En México, buscar a un hijo también puede costar la vida. Los padres buscadores, menos visibles que las madres que han encabezado durante años la exigencia de verdad, empiezan a aparecer en los registros de la violencia contra quienes rastrean fosas, confrontan fiscalías y sostienen expedientes que el Estado no logra cerrar. Entre 2010 y 2025, al menos 15 hombres que buscaban a familiares fueron asesinados o desaparecidos; la mayoría eran padres.
La conmemoración del Día del Padre llevó el tema a la agenda internacional. Volker Türk, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ONU-DH), dedicó un mensaje a los hombres que buscan a sus hijas e hijos desaparecidos y a quienes rastrean a sus propios progenitores. También ubicó la desaparición como una de las heridas más profundas para México en materia de derechos humanos.
Su pronunciamiento apuntó a una demanda central de las familias: no sólo piden acompañamiento simbólico, sino respuestas institucionales. Türk llamó a la solidaridad y a la empatía con quienes esperan localizar a sus seres queridos, y defendió las acciones de movilización y sensibilización como expresiones legítimas dentro del espacio público, bajo un marco de respeto, respaldo y sensibilidad.
“Todos son defensores de derechos humanos, y tienen toda la razón en pedir ser atendidos y obtener verdad, justicia, seguridad y protección”, expresó. La frase alcanza a padres que han convertido la ausencia de un hijo en una tarea de búsqueda, denuncia y memoria, muchas veces sin garantías suficientes para entrar a brechas, cerros o predios.
La Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho puso cifras a ese riesgo. En una revisión de casos ocurridos entre 2010 y 2025, la organización documentó 15 hombres buscadores agredidos de forma extrema. Once fueron asesinados y cuatro desaparecieron. Casi tres de cada cuatro eran padres que buscaban a una persona desaparecida.
El registro muestra que el año más violento para los padres buscadores fue 2025, con cinco víctimas, todos padres que buscaban a sus hijas o hijos. Detrás de cada cifra aparece una ruta similar: denuncias sin avance, búsquedas propias, incorporación a colectivos y exposición frente a criminales o autoridades señaladas por omisión.
Para muchos padres, la búsqueda carga un estigma adicional. La exigencia social de fortaleza masculina les deja poco margen para hablar del miedo, el duelo o la culpa; aun así, toman palas, recorren predios y se enfrentan a autoridades que muchas veces minimizan su dolor. Esa exposición también los vuelve vulnerables ya que acumulan datos sensibles, preguntan en zonas bajo control criminal, resguardan expedientes y reciben testimonios que no siempre llegan a las fiscalías.
Otra marca de este fenómeno es el duelo suspendido. Muchas familias no saben si deben esperar con vida o preparar una despedida. Mientras los expedientes no avancen y los ataques continúen, seguirán entre la ausencia de sus hijos y el deber de encontrarlos.



