les voy a cantar una cortesía, con todo cariño para la señorita… —y  mientras veía a Blanca Estela fijamente a los ojos, entonó “Consentida”, de Alfredo Núñez de Borbón:

Llevo tantas penas en el alma / que al mirarte a ti nunca pensé / que pudiera al fin otra vez poner / en un nuevo amor mi fe.

DICEN QUE a las mujeres no hay que andarles con rodeos. Y Rodolfo confió en su instinto. Estaba nervioso. Le costó trabajo acercarse a la chica rubia para decirle: “No te conozco, no sé quién eres, pero me gustas”. Ella no supo qué contestar. Intercambiaron números telefónicos. Soy Blanca Estela, llámame. Fue tan rápido que a Rodolfo se le olvidó cobrarles la serenata.

En poco tiempo, Blanca Estela se convirtió en su esposa. Cuando la conoció, el trovador había cumplido 33 años y dos sin tomar una gota de alcohol. “Bendito Dios que no sufrió mi enfermedad. Ella iluminó mi ser”. Dice que gracias al cristianismo es un hombre distinto y busca lo mejor para su mujer y su hijo, Rodolfo Mateo, quien estudia el bachillerato y quiere ser odontólogo. Saca de su chamarra una cajetilla nueva de cigarros Silver Elephant. A su lado pasa el perro güero-rojizo de larga melena. Rodolfo parece animarse. Alza la cabeza y ve una luna brillante. Prende un cigarrillo y da una fumada larga. El humo se hace parte de la noche. Termino nuestra conversación con una pregunta:

—¿Eres feliz aquí?

—Sí, creo que sí —responde—. Amo a Blanca Estela, amo la certeza de tenerla a mi lado, adoro a mi hijo. Garibaldi es parte de mí, siempre me ha gustado cantar y me voy a morir con la música romántica. Así que ve preparándote para mi funeral.

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