La vocación del México antiguo

La amistad y correspondencia que cultivaron dos de nuestros más connotados especialistas en la literatura
indígena, así como su estudio de los siglos posteriores, se hacen visibles en este número
de El Cultural. En su revisión, el académico Rodrigo Martínez Baracs evoca desde un timbre autobiográfico
las afinidades y curiosidades que estas figuras compartieron por las letras prehispánicas
y la conquista —entre otros temas que reflejan sus cartas cruzadas—, así como
la necesidad de actualizarlas. El balance es un legado de prodigios que permanece a nuestro alcance.

José Luis Martínez con Miguel León-Portilla en la residencia de la Embajada de México en Perú, 1961.
José Luis Martínez con Miguel León-Portilla en la residencia de la Embajada de México en Perú, 1961.Fuente: Archivo familiar
Por:
  • Rodrigo Martínez Baracs

Apetición de mi amigo Adolfo Castañón, me permito hacer un breve recuento de algunos momentos de la amistad de José Luis Martínez (1918-2007), mi padre, con Miguel León-Portilla (1926-2019), ambos maestros míos. Fue muy temprano el interés de mi padre por la literatura indígena. Desde niño, en Zapotlán el Grande, en el Colegio Renacimiento de los maestros Aceves, se confabuló con Juan José Arreola (1918-2001) y su hermano Rafael para montar una obra teatral sobre la conquista de México. En ella, representó el papel de sumo sacerdote mexica, que dio lugar al culto a la Babucha —oficiado por Juan José, Rafael y mi padre—, que debió ser prohibido porque cada vez más niños de la escuela se volvían devotos.1 Más tarde, a los 24 años, editó su primer libro, la antología escolar Literatura indígena moderna.

A. Mediz Bolio, E. Abreu Gómez y A. Henestrosa, con una introducción en la que mostró su interés por las letras mexicanas prehispánicas: Sahagún, Motolinía, Durán, Ixtlilxóchitl, el Popol Vuh y los Chilam Balam.2

En 1949 incluyó el rubro “Indigenismo” en el “Panorama de la literatura contemporánea”, de su libro Literatura mexicana, Siglo XX, 1910-1949, y se refirió en términos elogiosos a las traducciones del padre Ángel María Garibay K. (1892-1967):

Además de traductor de Esquilo, es nuestro más competente conocedor de la producción literaria de los antiguos mexicanos. Sus traducciones y estudios sobre la poesía y la épica aztecas son los más autorizados textos con que contamos en este campo.3

No sé cuándo conoció a Miguel León-Portilla, pero me consta que el libro Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, de Miguel y el padre Garibay, de 1959,4 le despertó el interés por la versión en náhuatl, en español y con imágenes de la Conquista de México elaborada por fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas, interés que nos transmitió a sus hijos. Y en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana, pronunciado el 22 de abril de 1960, al tratar de la primera época, “Literatura indígena”, se refirió de manera particular a las traducciones y estudios del padre Garibay y de León-Portilla, “que nos han dado un conocimiento sabio de nuestra principal literatura aborigen”.5

La vocación del México antiguo
La vocación del México antiguo

PERO EL LIBRO de León-Portilla que más despertó su entusiasmo fue Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, de 1961, que le ayudó a entender la lógica de la documentación existente sobre el México antiguo.6 Precisamente ese año tuvo la ocasión de convivir con León-Portilla. Era embajador de México en Lima, Perú (1961-1962) y Miguel hizo una visita oficial a ese país, del 26 de octubre al 6 de noviembre de 1961, como director del Instituto Indigenista Interamericano. De este viaje le informó en una carta del 4 de septiembre y le comentó: “Créame... que es un gran placer saber que en Lima tengo un amigo tan estimable como usted”. También hablándole de usted, mi padre le contestó desde Lima el 14 de septiembre para expresarle el gusto de que fuera y le comentó:

En conversaciones justamente con los doctores Valcárcel y Mueller nos hemos referido a menudo a usted y a su libro Los antiguos mexicanos que les he mostrado con orgullo y que cuenta ya para mí como un libro esencial que todo mexicano debiera conocer.7

También le contó a León-Portilla que había mandado recientemente su voto de apoyo a su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y agregó: “estoy seguro de que muy pronto lo contaremos a usted, con tantos méritos, como auténtico ‘inmortal’”. León-Portilla ingresó a la Academia el 27 de julio de 1962 con el discurso Los maestros prehispánicos de la palabra, al que respondió el padre Garibay, académico desde 1954. Después de que lo fue brevemente mi padre, León-Portilla fue durante varios años el más joven de los académicos —luego se convirtió en el decano. La Academia fue un espacio de convivencia para ambos.

Poco sé del viaje mismo de León-Portilla a Bolivia y después al Perú, donde estuvo en contacto con Luis E. Valcárcel (1891-1987), el antropólogo, historiador y político indigenista, con Carlos Monge (1884-1970), experto en biología andina, y con Ricardo Palma (1833-1919, hijo del escritor tradicionalista), entre otros. Con varios de ellos visitó a mis padres en la residencia de la Embajada de México, en el barrio de San Isidro, a fines de octubre o comienzos de noviembre de 1961 —hay foto del evento—, y no sé si ese día u otro, tuvieron la ocasión de platicar de temas indígenas mexicanos y peruanos. En todo caso, León-Portilla ya le hablaba de tú en la carta que le escribió de regreso a México el 31 de diciembre de 1961, para agradecerle sus “amables atenciones” en Lima y avisarle del envío de veinte ejemplares de la nueva edición de Visión de los vencidos, más otras publicaciones del Instituto Indigenista Interamericano “que podrán ser de interés en Perú”.

ENTRE 1964 Y 1970 mi padre fue director del Instituto Nacional de Bellas Artes e impulsó la Revista de Bellas Artes, que puso bajo la dirección del crítico Huberto Batis (1934-2018) y que publicó, en el número 5 de septiembre-octubre de 1965, el texto de León-Portilla, “Un poeta náhuatl del siglo XIV. Tlaltecatzin de Cuauhchinanco”, con la transcripción y traducción de “Tlaltecatzin icuic / El poema de Tlaltecatzin”.

Mi padre fue también embajador de México en Grecia entre 1971 y 1973, y se dispuso a escribir un libro en ocasión del quinto centenario, en 1972, de la muerte del rey y poeta de Tezcoco, titulado Nezahualcóyotl. Vida y obra, con un estudio histórico y crítico y una compilación de las traducciones que se han hecho de sus poemas o cantares, desde el tezcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648), hasta Miguel León-Portilla. De este libro surgió otro, más pequeño, de divulgación, con una versión abreviada del estudio, pero además una antología de textos de y sobre el rey poeta, titulado Nezahualcóyotl. Textos coleccionados, publicado también en 1972 en la colección SepSetentas de la SEP, que dirigió María del Carmen Millán (1914-1982). Mi padre se había llevado a Atenas bastantes libros sobre México, pero no todos los que necesitaba, por lo que le escribió para pedirle ayuda a León-Portilla, quien generosamente le mandó libros, códices, fotocopias, consejos, datos y correcciones, junto a sus cartas del 7 de diciembre de 1971 y las de 1972 y 1973.

León-Portilla ya le hablaba de tú en la carta que le escribió de regreso a México el 31 de diciembre de 1961, para agradecerle sus amables atenciones en Lima y avisarle del envío ejemplares de la nueva edición de Visión de los vencidos 

CUANDO LA REVISTA Biblioteca de México publicó en 2018 una edición facsimilar de las cartas que se enviaron, le solicité a Miguel un comentario sobre ellas, que amablemente redactó, pese a sus problemas de la vista, con la ayuda de sus jóvenes ayudantes, que le leyeron las cartas, le hicieron investigación de archivo y le tomaron el dictado del comentario. León-Portilla resumió bien el contenido de esta correspondencia, que muestra su apoyo múltiple a mi padre para la elaboración de sus dos libros sobre Nezahualcóyotl (1402-1472):

Los temas en ellas son recurrentes: menciones por mi parte de documentos y libros que pueden interesarle para lo que está elaborando, preguntas de José Luis muy pormenorizadas acerca de obras que específicamente, me dice, requiere para su trabajo. Diría yo que sobre todo algunas de estas cartas parecen recordar intercambios de otros mesoamericanistas que solicitaban información bibliográfica y documental. En la carta del 7 de abril de 1972 respondo a dos consideraciones críticas de José Luis relacionadas con dos poemas nahuas que había yo atribuido a Nezahualcóyotl. El lector interesado puede ver lo que ahí le manifesté.

Interesante resulta que en la carta mía del 26 de julio de 1972 volvemos al tema de la vida de Nezahualcóyotl ya que José Luis me ha pedido que supervise un poco su edición en el Fondo de Cultura. Le señalo algunas enmiendas que he introducido como la referente al topónimo capital del señorío tepaneca que no es Atzcapotzalco, sino Azcapotzalco.8

Entre otros materiales, mi padre le pidió una copia del pasaje de la Monarquía indiana (1615), de fray Juan de Torquemada (1557-1624), sobre la circunstancia en la que Nezahualcóyotl compuso y mandó cantar y tocar su cantar sobre la brevedad de la vida en la fastuosa inauguración de su palacio, delante de todos los grandes señores que invitó. Falta la respuesta de León-Portilla, y no sé si le mandó una “copia Xerox” o una transcripción, pero el hecho es que probablemente se la envió con una corrección importante, pues allí donde aparece en las ediciones, hechas por el propio León-Portilla, de la Monarquía indiana, el nombre en náhuatl del cantar de Nezahualcóyotl es Xochitl mamani in huehuetitlan,9 pero León-Portilla, en la transcripción que mandó a mi padre, corrigió y puso Xochitl mamani in ahuehuetitlan, lo cual corresponde bien a la traducción del título que vimos que da el mismo Torquemada: “entre las coposas y sabinas hay frescas y olorosas flores”, pues el ahuehuetl, nuestro ahuehuete, es una variedad de sabino, y no tiene mucho sentido traducir huehuetitlan como “cerca de los viejos o de los tambores”. Esta transcripción por primera vez correcta de este pasaje que le mandó León-Portilla es la que incluyó en el libro Nezahualcóyotl, textos coleccionados.10 Por lo demás, concluye el Preliminar de su Nezahualcóyotl. Vida y obra, dedicándole el libro, entre otros, a León-Portilla:

La vocación del México antiguo
La vocación del México antiguo

Esta obra ha sido posible gracias a la diligencia con que los historiadores antiguos y los indígenas celosos de sus tradiciones recogieron informaciones acerca de Nezahualcóyotl y trascribieron sus cantos, y gracias a los estudios y traducciones recientes de Ángel María Garibay K. y de Miguel León-Portilla. A su memoria y a sus luces expreso mi reconocimiento.11

En la bibliografía aparecen los grandes libros que ya había publicado León-Portilla: La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, en sus ediciones de 1956, 1959 y 1966, Visión de los vencidos, de 1959, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, de 1961, Trece poetas del mundo antiguo, de 1967, y su edición facsimilar en tres volúmenes de la Monarquía indiana de Torquemada, de 1969. (Aún no salía la edición en siete volúmenes de la UNAM). Y con generosidad, León-Portilla siempre se refirió en términos elogiosos al Nezahualcóyotl, vida y obra, con todo y que él mismo publicó varios estudios y traducciones del rey poeta de Tezcoco.

AL FINAL DE SU CARTA del 26 de julio de 1972, León-Portilla comentó que tanto él como Agustín Yáñez (1904-1980) habían pensado en presentar la candidatura de mi padre a El Colegio Nacional, pues el año siguiente se elegirían diez miembros más. El 31 de agosto mi padre le contestó que el doctor Ignacio Chávez (1897-1979), miembro fundador, a través del “licenciado Yáñez”, le informó que consideraba un requisito para ingresar a El Colegio Nacional “que defina mi propósito de radicarme en la ciudad de México en caso de resultar electo”, requisito que no podía cumplir porque la embajada en Grecia era un nombramiento presidencial. A lo anterior, León-Portilla le contestó que su ausencia no debía ser impedimento pues igualmente estaban en el extranjero el historiador Silvio Zavala (1909-2014) y el internacionalista Alfonso García Robles (1911-1991). En cartas posteriores, hasta el 11 de marzo de 1974, la cuestión del posible ingreso a El Colegio Nacional siguió presente, pero no se logró. A petición mía, León-Portilla trató de averiguar qué pasó y escribió en su comentario a la correspondencia:

Dado que desgraciadamente no salió electo puedo añadir ahora que consultando en el archivo del mismo Colegio Nacional he encontrado que participó en otras cuatro elecciones más, aunque, por inverosímil que suene, tampoco fue electo en una de ellas. Así es la vida. Más que una compensación importa subrayar que José Luis tuvo muchas satisfacciones a lo largo de su vida.12

A lo largo de las cartas atenienses de 1972, y entregados ya a la imprenta los dos Nezahualcóyotl, mi padre siguió pidiéndole a León-Portilla libros sobre el México antiguo y códices, todos los cuales pagaba debidamente. Puede decirse que en su biblioteca la parte de obras sobre el México prehispánico y de códices le debe mucho a la orientación y el apoyo de su amigo Miguel.13

La vocación del México antiguo
La vocación del México antiguo

En retribución, le ofreció a León-Portilla dos libros que había podido comprar en las magníficas librerías atenienses de la época, “un par de excelentes diccionarios sobre la antigua civilización helénica o bien algunos estudios sobre el desciframiento del ‘Linear B’”. Se refiere al libro de John Chadwick, The Decipherment of Linear B (Cambridge University Press, 1967). El tema de los sistemas de escritura de las lenguas le interesó mucho a mi padre, bajo el embrujo de la gramatología derridana, sin lograr completar sus notas al respecto. Le hubiese gustado conocer los trabajos epigráficos de mi amigo Erik Velásquez García, en el marco de la moderna gramatología como ciencia de las escrituras.

Pronto el Nezahualcóyotl más pequeño, el de la colección SepSetentas, nos llegó a la familia en Grecia. Mi padre me regaló y dedicó uno, que fue de los primeros libros suyos y de historia de México que leí. La edición, de color naranja, resistió bien la convivencia en mi morral con toallas y trajes de baño mojados. También leí por entonces, en la misma colección, México, tierra india, de Jacques Soustelle (1912-1990), traducido por Rodolfo Usigli (1905-1979). Pero debo reconocer que mis invitados y los de mi hermana durante las vacaciones del caluroso verano ateniense de 1973 entorpecieron los trabajos literarios de mi padre, como él mismo se lo contó a León-Portilla en carta del 20 de agosto:

El verano, que suele ser tiempo de vacaciones y de viajes, se convierte para mi mujer y para mí en días muy ocupados, a causa precisamente de los viajeros. Además, nuestros hijos instalan por estos días una especie de hotel en la casa, van y vienen acompañados cada vez de uno, dos o tres amigos...

Mi padre le pidió una copia del pasaje de la Monarquía indiana, de fray Juan de Torquemada, sobre la circunstancia
en la que Nezahualcóyotl compuso y mandó tocar su cantar sobre la brevedad de la vida en la inauguración de su palacio

TRAS LOS DOS LIBROS sobre Nezahualcóyotl mi padre escribió en Atenas un estudio extenso sobre La leyenda de los soles, que no logró publicar, como parte de una proyectada Historiografía mexicana del siglo XVI, que siguió trabajando en los años siguientes. De regreso a México, publicó en 1976 una amplia antología, Panorama cultural. El mundo antiguo, cuyo sexto y último volumen dedicó a la América antigua. Nahuas, mayas, quechuas, otras culturas, que incluye varias traducciones de León-Portilla y un texto suyo dedicado a “Teotihuacan y Tula”, tomado de la antología de León-Portilla De Teotihuacan a los aztecas. Antología de fuentes e interpretaciones históricas, de 1971. Como parte de su Historiografía mexicana del siglo XVI, mi padre escribió un extenso estudio sobre fray Gerónimo de Mendieta (1525-1604), autor de la Historia eclesiástica indiana y de varias cartas publicadas por Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), que León-Portilla publicó a su vez en el volumen 14 de la revista Estudios de Cultura Náhuatl.

En 1974 León-Portilla fue nombrado Cronista de la Ciudad de México, cargo al que renunció muy pronto, en 1975, porque le quitaba tiempo para sus trabajos. Lo sucedió mi padre, de 1975 a 1985, cuando él mismo renunció y fue sustituido por el joven y brillante historiador del arte Guillermo Tovar y de Teresa (1956-2013), que disolvió el imposible e impracticable cargo de Cronista único para formar el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, grupo de notables, en el que sus dos antecesores y otros amigos convivieron con gusto y provecho.

Cuando mi padre fue director de la editorial Fondo de Cultura Económica (entre 1977 y 1982), quiso que se publicara una edición y traducción del texto náhuatl de la Historia general de las cosas de la Nueva España (el Códice florentino), de fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), y sus colaboradores nahuas, pero la empresa no se podía desarrollar tan pronto. De hecho, el seminario que formó León-Portilla no logró concluir una versión completa, y hasta la fecha la única que existe es la meritoria transcripción y traducción de Arthur J. O. Anderson (1907-1996) y Charles E. Dibble (1909-2002), por las cuales mi padre obtuvo que el Gobierno de México los reconociera en 1981 con la distinción del Águila Azteca. De cualquier manera, persistió en los afanes sahaguntinos y utilizó el capítulo sobre Sahagún de su Historiografía mexicana del siglo XVI como introducción para una amplia antología de la Historia general titulada El México antiguo, que publicó en 1981 la venezolana colección Ayacucho, hoy extinta. Cuando en 1979 apareció la edición facsimilar del Códice florentino por el Archivo General de la Nación, lo estudió y escribió un librito titulado El Códice florentino y la Historia general de Sahagún, publicado en 1982 por el mismo AGN.

De manera semejante, decidió utilizar el extenso capítulo sobre Hernán Cortés de su Historiografía mexicana del siglo XVI, de cien páginas, como introducción a una edición de las Cartas de relación de Cortés, que debía hacer y no hizo Roberto Moreno de los Arcos (1943-1996), y de una amplia selección de Documentos cortesianos. Al revisar su estudio sobre Cortés e incorporar los materiales documentales y bibliográficos que fue acopiando, su estudio cobró la dimensión de un gran libro: su Hernán Cortés, de mil páginas, complementado por cuatro tomos de Documentos cortesianos, publicados entre 1990 y 1992 por el Fondo de Cultura Económica y la UNAM. Para estos estudios, leyó con admiración los libros cortesianos de León-Portilla, particularmente su Hernán Cortés y la Mar del Sur, de 1985, sus estudios sobre “Quetzalcóatl y Cortés”, de 1974, y “Hernán Cortés. Primera biografía. La obra de Lucio Marineo Sículo, 1530”, de 1985, además de Visión de los vencidos, de 1959, y El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, publicado en 1964 por Joaquín Mortiz.

Fragmento de una carta a León-Portilla de José Luis Martínez.
Fragmento de una carta a León-Portilla de José Luis Martínez.Fuente: Archivo familiar

MI PADRE FALLECIÓ el 20 de marzo de 2007 y pronto, por iniciativa de su amigo, el historiador y escritor Enrique Krauze, El Colegio Nacional le hizo un homenaje, el 5 de junio de 2007, en el que también habló León-Portilla, presidente en turno del Colegio. A su vez, el 18 de enero de 2018, la Biblioteca de México, donde se conserva la Biblioteca de José Luis Martínez, le hizo un homenaje en el que participaron Adolfo Castañón, Javier Garciadiego, Enrique Krauze, Eduardo Lizalde, yo mismo y León-Porti-lla, quien escribió un amplio estudio, que leyó la actriz Angélica Aragón, sobre “José Luis Martínez. Su magna aportación literaria e historiográfica”, en el que lo llamó ‘benemérito de la cultura mexicana’”.14

Luego de su muerte, la amistad de Miguel y de su esposa Ascensión Hernández Triviño, historiadora y filóloga, fue una manera de mantenerlo vivo para mí. 

En 1974 León-Portilla fue nombrado Cronista de la Ciudad de México, cargo al que renunció en 1975. Lo sucedió
mi padre, de 1975 a 1985, cuando él mismo renunció y fue sustituido por el brillante Guillermo Tovar y de Teresa

Notas

1 Rodrigo Martínez Baracs, “La obra de José Luis Martínez”, en 100 años de José Luis Martínez, número doble especial de la revista Biblioteca de México, 163-164, 2018, p. 35.

2 José Luis Martínez y Peter A. Ortiz (eds.), Literatura indígena moderna. A. Mediz Bolio, E. Abreu Gómez, A. Henestrosa, Ediciones Mensaje, México, 1942, 209 pp. Incluye varios glosarios español-inglés y las líneas de los textos están contadas para facilitar su estudio.

3 José Luis Martínez, Literatura mexicana, Siglo XX, 1910-1949. Primera parte, Antigua Librería Robredo, México, 1949, pp. 54-55.

4 Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, introducción, selección y notas de Miguel León-Portilla, versión de los textos nahuas de Ángel María Garibay K., ilustraciones de los códices de Alberto Beltrán, UNAM, Biblioteca del Estudiante Universitario, México, 1959.

5 José Luis Martínez, De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana, Academia Mexicana, México, 1960, p. 14. También en Memorias de la Academia Mexicana, tomo XVII, Academia Mexicana, México, 1960, p. 230; y en El trato con escritores y otros estudios, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1993; reedición, Secretaría de Cultura, Gobierno de Jalis-co, Guadalajara, 2012, p. 57.

6 Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, ilustraciones de Alberto Beltrán, FCE, México, 1961.

7 José Luis Martínez a Miguel León-Portilla, Lima, 14 de septiembre, 1961, en “Correspondencia entre José Luis Martínez y Miguel León-Portilla”, introducción de Miguel León-Portilla, en 100 años de José Luis Martínez, Biblioteca de México, 163-164, 2018, p. 111.

8 Miguel León-Portilla, “Correspondencia entre José Luis Martínez y Miguel León-Portilla”, ibid., pp. 108-109.

9 Fray Juan de Torquemada, Los veinte y un libros rituales y monarquía indiana (Monarquía indiana), Mathías Clavijo, Sevilla, 1615, lib. II, cap. XLV. Segunda edición: Nicolás Rodríguez Franco, Madrid, 1723 (en realidad, 1725). Reedición facsimilar de la segunda edición, con introducción de Miguel León-Portilla, Biblioteca Porrúa, México, 1969, 3 vols. Edición coordinada por Miguel León-Portilla, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México, 1975-1983, 7 vols.

10 José Luis Martínez, Nezahualcóyotl, textos coleccionados con un estudio preliminar de José Luis Martínez, SepSetentas, 42, SEP, México, 1972, p. 160.

11 José Luis Martínez, Nezahualcóyotl, vida y obra, Biblioteca Americana, FCE, México, 1972, p. 8.

12 León-Portilla, “Correspondencia entre José Luis Martínez y Miguel León-Portilla”, op. cit., p. 109.

13 Rodrigo Martínez Baracs, La biblioteca de mi padre, Memorias Mexicanas, Conaculta, México, 2010.

14 Miguel León-Portilla, “José Luis Martínez, su magna aportación literaria e historiográfica”, en 100 años de José Luis Martínez, Biblioteca de México, op. cit., pp. 2-8.