Dedicado a toda una valiente y poderosa generación estudiantil de mujeres y hombres que alzaron la voz, el puño y la cámara frente al monstruo del Estado que los asesinó sin piedad.
El 23 de junio de 1976 se estrena en México el documental del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), El grito (1968), de Leobardo López Arretche, en el mítico Salón Rojo, que presentaba el ciclo “Cine Mexicano No Industrial”, luego de una férrea prohibición impuesta desde 1969 por el gobierno de Díaz Ordaz.
- 8 horas de filmación, al menos, se recopilaron y editaron
¡DIÁLOGO PÚBLICO! El orden cronológico de momentos trascendentales en la historia no sólo de la UNAM, sino de la cinematografía mexicana en general, comienza con la fundación de la Filmoteca de la UNAM, el 8 de julio de 1960, bajo la dirección de Manuel González Casanova. Tres años después nace el CUEC —hoy Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC)— como una necesidad de formar generaciones de cineastas capaces de generar una realidad crítica y propositiva mediante el lenguaje de las imágenes en movimiento.
Durante esos primeros años surgieron talentos cuyas propuestas en cortometrajes y trabajos escolares fueron marcando la narrativa personal del Centro hasta que llegó 1968, año en que tuvieron que tomar decisiones que establecieron un antes y un después en la forma de abordar acontecimientos que los superaron como estudiantes y profesorado. El CUEC se une al Consejo Nacional de Huelga (CNH), tomando la decisión de que, avalados por el director y los maestros, los estudiantes registrarían cuanto fuera posible del movimiento con el equipo del que disponían en ese momento.
Es así que, desde las primeras tomas, el documental se mostraba esperanzador, alegre, duro en la denuncia, pero animoso en la intención de un cambio restaurador gestado desde una juventud estudiantil pensante, ejecutora y con ganas de vivir en un país que uniera y no separara.
¡LIBERTAD A LOS PRESOS POLÍTICOS! México tiene una robusta tradición de cine documental. Muchos temas sociales fueron abordados por cineastas que encontraron en la narración real de los hechos un espacio pleno de libertad y un registro sin máscaras de los acontecimientos que permearon al país durante años. Basta recordar que gran parte de la historia del cine mexicano se cuenta a través de la mirada de Salvador Toscano, los hermanos Alva y Jesús H. Abitia en la documentación de la Revolución Mexicana.
Y aun con todo ese bagaje cultural, El grito se eleva como un parteaguas dentro del género.
Durante las valientes manifestaciones del movimiento estudiantil del 68 y la posterior masacre de Tlatelolco, varios estudiantes del CUEC, como Alfredo Joskowicz, Federico Weingartshofer, Alberto Bojórquez, Guillermo Díaz Palafox, Francisco Gaytán, Juan Ramón Aupart y Leobardo López —por mencionar solo algunos—, se dieron a la tarea de documentar, de julio a octubre de ese año, los motivos y circunstancias del repudio estudiantil hacia el gobierno del despreciable Díaz Ordaz. El resultado fueron ocho horas de material que, bajo la coordinación y dirección de Leobardo López, elegido por consenso de sus propios compañeros, se convirtió —pese a las evidentes carencias de rigor académico que se compensan con las agallas y el corazón volcados en él— en un documento primordial para entender lo sucedido y confirmar que el Estado consideraba a los estudiantes, por el simple hecho de ser estudiantes, como criminales.
- 111 minutos dura la película de 1968
¡EDUCACIÓN, NO REPRESIÓN! El grito es una cronología sintetizada en 111 minutos —hecha con más corazón que rigor— que arranca en julio con escenas testimoniales de la despreocupada vida universitaria y de cómo, mediante los textos de la periodista Oriana Fallaci —herida en Tlatelolco— narrados por la actriz Magda Vizcaíno, somos testigos no solo del nacimiento del movimiento y del CNH, sino también de la esperanza estudiantil de lograr cambios en la cúpula del poder mediante las exigencias del pliego petitorio.
Vemos también al pueblo de México unido a sus jóvenes frente a una represión que va escalando en intensidad conforme estos enfrentan a los granaderos; pasamos por el mítico discurso del rector Barros Sierra en septiembre, donde se fusionaba la lucha del Politécnico y la UNAM contra las diversas ocupaciones de planteles por parte del Ejército y las fuerzas policiacas, para llegar a la Manifestación de las Antorchas en la Plaza de las Tres Culturas y, posteriormente, a la Marcha del Silencio, también en septiembre, mes en que el Ejército ocupa Ciudad Universitaria, para terminar con el testimonio audiovisual de la matanza del 2 de octubre.
Varios estudiantes del CUEC fueron apresados, entre ellos Leobardo López, por lo que, una vez recuperada la libertad, se dieron a la tarea de organizar y seleccionar el material casi en la clandestinidad hasta darle la forma que hoy conocemos. Sin embargo, no existió disposición para estrenarla después de una exhibición realizada para las autoridades en diciembre de 1969, por lo que se prohibió su presentación en pantallas públicas.
Las copias fueron desapareciendo, excepto una que Leobardo López envió al Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) y que posteriormente recuperó Guillermo Díaz Palafox. Esa fue la copia que se exhibió de manera ilegal en foros clandestinos, elevándola a la categoría de material mítico y largamente buscado, hasta que llegó el ciclo “Cine Mexicano No Industrial” en 1976. A partir de entonces, el documental incrementó su importancia y significado por la forma en que muestra, de manera directa y auténtica, el sentir de miles de estudiantes que lucharon y dieron la vida por una causa, sin importar los rigores cinematográficos de su realización.
Desafortunadamente, Leobardo López Arretche nunca pudo ver su trabajo y posterior legado exhibido abiertamente al público. Se suicidó en su casa de Coyoacán, víctima de una depresión crónica, en 1971.
2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA. Y gracias a la Filmoteca de la UNAM existe hoy una versión restaurada en línea (https://cineenlinea.filmoteca.unam.mx/) para que sea accesible a la sociedad mexicana en general y nunca olvide las circunstancias y los contextos en que se dio este GRITO de justicia, porque es muy común que el Estado, a la fecha, manipule la historia en función de su propia conveniencia y siga reprimiendo sistemáticamente sin necesidad de balas.
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