El canibalismo salvó a barqueros del Essex en Moby DicK

Ilustración Francisco Lagos La Razón

El 20 de noviembre de 1820, la tripulación del Essex, un barco ballenero con capacidad para veinte hombres, avistó por la amura de babor un cachalote de veintiséis metros de longitud. Aquel leviatán, de ochenta toneladas de peso, el más grande que habían visto hasta ese momento, aguardaba a unas cincuenta brazas y los marineros podían distinguir con facilidad las cicatrices y marcas que recorrían su descomunal cabeza. Ninguno de ellos imaginaba el infierno que vivirían unos minutos después y cómo la leyenda de su supervivencia inspiraría al escritor Herman Melville una de las mayores aventuras de la literatura: Moby Dick.

El estreno este fin de semana de En el corazón del mar, un filme de Ron Howard protagonizado por Chris Hemsworth y basado en el ensayo de Nathaniel Philbrick, recrea una de las mayores epopeyas marinas de todos los tiempos, muy por encima de la proeza de Shackleton y la de William Bligh, el tiránico capitán de la Bounty que Christian Fletcher, su segundo oficial, abandonó en medio del mar.

Dos años antes (1818), el capitán George Pollard, de 27 años, asumía el mando de una embarcación vieja pero resistente en el puerto Nantucket. No contaba con una experiencia de largas estancias en el océano.

Aquel día había amanecido con el cielo despejado, una brisa tranquila y un sol que iluminaba la superficie del agua. Los hombres arriaron los botes y se lanzaron a la caza de los mamíferos. Poco después de haber matado a dos de ellos, repararon en uno de los ejemplares que aguardaba en la superficie, vigilándolos y resoplando de vez en cuando. Se sumergió y apareció a menos de quince brazas del casco con su cola de seis metros de ancho.

Su extraño comportamiento alertó al responsable de cubierta, Owen Chase, que contempló con estupor cómo de repente el animal cogía más velocidad. Los esfuerzos por evitar el choque no resultaron y tampoco cuando aquel macho volvió a cargar contra el maderamen, rompiendo de nuevo el armazón. Después agitó con fuerza su cola, subiéndola y bajando, hasta que el agua pasó por encima del espejo de popa, como describe en su obra Nathaniel Philbrick.

El hundimiento sucedió a 0º 40’ de latitud sur y 119º 0’ de longitud oeste. Los botes con la tripulación se reunieron alrededor de lo que quedaba del Essex. Recogieron todo lo que iban a necesitar para sobrevivir en esas circunstancias.

El capitán Zimri Coffin decidió rescatar esa embarcación a la deriva. Según cuenta Philbrick, “primero vieron huesos humanos. Luego vieron a los dos hombres. Se hallaban acurrucados en extremos opuestos del bote, la piel cubierta de llagas, los ojos desorbitados, las barbas cubiertas de sal y sangre. Estaban chupando el tuétano de los huesos de sus compañeros muertos.

Desde que el Essex acabó sumergiéndose en medio del oleaje habían transcurrido 95 días. La tripulación comenzó a devorar a los muertos.

Al final, los sobrevivientes fueron ocho. En la barca que halló el Dauphin sólo había dos: Pollard, el capitán, y Ramsdell. Lograron salvar el pescuezo comiéndose a

sus camaradas.

Pollard, el hombre más impresionante

Herman Melville, quien también sirvió de ballenero y se enroló en embarcaciones que arribaban en Nantucket, conoció los relatos de Owen Chase y Thomas Nickerson. Él mismo coincidió con ellos, pero a quien más admiraba, y dejó testimonio de ello, fue a George Pollard: “Para los isleños era un don nadie, para mí, el hombre más impresionante, aunque sencillísimo, incluso humilde, con el que jamás me haya encontrado”.

Esta tragedia le sirvió para escribir Moby Dick, una obra propia, que trasciende el relato literal, pero en la que omitía el tabú del canibalismo. Una novela que fracasó en el momento de su publicación, pero que se publicó el mismo año que dos botes del ballenero Ann Alexander fueron destruidos por un cachalote. En 1851, todos coincidían. La caza indiscriminada de cachalotes había cambiado el comportamiento de estos animales y ya no dudaban en atacar a los barcos.

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