Me enamoré de Victoria Abril

Desde hace décadas, el cine crea figuras atractivas, rodeadas de misterio pero cercanas. ¿Cómo no ceder a su hechizo si las sentimos y vemos tan próximas que incluso podríamos hablarles al oído? Por eso, desde Rita Hayworth hasta hoy, la pantalla grande constituye una vía inequívoca para la infatuación de los adolescentes.
En este caso, Rafael Carballo narra con ironía la devoción que desarrolló en cinco minutos
por la actriz española dirigida por Pedro Almodóvar; un amor que lo llevó a buscarla hasta el otro lado del mar.

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Victoria Abril en ¡Átame! (1989).Fuente: rtve.es
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Probablemente no soy el único, pero un día vi a Victoria Abril y me enamoré. Quizá fueron sus ojos vivaces, su boca escondida en inocencia; pudo haber sido su cara de ardillita o su cabello castaño que me recuerda el verso de Octavio Paz: “Siempre hay abejas en tu pelo”. Pero, en realidad, creo que me enamoré de ella por su desparpajo.

Mis hormonas de 19 años se revolucionaron en la sala oscura del Cine Latino —era 1990—, cuando en una de las primeras escenas de ¡Átame! (1989), Victoria dice: “Sabes lo que te digo, que me voy a quitar las bragas, se me notan mucho”. Y ahí, delante de mí, Victoria, sin cortarse, sin tapujos, aunque tristemente en un segundo plano, se quitó las bragas y se ajustó el vestido naranja. Fue mi introducción al cine de ese tal Pedro Almodóvar y también la primera vez que veía a Victoria Abril. Fue amor a primer desparpajo —ayudado, claro, por la pantalla monumental de ese cine.

SE ENAMORARÍA DE MÍ

A los cinco minutos de comenzar la película ya nunca volvería a ser el mismo que un rato antes compró una copa de helado que se derretía en mi mano porque todo yo estaba ardiendo. Son ese tipo de decisiones las que cambian a las personas —me refiero a la decisión de quitarse las bragas; cambian a quienes las toman tanto como a quienes somos testigos.

Dicen que se trataba de un personaje, que Victoria es actriz. Pero, ¿no todas las actrices tienen un poco de sus personajes? ¿No todos los personajes tienen un poco de los actores que los interpretan? Para mí, Marina Osorio —la protagonista— y Victoria Abril son una misma. En ese momento me pareció muy claro que ella, Victoria o Marina, era la mujer con quien podría pasar el resto de mi vida. Nadie se equivoca en eso a los 19 años.

A los cinco minutos de comenzar la película ya nunca volvería a ser el mismo que compró un helado

Y la misma película presenta a un desequilibrado mental que secuestra a Marina con la premisa de que en cuanto ella lo conozca, se acabará enamorando de él. Esas cosas pasan. Aunque, claro, él era Antonio Banderas y aquí, donde yo soy el protagonista, es la realidad. Pero no me importó más nada. Seguro cuando me conociese, Victoria se enamoraría de mí. Sólo era cuestión de tiempo: “¿Cuánto tiempo vas a tardar en enamorarte de mí? ¿Cuánto necesitas para estar segura de que nadie te va a querer como yo?”. Mi desequilibrio mental no era tan pronunciado como para llegar al secuestro, pero podría propiciar la situación y una cosa llevaría a la otra. Sí, era demasiado ingenuo entonces. Eso lo sé ahora.

EL BOLETO DE IDA

Marina Osorio vivía en Madrid, así que mi objetivo era el kilómetro cero, en la Puerta del Sol, adonde llegaría antes o después. Continué con mi vida normal, tuve algunas novias, pero sabía que mi destino estaba en la península. Vi otras películas donde actuaba Victoria: Amantes (1991), Kika (1993), Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995). Aunque, para mí, seguía siendo Marina Osorio: la actriz a la que Paco Rabal “admiraba” con lascivia cáustica.

La paciencia pagó réditos y en 1998 encontré la oportunidad de ir a España. Me había quedado sin trabajo; usé el dinero que me pagó el seguro del coche cuando me lo robaron y aproveché el empujón final de recibir una carta de aceptación de la Universidad Autónoma de Madrid para un posgrado de filología española. Sin pensarlo dos veces, tomé una decisión (de esas que cambian a la gente, como andar sin bragas por la vida) y me fui a Madrid con un boleto de avión con regreso abierto. A la gente le dije que iba a lo del posgrado, pero en realidad no tenía beca así que no podría quedarme. La realidad es que iba tras Victoria.

Llegué a la ciudad recién acabado el verano, el frío empezaba a hacerse un nombre. Me hospedé en un hostal barato sobre la Gran Vía y como si hubiera planeado el cliché, desde mi ventana se veía el icónico Edificio Carrión y los cines en la Plaza del Callao. En un rótulo gigante junto a los cines estaba una imagen descomunal de Santiago Segura, como Torrente; hubiera sido perfecto que la silueta en esa imagen hubiese sido la de Victoria, pero la vida no es perfecta.

Al día siguiente de mi llegada a la ciudad empecé la búsqueda de Victoria. La rastreé por toda la ciudad y en el pozo de la soledad, como diría Mecano, pero pasaron semanas y no lograba el éxito. Tras el paso de los meses, el rechazo de la Universidad por la consabida falta de beca y el adelgazamiento de mi cartera, el invierno empezó a hacer mella.

¿QUÉ HARÍAS POR AMOR?

Abatido, devastado y con el corazón roto, el dinero se acabó. Había bajado ya diez kilos ahorrando un par de duros aquí y allá, pero no quería volver a México. No sin encontrar a Victoria, no me resignaba a aceptar la derrota. Un poco demasiado tarde di con una pista en internet (un invento del infierno tan incipiente que no servía de casi nada en ese lejano siglo veinte); corroboré que vivía en París.

No quedaba ya plata suficiente para ir a Francia. Pedí prestado y busqué nuevos empleos ilegales, sin éxito. Tuve que aceptar que no podría cumplir mi cometido. Durante el largo vuelo trasatlántico de regreso, entre sollozos, tomé otra decisión de esas que cambian a la gente: si la amaba, debía olvidarla. Tenía que dejarla ir; no podía atarla a mí sólo por capricho. Por ella, más que nada; por su felicidad. Por amor. ¿Qué estarías dispuesto a hacer por amor? Cualquier cosa.

Ahora puedo pensar en ella, Victoria o Marina, como una linda parte de mi pasado. Fue bonito mientras duró. Aunque tuvimos que seguir por caminos diferentes, siempre tendremos eso. Siempre.