Los narcos entierran a los muertos, de sus venganzas más íntimas, en sus propias casas. Hace unos años, la Procuraduría General de la República, me permitió conocer, junto con otros colegas, un par de residencias de Amado Carrillo Fuentes en Ciudad Juárez.
Los lugares eran sólo de paso, para que se escondieran, si era necesario, alguno de los jefes del grupo criminal.
En esos momentos estaban buscando fosas clandestinas. Un par de perros pastor alemán buscaban rastros y señalaban lugares donde podían estar enterrados los cuerpos. “No sabemos si hay restos humanos, pero los perros detectaron su presencia. Alguien, sin duda, murió en este lugar”, explicaban los forenses.
Varios tambos para guardar aceite se revisaban con un cuidado especial para establecer “si habían cocinado a alguien en ellos”.
En la sala de una de las casas había, cómo olvidarlo, un oso negro disecado y varios trofeos de caza.
El sitio llevaba tiempo abandonado. Los cuartos estaban cubiertos por el polvo, y en las cocinas no se guisaba desde hacía quizá años.
La cuadra era ya bodega de maquinaria para el campo. En sus buenos tiempos los narcos tuvieron ahí unos 10 caballos por lo menos.
Lo que más me llamó la atención fue una pequeña hoja de papel en la que estaba escrito un recado fugaz: “mami te quiero mucho”. La letra era de un niño cursando los primeros años de la escuela primaria. El pequeño texto, que aún conservo, me devolvió de un golpe a la dureza de la vida cotidiana, a quienes viven y padecen el narcotráfico de cerca.
El trozo de papel lo encontré en un pequeño departamento situado frente a la construcción principal. “Son las habitaciones de la escolta”, me dijo alguno de los funcionarios.
En uno de los cuartos se percibía la urgencia de quien es descubierto.
Sábanas y ropa tiradas daban cuenta de una inspección minuciosa. “Aquí vivía el velador con su esposa y un hijo pequeño, el autor del recado”.
Los padres fueron detenidos y desconozco la suerte del niño.
Desde entonces me pregunto cómo pueden conciliar los sicarios la vida de sus familias con las reglas que impone su mundo tenebroso.
Una cosa resultaba segura, no cualquiera cuida una de las casas del Señor de los Cielos y menos si se guarda el secreto de varios muertos que no deben ser localizados.
Por eso me llamó la atención el asesinato de José Ibarra Limón, un joven agente del Ministerio Público Federal asesinado en Ciudad Juárez. Ibarra estaba buscando cadáveres en los terrenos del hipódromo, aquel que perteneció a José María Guardia, el amigo del cardenal de Guadalajara.
juljard@yahoo.com.mx
asc

El ataque ruso a Rumanía

