En marzo de 2011 aparecieron “narcomantas” en Morelia en las que se anunciaba el surgimiento de un nuevo cártel: Los Caballeros Templarios, que era encabezado por Nazario Moreno, El Chayo o El más loco, y Servando Gómez, La Tuta.
Este grupo, escisión de La Familia Michoacana, tomó el nombre de la orden religiosa y militar de Los Caballeros Pobres de Cristo y el Templo de Salomón, fundada en Jerusalén para proteger a los peregrinos que iban a los lugares santos en la Primera Cruzada (del año 1118 d.C.).
“A toda la sociedad michoacana, les hacemos de su conocimiento que a partir del día de hoy estaremos laborando en el lugar, realizando las actividades altruistas que antes hacían los de La Familia Michoacana”, se leía en los mensajes firmados por La Tuta.
Estas “labores” consistían en el ajusticiamiento de violadores, secuestradores, ladrones y delincuentes a los que no les había alcanzado la justicia.
Pero entorno a la esta agrupación se crearon normas que, por una parte, resumían su ideología y, por otra, creaban un culto personal hacia sus líderes.
Las reglas eran conocidas como Código de Los Caballeros Templarios, en el que resaltaban aspectos y juramentos “divinos” para sus seguidores, a los que reclutaban como si entraran a una secta.
Entre los juramentos destaca la ley del silencio, similar a la legendaria omertá (basada en las reglas de honor, en la familia, en las costumbres y la capacidad de venganza), que prohíbe dar informes de los delitos considerados asuntos de los implicados. Para los castigos, se menciona la pena capital para los traidores.
Para su ingreso al cártel, los aspirantes participaban en un ritual: primero tenían que pasar diferentes exámenes físicos y luego eran sometidos a “una prueba espiritual y de flagelación”.
Finalemte se daba paso a la lectura y firma del código de lealtad hacia la organización, donde se subrayaba que de traicionar o ser infiel a la agrupación, el iniciado tenía que ser sacrificado por su jefe inmediato.
En el código se lee: “Consiento, si falto a mi palabra de honor, ser ejecutado por las armas de los buenos compañeros o ser devorado por las bestias salvajes del bosque”.
El texto es ilustrado con caballeros empuñando lancetas y cruces, además detalla que el grupo entablaría “una batalla ideológica que nos reta para la defensa de valores que sostiene una sociedad basada en la ética y construida a través de siglos”.
Estos documentos eran repartidos a la sociedad michoacana para hacer creer que era un movimiento social, parecido a lo que grupos paramilitares ultraderechistas hicieron en Colombia en los años 90 contra rebeldes izquierdistas, en una batalla en que ambos bandos se valieron del tráfico de drogas para financiar sus respectivas causas.
En sus folletos, aseguraban ser “religiosos”, además su código resaltaba que los miembros de la orden debían luchar contra el materialismo, la injusticia y la tiranía, aunque lo que hicieron fue cometer secuestros, extorsiones y homicidios.
Ritos de iniciación
De acuerdo con algunos sicarios capturados, para entrar a la organización Nazario Moreno los obligaba a:
Comer los órganos de sus víctimas, entre ellas niños Matar y descuartizar gente
