Ícono mundial

Tiburón: 50 años de la película que nos hizo pensar antes de meternos al mar

El filme induce al espectador en una sensación de peligro inevitable; precursor del “cine de verano” como estrategia de distribución masiva

IMAGEN promocional
de la cinta de Steven
Spielberg.
IMAGEN promocional de la cinta de Steven Spielberg. Foto: Especial

El 20 de junio de 1975 se estrenó en Estados Unidos, pero fue el 15 de abril de 1976 —casi un año después— cuando llegó a las pantallas mexicanas la película que me hizo enamorarme del séptimo arte y que se convertiría en una de mis cinco favoritas de toda la vida.

Hablo, por supuesto, de Tiburón (Jaws), dirigida por un entonces joven y relativamente desconocido fuera de su país, Steven Spielberg. Este filme marcó un parteaguas en la industria cinematográfica al establecer el concepto del “cine de verano” como estrategia de distribución masiva.

ESCENA de la película estadounidense Tiburón
ESCENA de la película estadounidense Tiburón ı Foto: Especial
  • El Dato: EL RODAJE de la película supuso varios problemas, debido a las dificultades de filmar en el mar, así como los contratiempos en el funcionamiento del tiburón mecánico.

VAS A NECESITAR UN BARCO MÁS GRANDE. A partir de la osada y exitosa estrategia de mercadotecnia de Spielberg en combinación con Universal Pictures, las demás distribuidoras descubrieron el tesoro escondido en la taquilla y comenzaron a impulsar una segunda gran ventana de estreno anual. Hasta entonces, la temporada dominante había sido la de Navidad y fin de año; sin embargo, el verano se transformó en un terreno fértil para romper récords de recaudación.

Con el tiempo, esta práctica se consolidó hasta reconfigurar los calendarios como los conocemos hoy: verano para los grandes espectáculos e invierno para los estrenos familiares y tradicionales, ambos con aspiraciones multimillonarias.

Tiburón se lanzó en plena temporada vacacional en Estados Unidos para maximizar su impacto: no sólo entre los turistas —quienes, como bien se sabe, lo pensaron dos veces antes de entrar al mar—, sino también en la taquilla, al aprovechar los días sin escuela para llenar las salas de jóvenes y familias que querían pasarse un buen rato… Hasta que salía el tiburón.

EL FILME fue grabado en Massachusetts
EL FILME fue grabado en Massachusetts ı Foto: Especial

Pero su influencia fue más allá. La narrativa de Spielberg consolidó un modelo donde el individuo se enfrenta a un sistema gubernamental que minimiza amenazas —ya sean animales o desastres— por intereses económicos o de orden público. Aunque este esquema existía en el cine noir y en las películas de catástrofes, rara vez permeaba el núcleo familiar. Tiburón rompió esa barrera y atrajo a públicos de todas las edades gracias a una clasificación accesible para la época.

  • 124 minutos tiene de duración la película estadounidense

GRITA “¡TIBURÓN!” Y CAUSARÁS PÁNICO EN LA PLAYA. Spielberg asimiló con precisión las lecciones de sus predecesores. Desde Duel (1971), demostró su dominio del suspenso. En Tiburón, llevó esa tensión al límite con una decisión arriesgada: ocultar la amenaza durante buena parte de la película; de hecho, el tiburón blanco se deja ver hasta la hora con 21 minutos que ataca al chico Alex Kinter, pero no es sino hasta que el Jefe Brody se encuentra lanzando carnada que lo vemos con las fauces abiertas y visualizamos el tamaño de la bestia marina. Es decir, que mientras en la novela de Peter Benchley se describe al escualo desde el inicio, Spielberg optó por solamente sugerirlo. Así, el espectador construye en su mente una criatura aún más aterradora, apelando a miedos primitivos: la vulnerabilidad ante lo desconocido. ¿Hay algo más “hitchcockiano”?

  • El Tip: El presupuesto inicial de la cinta era de 3.5 millones, pero terminó costando más de 9 debido a los retrasos y problemas técnicos.

A esta decisión se suman el montaje de Verna Fields y la fotografía de Bill Butler, que dotan de ritmo a un guion sólido escrito por Carl Gottlieb y el propio Benchley. Y, por supuesto, la música de John Williams. Basta evocar las primeras notas del célebre “tudum… tudum…” para reconocer, en cualquier rincón del mundo, la presencia de Tiburón. Su leitmotiv, simple y ominoso, crece en intensidad al mismo ritmo que la amenaza, generando una sensación de peligro inevitable. Esta colaboración marcaría el inicio de una de las duplas más importantes en la historia del cine, pero ése es motivo de otro artículo.

CREO QUE HA VUELTO PARA SU COMIDA DEL MEDIODÍA. En el entonces Distrito Federal, Tiburón se estrenó en 21 salas, entre ellas el Pedro Armendáriz (hoy Cineteca de las Artes), Tlalpan, Imán Pirámide (hoy sala Ollin Yoliztli) —donde la vi por primera vez—, Pedregal 70, Tlatelolco y Villa Coapa. Permaneció 18 semanas en cartelera antes de expandirse al resto del país, manteniéndose cerca de un año en exhibición.

El fenómeno que venía del ámbito editorial catapultó al comercial, luego del estreno en pantalla. En diciembre de 1975, el Círculo de Lectores publicó la novela de Benchley; y meses después aparecieron ediciones resumidas de la historia cinematográfica en revistas populares como Contenido, Teleguía, Vanidades, Selecciones de Reader’s Digest, etcétera.

Pero la verdadera fiebre explotó en los productos derivados de la película: Camisetas de la Tiburón-manía (modeladas en los anuncios por una bella Leticia Perdigón), chocolates La Suiza, juegos de mesa que incluían dulces Tutsi-Pop, posters y el codiciado “cuerito” con diente de tiburón —que más tarde descubriría, con desilusión, que era de resina—. Aquellos recuerdos sumados al póster “oficial” que adornó mi recámara muchos años, el LP de Williams y mis libros sobre tiburones (que aún conservo todo por supuesto), alimentaron una imaginación infantil donde yo era una mezcla de Hooper y Quint a bordo de mi propio barco Orca viviendo en las playas de Amityville.

UNA MÁQUINA DE COMER PERFECTA, UN MILAGRO DE LA EVOLUCIÓN. Hoy, a 50 años de aquel primer encuentro en el otrora cine Imán Pirámide, Tiburón representa mucho más que nostalgia.

Es una obra que admite múltiples lecturas: desde los primeros rasgos autorales de Spielberg hasta su tratamiento del individuo frente al sistema, sin olvidar su resonancia con el viaje del héroe de Joseph Campbell. Lo que fue una pesadilla logística durante su rodaje —según relata Carl Gottlieb en su libro El Diario de Tiburón, Sedmay Ediciones 1975— se convirtió en un ícono del cine mundial y en material de estudio indispensable. Su importancia trasciende lo industrial: Pertenece al territorio de las obras que definen el lenguaje cinematográfico.

En lo personal, sigue siendo mi película de cabecera. La conservo en todos los formatos posibles, la reviví en su reestreno IMAX en 2022 y, cada vez que la encuentro en televisión, me atrapa; desde el primer ataque hasta la confrontación final, pasando por cada nota de Williams, la experiencia permanece intacta.

SIETE METROS Y TRES TONELADAS. Por todo ello, le estaré siempre agradecido a Tiburón: Por ser mi máquina del tiempo y uno de los motivos que me llevaron a dedicarme a este oficio de descifrar el mundo de imágenes en movimiento que cobra vida en la pantalla. Aunque no viva en Amityville en una casa en la playa y mucho menos tener un barco llamado Orca.