El pintor sordo que escucha a sus modelos

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Diana II, óleo sobre tela, 2016.Fuente: it-it.facebook.com
Por:
  • Erick Baena Crespo

Plácido Merino atraviesa el salón de clases y coloca una manzana encima de la mesa. Sus alumnos, niños de entre cuatro y 16 años, enfermos de cáncer, lo miran con extrañeza.

—¡Vengan! —les dice.

Y los reúne alrededor de la mesa.

—Quiero que dibujen esa manzana. Tienen diez minutos.

Plácido lleva unas semanas como titular del taller de dibujo de la Casa de la Amistad para Niños con Cáncer.

Los chicos se arman con crayolas y hojas de papel tamaño carta.

El tiempo corre, se agota.

—Ahora agarren ese dibujo y escóndanlo.

Los niños guardan entonces sus dibujos recién hechos.

—Ahora les voy a contar una historia.

Plácido se sienta frente a ellos. Improvisa. Había una vez —comienza a platicarles— una niña que cuidó, durante mucho tiempo, la última semilla del mundo, aquella misma que, después, daría origen a un árbol frondoso, del que brotarían las últimas manzanas sobre la Tierra.

Al terminar, les pide a los niños:

—Ahora vuelvan a dibujar la manzana.

Pasan otros diez minutos. El objeto, la manzana, no cambió, pero los niños le entregaron a Plácido dibujos distintos.

—Si la manzana es la misma, ¿entonces qué cambió? —se pregunta.

Sentado frente al escritorio de su casa/taller, quince años después, Plácido, ataviado con una playera negra, un pantalón flojo y crocs, con una pierna cruzada, se queda en silencio. Un aparato auditivo, como un gusano transparente, se enrosca sobre su oreja izquierda. Me mira fijo, uno, dos segundos.

—¿Entonces qué cambió?

—¡El discurso! —responde con su voz grave, cavernosa. Y agrega—: Los niños, en ese segundo dibujo, despojaron al objeto de su naturaleza primigenia y lo convirtieron en un sujeto con historia.

Ésa —sostiene— es la base de todo su trabajo plástico.

Plácido Merino, pintor sordo, descubrió entonces que para retratar a las personas no bastaba con mirar, sino que era esencial escucharlas: abismarse en su intimidad.

Y de ese modo surgió uno de los proyectos que lo puso en la órbita de la escena plástica mexicana: Sombras.

ES UN DÍA INTRANQUILO. La casa/taller de Pláci-do está en desorden. En el suelo permanecen las piezas sin montar de su próxima exposición, a inaugurarse en un par de días.

Tras el ejercicio con los niños con cáncer descubrió que podía trabajar el retrato desde la interpretación del discurso.

—Me propuse que mis modelos me contaran sus pensamientos más íntimos. Necesitaba conocerlas de verdad para pintarlas —explica.

Sombras es una serie pictórica, resultado de sesiones maratónicas, individuales, de hasta nueve horas de duración, con alrededor de 18 modelos, basada en el arquetipo de la sombra, concepto psicoanalítico desarrollado por Carl Jung.

—Ellas venían a mi taller un par de horas a la semana y se sentaban conmigo. Y platiqué con ellas durante meses.

En la exposición, montada en la Fraternidad de la Universidad de la Comunicación a fines de noviembre de 2016, el público entraba a una galería y, al acercarse a los retratos, escuchaba fragmentos en audio de dichas sesiones.

—No sólo veías su sombra —cuenta—, sino que te conectabas con sus miedos, sus enojos y tristezas.

En los retratos de la serie, los rostros aparecen distorsionados, como si los cubriera una tela translúcida, hecha de piel humana.

—Es curioso. Eres un pintor con problemas de audición que necesita escuchar a sus modelos para retratarlas —le comento.

—Mi amiga, la doctora Norma Silva, fue la primera que advirtió eso. Un día me dijo: me parece interesante que el punto de partida de tu obra sea la escucha, teniendo en cuenta que tú no puedes oír.

Si la vida de Plácido fuese una serie pictórica, dispuesta en forma cronológica en las paredes de su casa/taller, retrataría dos de sus mayores sombras:

1) El día en que, a los 18 años, debió reconocer que al fin se había quedado sordo.

2) Cuando pintó, para su serie Morgue, a tres familiares vivos, y a él mismo, como si fueran cadáveres sobre una plancha, a punto de ser diseccionados.

SON LAS TRES de la tarde.

Plácido está cansado. Lleva ya dos días sin dormir, debido a los preparativos para la inau-guración de su exposición “Ilustraciones fi-losóficas”, que se exhibe hasta finales de julio en la librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica (FCE).

“Ilustraciones filosóficas” se compone de varias obras de formato pequeño: intervenciones en páginas de libro, particularmente de ediciones viejas.

—Esta serie surgió por mi interés de completar un ciclo: interpreté el discurso hablado, el discurso no dicho y, ahora, el discurso escrito —me dice en la librería, antes de que el ruido ensordecedor de un taladro nos interrumpa.

Salimos a la calle. Nos sentamos en una banca metálica, incómoda.

—¿Crees que tu problema de audición ha determinado tu trabajo? —le pregunto.

—No sé si mi problema tuvo una incidencia directa en mi trabajo. Quizá me ha ayudado a no distraerme tanto con lo de afuera y estar más conectado con mis voces internas. La ventaja de estos aparatos es que con un botón apagas el mundo. Y sólo te escuchas a ti. Eso, para mí, es maravilloso. Hay gente a la que no le gusta escucharse. A mí sí, porque me gusta pintar en silencio.

Y así termina nuestra charla.

Imagino cómo sería mi mundo con la posibilidad de apagar el ruido de afuera y, como quien prende la luz, encender el de adentro: el murmullo interior.

¿Qué encontraría? ¿Mi sombra?

Plácido se coloca el cubrebocas en la barbilla, enciende un cigarro, le da una calada honda y exhala el humo, que se disipa casi imperceptible en esta tarde nublada, gris.

Nos quedamos en silencio, oyendo a lo lejos el ruido de una tormenta que se avecina.

ERICK BAENA CRESPO (Ciudad de México, 1986), reportero, editor y flâneur ocasional. En 2020 ganó el Sexto Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo.