A ver, a ver… ayer la Fiscalía de Veracruz informó, por una parte, que la maestra Irma Hernández murió por la tortura que sufrió de parte de sus captores. Pero en la misma conferencia, la titular de la institución, Verónica Hernández Giadáns, defendió la teoría del infarto; reivindicó la necropsia que fue realizada por un médico cuyo perfil académico evitó precisar e informó que los cuatro agresores que están detenidos no están acusados de homicidio, sino sólo de delitos contra la salud y secuestro agravado. Apenas el pasado 5 de agosto, la gobernadora Rocío Nahle afirmó que la profesora jubilada murió de un infarto “les guste o no les guste”. Y menos de una semana después, la fiscal presenta dos versiones: la muerte provocada por la tortura y la del infarto. Nos piden no perder de vista que en este crimen de alto impacto lo que medió fue una violencia brutal, la cual, nos dicen, es imposible obviar. Violencia, por cierto, que en la entidad sigue siendo un asunto pendiente de resolver, les guste o no les guste.

