Vaquero del mediodía

El corrido del eterno retorno

Vaquero del mediodía
Vaquero del mediodíaCortesía de Vaquero del mediodía
Por:
  • Carlos Velázquez

El nuevo documental de Diego Enrique Osorno es un portento. Nace de una premisa crepuscular: la búsqueda de un poeta desaparecido. Casi extinto. Samuel Noyola, norteño, regio, exguerrillero, cuasimártir, indigente. Sin embargo, Vaquero del mediodía se proyecta más allá de la simple pesquisa para convertirse en un documento sensacional que se desdobla en thriller, en artefacto metaliterario y en foco rojo de la postverdad de un México siempre inasible, imposible de comprender, de descifrar.

Aunque su título hace referencia a la luz, la historia y la carrera trunca de Noyola están anclados en la noche.

A través de indagar en la noche Osorno logra un retrato que trasciende la mera investigación. Y revela que detrás de cada iluminado existe un hecho terrible, un hecho doloroso que rompe al hombre. Y el rostro antes olvidado de Noyola pervive en todos y cada uno de los que como él se quebraron y pueblan las ruinas de esa noche que sólo unos pocos se atreven a tocar.

Y es así como la ausencia de Noyola se vuelve omnipresente. En los personajes marginales que aparecen entrevistados por Osorno, más que en la figura de Octavio Paz o en la de los otros literatos que comparten el devenir de Noyola. Uno de los grandes aciertos de Vaquero del mediodía es darle voz a los sin voz. Lo que descubre es otro México, numeroso, el de la población flotante que revela la profunda crisis en que estamos inmersos. Ésa que casi nadie se atreve a tocar. De la cual Noyola se convirtió en embajador. Y todo en nombre de una rabiosa individualidad.

Una de las cosas que remite al desamparo de Noyola es el final de El día de la bestia, de Alex de la Iglesia. El cura y el hechicero viven en la calle después de evitar la destrucción del mundo. Quién dice que Noyola no impidió el apocalipsis. Que no se perdió para salvarnos a todos. Que no le debemos la vida. Porque algo es claro: él vio algo que todos nosotros no alcanzamos a atisbar. Y eso fue su perdición. Eso fraguó su caída. Y eso es lo que fascina a Osorno. Y ésa la gran pregunta: qué atestiguó Noyola. Qué fue lo que lo hizo renunciar a todo.

Esa interrogación constituye el alma del documental. Hay que decirlo. Noyola era un mal poeta. Pero eso pierde por completo relevancia. Se convierte en objeto de estudio. Y ahí radica la maravilla que es Vaquero del mediodía. Osorno parte de un punto ciego y logra crear un enorme testamento visual sobre la magia intrínseca a toda pérdida.

Osorno logra un retrato de Noyola que trasciende la mera investigación

La historia de Noyola es mucho más que su circunstancia. Es el pretexto que utiliza Osorno para llevar a cabo una resignificación del norte. Ese territorio mítico que si bien ha sido narrado y contado de manera amplia no termina por definirse del todo. Pero que no deja de ejercer seducción en todo aquello que toca o con lo que se cruza. Que escapa a su propio espacio geográfico. Monterrey vista como una capital mitológica. Y es ahí donde radica la fuerza del documental de Osorno. En contraponer las distintas mitologías que se agrupan alrededor del poeta.

Detrás de todo, se esconde también la subyugación que siente el poeta por el poder. Noyola se ampara bajo el cobijo de Paz. No de cualquier literato, del premio Nobel. Lo que delata que en la perfección de su vida desastrada también existe la imperfección. Él, como muchos escritores y poetas mexicanos, cultivó la antesala y el lobby bajo el error de que eso constituía la consagración. Una práctica que hasta el presente continúa, pero cada vez con menos éxito. En el panorama literario mexicano actual el padrinazgo ya no es suficiente. Pero lo fue para Noyola.

Para construir su leyenda.

La ciudad es uno de los protagonistas principales de Vaquero del mediodía. Ese campo minado en el que se malvive, se maldice y se fraguan las desgracias. Pero donde también se exalta la existencia. De mil maneras. Con Noyola filmado caminando por el reflejo de la luz. Del poeta Pancho Serrano grafiteando unos versos de su amigo en una pared. Del espectro de Los detectives salvajes que flota detrás de la estética de Osorno.

Vaquero del mediodía es un homenaje a la noche y a sus personajes. Al acto de desaparecer. A las obsesiones de su creador. A esa pregunta que atosiga a Osorno. Y a todos los que ven el documental. Qué arañó Noyola. Por qué él y no cualquiera de nosotros.