Un carnaval diabólico

La necesidad de explorar el costado sobrenatural de la vida acompaña la experiencia humana desde
su origen, sea a través de cultos institucionalizados o de vías mágicas ancladas en la heterodoxia.
En la sierra de Huehuetla, entre Puebla e Hidalgo, se lleva a cabo un carnaval popular que incluye jobo,
luchas entre los participantes, catarsis, baile y rituales que sintonizan a los pobladores con el demonio,
según ellos mismos afirman. Ésta es una crónica de esos juegos en los que un forastero se enfrenta a su iniciación.

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Un carnaval diabólicoFoto: Alejandra Zamora Canales
Por:
  • Aarón Enríquez

1. CAMINAMOS en busca de comida y una cerveza para refrescar la garganta. Hace no mucho el sol se tumbó en medio de los cerros, después de haber incendiado con sus rayos los terregales que dejamos atrás. Estamos a media luz, en una callecita un par de cuadras abajo de la casa de mi amigo, el Conejo. Mis pies pesan luego de más de cuatro horas en el asiento trasero de una camioneta, esperando llegar a la tierra prometida. La media luna en Huehuetla, un lugar selvático de la sierra otomí-tepehua y cuya tierra piso por primera vez, nos recibe tímida, en una noche silenciosa y pegajosa.

Las sombras en la maleza que rodea al pueblo parecen salidas de un cuento de H. P. Lovecraft. El canto que emite un conjunto de aves justo antes de ponerse a volar retumba por todo el lugar. Su eco corta el aire como una navaja. ¿No se supone que llegaríamos a un jolgorio? El ruido de los árboles deja tras de sí el silencio. Sobre un poste, el rótulo de Cerveza Corona resplandece a lo lejos. Verlo me recuerda que no estoy en una isla desierta. Tristemente, la cervecería que lo presume ya está cerrada; será porque es martes. Es curioso que justo cuando llego aquí buscando encontrarme con el diablo, es la muerte quien me recibe.

Atrás de mí bajan personas que caminan con el mismo pesar que tienen mis piernas. Musitan una especie de réquiem. En el rostro de todos tintinea la luz de las veladoras; al fondo, seis muchachos sostienen sobre sus hombros el ataúd. Las señoras sollozan. Los señores miran al suelo. Algunos niños juguetean con las sombras. Me siento en la banqueta y le pido a la señora que atiende el puesto de quesadillas una de tinga y una de queso con huitlacoche. Y, si es posible, una Victoria bien helada para mitigar el calor.

“Es tepehua”, me dice ella, al observar que me esfuerzo por identificar el idioma en el que, con tristeza, van cantando las personas que avanzan en la procesión.

2. SEGÚN CUENTA la leyenda, cada año cuando llega la Octava a estas tierras, es decir, todos los miércoles posteriores al de ceniza, el pueblo entero se olvida de dios para entregar sus pensamientos, acciones y pasiones al maligno, al demonche, al coludo... al diablo, pues. Vine a encontrarlo.

Es época de carnavales y aquí, entre las fronteras de Puebla e Hidalgo, las cosas son así desde mediados del siglo anterior. Todo el pueblo se reúne para disfrazarse de Diablo, Muerte, Comanche o Huehue y para beber jobo, aguardiente de caña rebajado con canela, con el que se dan valor para los famosos juegos. Es un ritual en el que los disfrazados se disponen a cantarse un tiro y luego terminar en una amistosa batalla de lucha greco-romana mezclada con pelea callejera. Los involucrados en cada tirito pueden levantarse mutuamente una vez que fueron saciadas las ganas, darse un abrazo amistoso, invitarse una cerveza y bailar al son de los tríos huastecos que rondan las calles. Es un ciclo que se puede repetir eternamente hasta que el sol caiga y el silencio de la noche reine de nuevo.

Nosotros llegamos un día antes del desmadre, pero la verdad venimos cargando la sed desde hace una semana. Cuando el Conejo nos contó a Canek, a Macho y a mí cómo se ponía el festín en su pueblo, no lo dudamos ni un segundo. La sola escena nos parecía alucinante. Un lugar en el que se adora al demonio en plena Huasteca es irresistible. Máxime si la aventura implica bebida, baile y lucha libre en vivo.

Su presencia cambia el ambiente. Uno sabe identificar el respeto cuando apenas asoma las narices. A nosotros
nos da la bienvenida de reojo. Un quiubo basta. Sin fiestas, nos queda claro que estamos pagando derecho de piso

3. LUEGO DE CENAR, el Banano nos recibe afuera de su casa. Los muchachos quedaron de echar unas frías la noche antes de la Octava y saben que vamos para allá.

—Nomás no sean putos y jalen parejo —nos advierte el Conejo unos pasos antes de llegar. Damos la vuelta en la esquina y vemos a unos malvivientes que están reunidos alrededor de un cartón de caguamas.

—Son ellos —me dice el Conejo, al tiempo que apresura el paso para saludar. Al chocar las manos todos nos miran con recelo, aunque amistosos.

—¿Entonces estos son los güeritos que vienen a ver cómo está el pedo?

—pregunta el Banano.

—Simón —dice el Conejo—. Son chidos, mañana se van a poner el de Comanche a ver si es cierto.

Todos ríen mostrando complicidad. “A eso venimos”, afirmo. De la puerta de la casa sale una señora con una bandeja de chalupas recién hechas y nos las ofrece.

—Ahí viene tu hermano —le dice al Banano, quien de inmediato se levanta a ayudar al Ratón, quien camina trabajosamente hacia la banqueta, donde todos estamos reunidos. Lo miro y me doy cuenta de que es un tipo correoso, moreno, no muy alto pero con presencia. Luce un camiseta blanca sin mangas que acentúa los músculos de sus brazos y también deja ver las vendas que le rodean las costillas. Su sola presencia cambia el ambiente. Uno sabe identificar el respeto cuando apenas asoma las narices. A nosotros nos da la bienvenida de reojo. Un “quiubo” basta. Sin fiestas, nos queda claro que estamos pagando derecho de piso.

Cuatro días antes de la Octava, el fin de semana anterior, morros de un poblado cercano bajaron a un baile a Huehuetla. Era época precarnaval. A media jarana se hicieron de palabras con el Banano y otros compas. El pedo terminó en una pelea campal: alguien del otro bando sacó un picahielo y lo hundió cuatro veces en las costillas del Ratón. Los fuereños salieron corriendo, mientras el Banano y el resto de sus compas tuvieron que llevar a su carnal de urgencia a la clínica.

Mientras siento las caricias de la cerveza fría en el paladar me doy cuenta de que, esa noche, chalupas y caguamas son la ofrenda que sus compas le entregan al Ratón. Todos entienden que al día siguiente su camarada no estará en condiciones de salir a marchar con el resto del grupo, como lo hace cada año. Saben que su disfraz de Comanche será portado por alguien más esta vez. Lamentan que no haya valido de nada juntar las corcholatas de cerveza de todas las pedas que se han puesto a lo largo del año. Pero no importa, porque en cuanto los rayos del sol calienten la tierra saldrán todos a rondar callejones y hacer sonar el grito de guerra en su honor. Brindarán en su nombre y celebrarán que sigue vivo. Por eso están todos aquí reunidos, para que el Ratón pueda dormir tranquilo sabiendo que el negocio sigue atendido una noche antes de la Octava.

4. EL COMANCHE es el personaje más imponente de los que participan en el carnaval, aunque no es el único. Su traje lo compone un gran penacho hecho con plumas de guajolote y una falda de manta que llega hasta las rodillas. Se forra con corcholatas aplastadas en forma de disco; lucen a lo largo de la tela para semejar plumaje. Quien lo porta puede fabricar el disfraz con sus manos o, si es más listo, encargarlo al Mudito, quien hace los diseños más codiciados de Huehuetla, para lo cual recolecta las corcholatas que dejan sus amigos y familiares semana tras semana. Las fichas de Corona, Victoria, Pacífico y León son como oro puro. Significan, por un lado, el adorno del traje y, por el otro, son los pequeños cadáveres que rescatan de todas las borracheras a lo largo de doce meses.

Uno sabe que ha llegado a un lugar que vale la pena porque sus habitantes le rinden así homenajes al chupe.

Se trata de pequeños poemas al vicio. Ofrendas que se entregan con pasión. Catarsis en pequeñas dosis. La lucha de un pueblo etílico. Hermosas y diminutas derrotas. Artilugios de salvación que cada año son presentados con dignidad frente a todo el pueblo.

El Mudo es el mayor artesano del lugar. Aunque no trabaja durante el resto del año, vende cada traje de Comanche en más de dos mil pesos. Tiene pedidos desde seis meses antes del carnaval; días antes de la Octava es requerido con la misma desesperación que las divas de Hollywood muestran por Alexander Wang previo a la Gala del Museo Metropolitano, en Nueva York.

Un carnaval diabólicoFoto: Alejandra Zamora Canales

5. EL CALOR y los moscos no me dejan dormir. Por la mañana, los rezagos de la noche anterior se dejan sentir con el mismo rigor que los piquetes de zancudo, pero vale la pena la ofrenda. Esta resaca es el mínimo precio que uno debe pagar aquí por ser aceptado en la pandilla y ganar nuevos amigos.

Me levanto en busca de agua, pero el laberinto de la casa me lleva al balcón. A lo lejos escucho el grito de guerra de personas que marchan por el callejón. Suenan como un grupo de gorilas que llaman la atención de las hembras. Se trata de la banda del Banano. Vestidos con su traje de Comanche suben por la calle principal.

“Son esos güeyes”, me dice el Conejo y suelta un chiflido para saludar. En un par de horas estaremos marchando con ellos.

6. LLEGO A ENTREVISTARME con el personaje más anciano del pueblo —y se trata de un título oficial. Don Antonio estuvo en los primeros bailes, cuando de tierras lejanas llegó un personaje misterioso a vivir a Huehuetla. Su arribo generó extrañeza y fascinación. Los pobladores lo miraban hacer rituales en la plazuela como si fuera Robinson Crusoe armando un campamento permanente en la Huasteca. Atestiguaban los trances para sintonizarse con el demonio. Un menjurje de alcohol, hierbas e incienso ayudaba al forastero. Con bríos nuevos y aún con el estado de conciencia alterado, éste les mostraba que podía doblar barretas de metal con las manos desnudas.

El forastero enseñó a varios pobladores a desprenderse de dios para sentir al demonio en cuerpo y alma, y luego hacer el ritual inmortal. Éste es un baile que consiste en cruzar bailando descalzos sobre una línea de fuego; es el espectáculo más importante del carnaval. Todos esperan que comiencen a arder las llamas y la piel de los participantes se achicharre ligeramente. El origen del ritual es ése. No hay más explicación que la sorpresa que generó en los pobladores observar las proezas de aquel hombre. Pudieron ser los años treinta o cuarenta, según lo contado por el decano del pueblo, pero aquello hoy se ha convertido en el máximo motivo de celebración en esta zona de la Huasteca. Los juegos, el desfile y los disfraces se fueron sumando y modificando con el paso de los años.

Se trata de un huehue auténtico, originario de la sierra. Su lengua es el tepehua. Cuando intento preguntarle
algo me silencia. Con la otra mano simula un cucurucho sobre el oído y dice: Escucha... ahí en el monte está el patrón

7. DESPUÉS DEL DESFILE, el presidente municipal da por inaugurados los juegos. Las Muertes dan el banderazo de salida: estos personajes, embadurnados con diesel en todo el cuerpo y cubiertos apenas con un calzón de manta, deben ensuciar el disfraz de los demás. Para lograrlo tienen derecho a retar a unas luchitas a quien ellos elijan. Los Coludos visten un traje de manta con cola de diablo hecha con un trozo de manguera rellena de tierra; con ella dan latigazos a sus contrincantes durante el tirito. El Comanche usa las corcholatas de su traje para rayar el cuerpo de las Muertes. Los Huehues son los más tranquilos. Visten de manta, usan botas como las del Piporro y máscara con una narizota.

En general el hombre lleva vestido y la mujer, pantalón. Una vez que intercambian roles de género, bailan al son del trío huasteco durante todo el día. Es su forma de visibilizar a la comunidad LGBTI+. La influencia de la cultura pop ha propiciado que muchos jovencitos inventen diseños inspirados en Darth Maul, Pikachú o Mr. Satán, pero los tradicionales son los que más abundan. En la plancha del zocalito se puede ver a ancianos, mujeres, borrachos y niños participando libremente en los juegos.

Me pierdo al ver cómo dos pequeñas de no más de cinco años de edad se acaban de tirar al suelo, revolcándose. Tras el espectáculo, las niñas terminan de pie, fundidas en un abrazo. Ambas enseñan las sendas mazorcas que  portan como dentaduras, al tiempo que se escucha el bullicio de risotadas y aplausos. A una le faltan un par de piezas frontales, pero eso parece no importar ahora. Se separan jugueteando con sus colas de diablas.

En el alboroto una Muerte se acerca a decirme algo. Conejo es el mediador. “Te está cantando un tiro”, me dice. Sonrío y dudo en si aceptar o no, pero el grupo del Banano me alienta a lanzarme. El Baca me arrima su máscara de diablo y una capa, de modo que no hay pretexto. Ya con el disfraz no tengo más remedio que lanzarme al ataque.

Tras forcejear caigo al suelo y ruedo, tratando de quedar encima del contrincante, pero quedo debajo de él. Me da la mano y me ayuda a levantarme.

8. LLEVAMOS MÁS de tres horas bailando bajo el sol. El Chaparrito, como le llaman, es el encargado de cargar la cubeta con hielos, jobo de canela y agua mineral para todo el grupo. Eso y cervezas frías que compramos en las cantinas que vemos al pasar es lo único que nos refresca. Mi playera está empapada de sudor. Es tanta la energía compartida que no me fijo en el dolor de mis pies. De pronto me separo del grupo para hablar con la gente.

Conejo me presenta al Chamán. Tiene unos sesenta años y habla trabajosamente español, no sólo por efecto del jobo que ha bebido sin cesar durante el día o durante años. Se trata de un huehue auténtico, originario de la sierra. Su lengua es el tepehua. Cuando intento preguntarle algo me silencia, poniendo el dedo índice sobre sus labios. Con la otra mano simula un cucurucho sobre el oído y dice: “Escucha... ahí en el monte está el patrón. Pon atención, ahí anda. Entre las plantas, entre animales y piedras. El patrón eres tú, el patrón soy yo. Está aquí, lo puedes sentir. Baila todo lo que quieras porque al rato el patrón sale. Todos lo podemos ver”.

Acto seguido cierra los ojos para recitar una oración en tepehua —dedicada al maligno, me explica el Conejo. Mientras el Chamán habla puedo oír el susurro del aire entre la maleza del lugar. Al terminar abre los ojos, parecen los de un búho. La imagen es escalofriante y divertida al mismo tiempo.

Tomamos camino de regreso al grupo tras un último brindis con el Chamán. El Banano me recibe con una noticia: han decidido prestarme el traje de Comanche que dejó el Ratón. Es obligatorio que si alguien se pone el disfraz debe rifarse un tiro. Tras varias vueltas sobre la plaza sabemos que la gente del pueblo ya nos identifica, así que no me cuesta trabajo hallar un contrincante. Lo siento como un ritual, una última prueba para asimilarme totalmente al grupo. Mi segundo tiro es más largo, más en serio; al final acabo encima de mi contrincante. La palomilla celebra mi triunfo y alguien me pasa una cerveza.

En otra esquina veo cómo un tipo alto y delgado al que le dicen el Moreno insiste en que Canek se rife con él, pero mi carnal está lesionado de la rodilla y no puede luchar. No lo bajan de joto. Entonces el Macho debe demostrar el porqué de su apodo. No puede fallar. Nos haría quedar mal a todos.

9. VEO BORROSO. En cada cervecería hago cada vez más amigos. La tarde empieza a caer sobre la verde Huehuetla y el ambiente es de total celebración. Esto es un jolgorio. Por fin conozco el verdadero carnaval. Me doy cuenta de que el jobo pone diferente a la cerveza, es otra peda, tal vez más salvaje, también muy terrenal. La gente del lugar te respeta cuando bebes el brebaje local. Es como comenzar a hablar el mismo idioma.

Alrededor todo es color, árboles, baile, máscaras y pies descalzos. Hundido en jobo, el huapango me parece la música más bella del mundo. Todo mundo grita, ríe, danza, charla. No quiero salir jamás del infierno. El sol desciende poco a poco, las escenas suceden en superslow. Macho, Canek, Conejo y yo reímos, celebramos bañados en sudor. Somos felices. ¿Cuál es el demonio del que hablan aquí?

Un carnaval diabólico.Foto: Alejandra Zamora Canales

10. EL OLOR a sudor, cerveza y jobo impregna la cervecería donde estamos. El lugar se encuentra en la calle principal del pueblo, que ahora está atascada de gente. Tenemos un cartón de cervezas tirado junto a nosotros. Se acerca el Moreno a pedir una y a retar a Canek de nuevo. Conejo nos enseña a la distancia cómo entre varios cabrones separan a su compa, el Guate, quien ya se estaba enganchando con alguien del otro pueblo en un tirito en plena calle. El altercado no pasa a mayores. El Moreno insiste en rifarse con Canek. No para de tomar cerveza y observarlo con una mueca que pretende ser sonrisa.

La tarde-noche enrarece el ambiente, que de festivo pasa a ser combativo. “Bueno, ya estuvo, este güey no puede pero yo salto por él para que te saques la espina”, le digo al Moreno con fastidio, envalentonado por el jobo. Entiendo que es difícil que Canek salga de ésta sin que el Moreno obtenga la satisfacción que busca. El hombre sonríe malicioso y al fin acepta salir a la calle, a pesar de su obsesión con mi carnal. El sol va a desaparecer tras la sierra, la calle toma un tono púrpura. Dejo mi cerveza sobre una banca, me preparo para echarme ese último tiro.

Hacemos dos o tres fintas y siento las pesadas manos del contrincante sobre mis hombros. Le retiro la derecha y le dejo ir el peso de mi cuerpo, pero lo soporta. Noto que está encabronado. Arremete con más fuerza intentando tirarme, pero meto el pie para equilibrarme. Hijo de la chingada. Es más pequeño, puedo tumbarlo y lo hago, pero es hábil, así que me lleva consigo. Ambos caemos. Como la calle está llena, terminamos bajo los pies de varios que nos abren cancha. Rodamos varias veces pero ninguno cede. Veo en su cara la determinación de quien  está a punto de soltar un golpe. En eso escucho gritos de mujeres y hombres mentando madres. De fondo suena un huapango. Por un momento pienso que quizá han venido a separarnos, pero veo que se ha armado una trifulca de verdad a un costado nuestro. Decidimos levantarnos a ver qué sucede.

Hay al menos tres peleas a lo largo de la calle principal y empiezan a llover botellas y sillas. Las señoras salen gritando, con escobas en mano para separar a los rijosos. En medio del caos escuchamos el grito de guerra; el Banano y su banda llegan corriendo a la calle principal. Pensamos que van a meterse a la madriza, pero no. El Banano advierte que a dos calles de ahí han visto pasar a los culeros que picaron a su carnal, los que se pasaron de lanza con el Ratón. Van por ellos. Llevan puntas y botellas; me alisto para ir a acompañarlos.

Estoy intoxicado, casi irreconocible. Quiero ver sangre. No pienso claro. Volteo a ver al Banano, que para ese entonces ya es mi compa. “Tú te quedas, güero”, me dice determinante. Volteo a ver al Conejo, a Macho y a Canek; los tres niegan con la cabeza. Estoy solo en esto. Un grito se escucha a pocos metros de donde estamos. Alguien recibió un botellazo en la cabeza. Se escuchan sirenas de las patrullas acercándose al lugar. Es tiempo de correr. Miro al Banano y me despido de él con un abrazo.

—Denles en su madre, carnal —le digo antes de salir corriendo.

—A lo que tope, güero.

Conejo nos lleva por un atajo y logramos salir hacia su casa sin problema. A lo lejos se escucha un trío huasteco tocando aún con energía. Debe ser el diablo echando un zapateado para soltar los pies, un par de horas antes de que comience el baile al fuego. 

AARÓN ENRÍQUEZ (Ciudad de México, 1983) es coeditor del portal PlanisferioMx. Colabora en Revista Marvin. Ha publicado en medios como Tierra Adentro y Círculo Mixup, entre otros. Relatos de su autoría aparecen en la colección Manual de amor moderno para aliens (2019).