Nunca el Pride mexicano tuvo tanta visibilidad ni convocó a tantas celebridades, patrocinadores, escenarios, influencers y reflectores. Tampoco enfrentó tantas críticas desde el interior de la propia comunidad. A unos días de que la Marcha del Orgullo vuelva a tomar Paseo de la Reforma, activistas históricos, representantes de nuevos colectivos y figuras del espectáculo coinciden en algo: el orgullo aún es una celebración, pero no puede olvidar que nació como una protesta.
La discusión no es menor. Mientras la Ciudad de México se prepara para recibir la edición número 48 de la Marcha del Orgullo LGBTTTIQAP+, y en un año en el que el Mundial de Futbol colocará a la capital bajo los ojos del mundo, la pregunta resurge con fuerza: ¿Qué queda de aquella movilización que salió por primera vez a las calles en 1979 para exigir derechos y denunciar abusos?
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Para Juan Jacobo Hernández, uno de los activistas más influyentes en la historia del movimiento de la diversidad sexual mexicano y recientemente reconocido por el Senado de la República por su trayectoria, la respuesta es incómoda.

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“El origen de las marchas del orgullo en México se remonta a 1979 y siempre tuvo un carácter combativo, de demanda y de lucha por derechos. Éramos lesbianas, gays y travestis enfrentando redadas, represión y una representación social que nos veía como enfermos o criminales”, recordó en entrevista con La Razón el activista, quien participó en el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, el primero en su historia.

Aquella primera protesta tenía poco que ver con lo que hoy ocurre en Reforma. Las exigencias eran acabar con la persecución policiaca, combatir la discriminación laboral, enfrentar los abusos de las autoridades y reclamar el derecho a decidir sobre la propia vida.
“A nosotros nos interesaba que fuéramos considerados ciudadanos. Que tuviéramos los mismos derechos. ¡En mi cama mando yo, no el Estado ni la Iglesia ni la psiquiatría!”, afirmó Hernández.
La historia del movimiento tuvo un punto de quiebre en los años 80 con la llegada del VIH/sida. Muchos activistas fallecieron, otros enfermaron y las demandas cambiaron radicalmente.

“Con la llegada del sida hubo una ruptura. Muchos militantes habían muerto o estaban enfermos y nos enfocamos en la lucha por la salud. Después llegaron nuevos actores con otras maneras de manifestarse. Las demandas políticas se fueron abandonando y se concentró más en la fiesta”, lamentó.
Para Juan Jacobo Hernández, el surgimiento del concepto Pride terminó alejando al movimiento de sus orígenes.
“Es la frivolización y la pérdida de la militancia original. Se concentró en la diversión y la mercadotecnia. No tiene nada que ver con la lucha homosexual que se hizo durante décadas”, sostuvo.
La crítica no es aislada. De hecho, el propio Comité IncluyeT, uno de los organizadores de la marcha capitalina, dedicó parte de su posicionamiento de este año a cuestionar los procesos de comercialización que han acompañado al orgullo durante las últimas décadas.
“El orgullo no es una mercancía”, advirtió al recordar que la movilización nació como una manifestación de resistencia frente a la discriminación, la violencia y la exclusión.
Sin embargo, otros sectores consideran que la visibilidad alcanzada también representa una victoria histórica.
La presencia de artistas, celebridades y grandes eventos se ve como una señal de aceptación social impensable hace cuatro décadas.
Ahí aparece una de las enormes paradojas del orgullo mexicano.
Desde hace décadas, la comunidad LGBTTTIQ+ ha encontrado en las figuras del espectáculo referentes de identidad, libertad y acompañamiento emocional. Mucho antes de que las marcas descubrieran el potencial comercial de junio, actrices, cantantes y vedettes ya ocupaban un lugar privilegiado dentro del imaginario colectivo de la diversidad.
Con el paso de los años surgió la tradición de nombrar reinas e invitadas especiales del orgullo. Figuras como Verónica Castro, Lucía Méndez, Yuri, Paulina Rubio o Alejandra Guzmán se convirtieron en símbolos para distintas generaciones de la comunidad.
Precisamente, la presencia de Verónica Castro como una de las grandes homenajeadas de este año representa para muchos la consolidación de una relación histórica entre este sector poblacional y el espectáculo mexicano.
Pero esa cercanía también genera críticas.
“Recurrir a reinas es algo cursi. Hay una degradación de las luchas por la diversidad”, opinó Juan Jacobo Hernández. Consideró que parte del movimiento ha sustituido la agenda social por dinámicas mediáticas y comerciales.
El activista aseguró que existen problemáticas mucho más urgentes que apenas aparecen en la conversación pública durante las marchas.
“El Inegi ha identificado que alrededor de cinco por ciento de la población se asume como LGBT. Estamos hablando de millones de personas. Cerca de 40 por ciento vive en pobreza y una parte importante en pobreza extrema. ¿Quién está hablando de ellos? No hay líderes que pongan esos temas sobre la mesa”, cuestionó.
La crítica encuentra eco en nuevas generaciones de activistas, aunque desde otras perspectivas. Uno de los temas que ha ganado terreno en los últimos años es la inclusión de personas con discapacidad dentro de la propia comunidad de la diversidad sexual.
Guz Guevara, representante del movimiento de personas con discapacidad LGBTTTIQ+, recordó que durante años este sector permaneció invisibilizado incluso dentro de espacios de diversidad.
“En 2022 organizamos el primer contingente de personas con discapacidad LGBT. Existía un descuido importante porque también estamos presentes y tampoco estaba garantizada nuestra participación”, explicó.
Lo que comenzó como una iniciativa local se ha convertido en un referente para otras entidades.
“Este año Chiapas tendrá su primer contingente de personas con discapacidad. Eso habla de que las luchas siguen creciendo y visibilizando a quienes históricamente no habían sido tomados en cuenta”, señaló.
Para Guz Guevara, el desafío actual consiste en ampliar la conversación sin perder de vista las desigualdades que siguen existiendo en la comunidad.
La misma preocupación compartió Alejandra Bogue, una de las figuras trans más importantes de la televisión mexicana y referente para varias generaciones.
“No olvidemos que esta lucha es parte de la impunidad que estamos viviendo. Hay una lista interminable de luchas, todas con el objetivo de eliminar la impunidad”, afirmó.
La actriz también lanzó una crítica hacia la manera en que algunas empresas se relacionan con el movimiento.
“Recordemos que el Pride no es sólo junio. Las marcas se olvidaron del colectivo por el Mundial 2026. No olvidemos la prioridad de estos movimientos”, declaró la artista.
Para Alejandra Bogue, la verdadera conquista no es únicamente abrir espacios, sino mantenerlos.
“No se trata de llegar, sino de permanecer. Hemos abierto y roto esquemas, hemos roto tabúes y demostrado que hay historias que podemos contar”, sostuvo.
Sus palabras resumen una realidad que atraviesa toda la historia del orgullo mexicano, porque a casi medio siglo de aquella primera marcha de 1979, la comunidad enfrenta desafíos muy distintos, pero no menores. Ya no existen las redadas que marcaron los primeros años del movimiento, pero persisten los crímenes de odio, la discriminación laboral, la violencia contra personas trans y las desigualdades económicas.



