Pesadilla de aire acondicionado

El corrido del eterno retorno

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Pesadilla de aire acondicionadoFuente: lowerspendings.com
Por:
  • Carlos Velázquez

Asistí a la Escuela de Calor. Pero reprobé.

Cuatro décadas de vivir en el norte y no consigo habituarme a las altas temperaturas. En esta zona del país sólo existen dos estaciones. El invierno y la canícula (que comienza en marzo y se termina en noviembre). Cada año sufro el maldito embate del termómetro (que no tiene ningún pudor en arañar los cuarenta grados a su antojo).

El lema de esta ciudad es “Vencimos al desierto”. Mentira. Nos dedicamos a bailar sobre brasas ardiendo. Por qué vivo aquí. Porque como La Laguna, ninguna. Por masoquismo. Por neceada. Por aferramiento. Porque la provincia es mortalmente aburrida (condición propicia para escribir).

Se presume que los seres humanos nos acostumbramos a todo, pero yo no he conseguido adaptarme a este maldito clima. Aquí anda suelto Satanás, de otra forma no entiendo por qué le suben tanto al termostato.

Desde 2012 habito un departamento al que le pega el sol durante todo el día. He malvivido con un aparato de aire lavado 6500. Es insuficiente para las tres habitaciones y la enorme sala. No miento si confieso que mis sueños húmedos tenían la consistencia de un mini split. Si no instalaba no era por inmolación, abandono, miedo al recibo de la luz o porque es una señal irrefutable de aburguesamiento. Era por cuestiones técnicas.

Compré uno de dos toneladas. Entonces comenzó una danza que duró bastantes días. Metí el escritorio a mi cuarto, estaba dispuesto a no salir de ahí ni para ir al baño, dos cubetas harían la función de retrete, una para orinar y otra para el defeque. Pero debido a la distribución de mi departamento fue imposible empotrarlo en la pared. Tuve que devolverlo.

Mientras escribo tengo puesta una sudadera. Afuera hay cuarenta y un grados pero yo tengo frío

Desesperado, pedí asesoría a un compa. La única solución a mi problema era comprar un aparato que pudiera darle servicio a los más de cien metros cuadrados de mi depa. Harto de padecer, gasté todos mis ahorros en comprar un Convair. Y comenzó otra danza. Todavía más macabra.

Además de lo que invertí en el aire, tenía que pagar la instalación. Una lana extra. Pero lo peor no fue eso. Estamos en plena temporada y los trabajadores de la refrigeración están saturados. Así que tuve que dar una mordida para que me dieran el servicio lo antes posible. No soportaba más. Una noche estuve a punto de irme a un hotel. Si no lo hice fue porque me parecía una exageración. Ahora sé que mi instinto de supervivencia me lo rogaba.

“Este aparato no es para una casa, es para un mini súper”, me dijo uno de los chalanes. La verdadera pesadilla comenzó cuando por fin prendí el Convair. El volumen de aire es tan brutal que desaté una tormenta de arena dentro del departamento. Tuve que apagarlo. Quitaron una rejilla y descubrieron que había una capa de tierra de aproximadamente cuatro centímetros de espesor. Ahora lo que se ocupaba era una limpieza de ductos.

A pesar de los millones de viviendas que existen en la región fue un pedo encontrar quién hiciera el trabajo. No existe la cultura de la limpieza de ductos. Una de las únicas dos compañías que aparecen en internet mandó un sujeto que me dejó plantado. La otra nunca respondió el teléfono. De puro milagro conseguí el teléfono de un alma caritativa que se apiadó de mí.

Dos chalanes aspiraron los ductos hasta dejarlos impolutos. Pero cuando prendimos el aparato volvió a aventar tierra. Había lugares adonde la manguera no podía llegar. Hicieron un agujero en el techo de tablarroca por donde pasa el ducto y luego en la campana, colgados por la ventana de mi depa que da a un patio interior. Sólo entonces pude encender el clima sin miedo a que una película de polvo cubriera la superficie.

Mientras escribo esto tengo puesta una sudadera. Afuera hay cuarenta y un grados pero yo tengo frío. Era verdad el mito alrededor del Convair. El interior de mi departamento a veces me hace sentir como si estuviera en un banco. Y eso que jamás le he subido a la velocidad alta. No la soportaría. La ciudad arde pero aquí yo no sudo, no me enervo, no me deshidrato. Duermo cobijado. Vendí mi alma al diablo. El vendedor aseguró que gasta igual energía que un mini split. No le creo. Esta madre tiene una hélice del tamaño de un gong. Es el auto deportivo de los aparatos de aire.

No he vencido al desierto. Pero sí puedo afirmar que ahora el calor me la pela. Puto capitalismo salvaje.