Jueves 15.04.2021 - 04:56

De luto por la vida

El escritor y periodista Ignácio de Loyola Brandão, un clásico vivo de las letras brasileñas, ha escrito novelas
notables como Nao verás país nenhum y Zero (censurada y retirada de las librerías durante años
por la dictadura militar). Cal y arena publicó en 2015 su crónica personal La perla asesina. Historia
de un aneurisma. Ahora, a sus 84 años, escribió este desgarrador testimonio —que publicamos
con su anuencia— sobre la agudización de la crisis causada por la pandemia y la política gubernamental en Brasil.

3
De luto por la vidaFuente: olhardigital.com.br
Por:
  • Ignácio de Loyola Brandão

TRADUCCIÓN • DELIA JUÁREZ G.

Un año de Covid. Estampas como éstas sintetizan nuestra vida cotidiana trastornada. Retrato de nuestro día a día en estos últimos doce meses. Nuestra vida dejó de ser lo que era para convertirse en un continuo adaptarse, angustiarse, solucionar problemas que no existían, exacerbar soledades y traumas, adquirir nuevos hábitos como usar cubrebocas, frotar las manos con alcohol continuamente, evitar abrazos, apretones de manos, los dos besitos en la cara. Y llorar a nuestros muertos, llorar.

¿Y el miedo de subir al elevador cuando hay una persona dentro? ¿Y los que están obligados a subirse a un autobús o al metro y apretarse en medio de la multitud, camino al trabajo, con alguien respirándoles en la nuca? El home-office es para algunos privilegiados, la mayoría tiene que ir a una oficina, fábrica, lo que sea.

Cuando todo comenzó: una tontería, unas paperas, sólo una fiebrecita, dijo el mandatario. Y llegaron los primeros muertos, los segundos, los terceros, veinte, cien, doscientos, mil. Nadie sabía qué hacer. Nadie lo sa-be todavía, finalmente es algo nuevo, pero algo que mata. Mata a desconocidos, pero también a nuestros parientes, padres, abuelos.

Luego las muertes llegaron a mil, diez mil, cien mil... Tomen los medicamentos que indicamos. El mandatario sabe lo que hace, tenemos mil millones de comprimidos de cloroquina salvadora, milagrosa, como la corteza del ipé violeta que curó el cáncer. Una gripita. Primera ola, segunda. ¿De dónde es esta cepa? ¿Cepa? ¿Qué es cepa? ¿Qué sucede en Manaus, Araraquara, Río de Janeiro, Sâo Paulo? Y la gente en las playas, en los casinos ilegales, escondida debajo de las mesas, y las calles desiertas, los toques de queda, estamos en guerra, pero mucha gente obedece al mandatario, no cree en el virus. Son sofisticaciones. No está mal que el sambódromo esté desierto, no hay carnaval. ¿Cómo? No hay carnaval, maldito alcalde, gobernador, secretarios, hay salones de baile clandestinos, aglomeraciones, cuerpos sudados, respiraciones nariz con nariz, y el virus por allí, encantado, con tantos cuerpos que penetrar. Y los médicos y las enfermeras, los voluntarios, recibiendo cada vez más contagiados, hasta caer exhaustos o morirse o gritar de desesperación con los brazos en alto.

Los cien mil muertos ascendieron a 200 mil, ya son 300 mil. Filas de vida, filas de muerte. Millares de personas de pie, bajo el sol inclemente o la lluvia o en sus autos esperando la vacuna, esperando diez, quince horas para recibirla.

¿Y luego? Esperando en suspenso porque las dosis podrían acabarse. Pacientes llegando en ambulancia al hospital acompañados por sus familiares, amigos, conocidos, en autos, camillas, hamacas, sobre la espalda de un voluntario o pariente para hacer la fila.

Porque las unidades de terapia intensiva están abarrotadas. Entran al hospital y los colocan en camillas en los pasillos, en algún rincón, en el piso, sobre ladrillos helados, esperando ingreso a una de las unidades. Pacientes que escuchan a los médicos o las enfermeras o los asistentes o los voluntarios discutir la ruleta de la muerte. ¿A quién de ellos salvamos?

¿Al joven, el viejo, el niño, la viuda, la novia, el padre? ¿A quién? Echar los dados y decidir. Éste, aquél, aquél, éste, voltea, voltea, voltea, y entonces ése de allá. Ya no hay respiradores. No tenemos más. En ninguna parte, ni para comprar, alquilar, robar, lo que sea, doctor, me estoy ahogando, doctor no me entra el aire, ¿qué hago? ¿Me voy a morir?

Doctor, enfermera, oiga, usted, dónde está mi familia, mi marido, mi hijo, estoy sola, nadie puede visitar a nadie.

Con cubrebocas, sin cubrebocas, ¿para qué el cubrebocas? El cubrebocas es una estupidez, ¿que el cubrebocas qué? Tiren esos cubrebocas al escusado, no se los pongan...

Ni un solo brasileño va a morir, ninguno, esa enfermedad es igual que la caspa, las paperas, pasa pronto, es rápida, rapidísima.

Estas estampas son la síntesis de los 365 días en los que muchos se mostraron solidarios, corrieron para ayudar a quien lo necesitara, otros descubrieron que podían hacer ejercicio en las escuelas, las familias se unieron, pero también se desunieron, fue hora de repensar todo, hacer cambios, no enloquecer, buscar un claro en la ciudad, dejar las calles desiertas, todo extrañamente cerrado. ¿Será esto una guerra nuclear cambiando todo, matando a todos?

El aislamiento, ¿qué aislamiento? El pueblo necesita trabajar, ganar dinero, nadie puede vivir a costa del gobierno, no estamos en un régimen donde el Estado da todo, reclaman mucho, demasiado, ¡ánimo, pueblo! Estoy haciendo todo, todo, todo lo humanamente posible. ¿Cómo?

¿Que no soy humano? ¿Entonces qué soy? ¿Poco piadoso? ¡Dios mío! Miren, todos contra mí, gobernadores, alcaldes, ediles, jurados, los guardias de la esquina. A mi favor sólo mis hijos y los militares. Vean, estoy con las manos atadas, amarradas, nadie me deja hacer nada, carajo, carajo, se está atendiendo a todo mundo.

Estamos comprando millones de vacunas, vacunas hay, sólo que tardan en entregarlas, el mundo y la OMS están contra nuestro país. ¿Pero dónde está el pueblo que quiere ser vacunado? Hubieran hecho lo que les recomendé, había medicamento para todos, ahora habrá que ver. ¿Respiradores? Israel está perfeccionando un spray nasal, vamos a comprar 200 millones para que respiren, todos van a respirar, sólo hay que aguantar un poco, sólo un poco.

No sigan presionando, mientras tanto observen los protocolos, hagan sus parrilladas, vayan a las playas, las tiendas, los bares. Todos, no habrá un solo brasileño sin atención, vacuna, spray nasal, cloroquina, cafiaspirina, alka seltzer, aceite de ricino, aceite de hígado de bacalao, ¡Biotónico Fontoura!

¿Y cuando lleguemos al millón de muertos?

Lectores: Coloquemos un listón negro en nuestras ventanas en apoyo al movimiento DE LUTO POR LA VIDA.