En las últimas semanas, la ofensiva de Rusia contra Ucrania se ha incrementado. A la nueva escalada han contribuido las diferencias dentro de la Unión Europea con respecto al conflicto entre Estados Unidos e Irán y la suerte del estrecho de Ormuz. Pero también, como en Hungría, un importante aliado de Putin es la división interna de algunos países de la región, como la que tiene lugar ahora mismo en Rumanía.
Justo en los días en que Donald Trump visitaba China y la posibilidad de un entendimiento entre Washington y Beijing abría la oportunidad de una distensión en el Medio Oriente, Moscú reforzó ataques a Kiev y amenazas a Europa del Este. El conflicto entre Rusia y Ucrania adopta, así, un carácter global, que difícilmente pueda percibirse en otras de las guerras simultáneas actuales.
La presión militar de Moscú contra Ucrania forma parte de una ofensiva orgánica del Kremlin en contra de Europa y, en la medida en que la Unión Europea sea incapaz de actuar con una posición única, las opciones de Rusia para mantener sus hostilidades seguirán creciendo. Lo que ha sucedido recientemente en Rumanía, explica la total subordinación de la política de Moscú en Europa del Este a la lógica de la guerra.

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El primer ministro de Rumanía, Ilie Bolojan, fue removido del gobierno por una coalición de socialdemócratas y derechistas, que rechazan un efecto de contagio europeo de la derrota de Victor Orbán en Hungría. El presidente rumano comenzó a reorientar el compromiso de Rumanía con Ucrania, por medio de una revisión de los acuerdos para no enviar tropas y no hostilizar, desde territorio rumano, a los drones rusos.
El liberal Bolojan enfrenta una situación curiosa dentro del gobierno rumano: por un lado, la socialdemocracia se opone a sus recortes y sus planes de privatización; por el otro, la extrema derecha cuestiona la timidez con que el nuevo líder enfrenta la presión de Rusia. Bolojan intentó sobrellevar la doble presión con un alineamiento europeísta contra Moscú.
Sin embargo, la moción de censura contra Bolojan ha sido festejada en el Kremlin, demostrando, una vez más, la enorme relevancia que el Kremlin concede a la situación de los países de Europa del Este. Si había alguna duda de que desde Moscú se alentaba la caída de Bolojan, con los ataques rusos de hace unos días, ya no hay motivos de dubitación.
Varios drones rusos atacaron directamente edificios rumanos en las fronteras con Ucrania y Moldavia. Frente a la creciente demanda de una represalia de parte de Rumanía, el gobierno de ese país ha declarado que las fuerzas armadas rumanas no deben atacar directamente a Rusia y, mucho menos, atacar drones rusos en los cielos de Ucrania o Moldavia.
“Ucrania está en guerra, pero Rumanía está en paz”, ha declarado el presidente rumano Nicusor Dan, quien intenta mediar dentro de la tensión de fuerzas encontradas en el depuesto gobierno de Bolojan. Para Putin, por lo pronto, se trata de una victoria neta el hecho de que una crisis de gabinete en un país vecino de Europa del Este no produzca una reorientación geopolítica en su contra, como la que se espera en Hungría y, en menor medida, en Moldavia.
La respuesta del Kremlin es inequívoca y potencialmente peligrosa. Lo que Moscú está diciendo a sus vecinos en Europa del Este es que quien se coloque abiertamente del lado de Ucrania será tratado como un objetivo militar. La pregunta es qué tanto podrán contener ese escalamiento de las tensiones la Unión Europea y la OTAN, que no renuncian a reforzar su liderazgo en la zona.
Horas después del ataque contra Rumanía, la OTAN y Bruselas han calificado el incidente de “imprudencia de Rusia”, pero, a la vez, han animado al gobierno de Dan a reforzar su capacidad de respuesta defensiva. La Rusia de Putin, por su parte, no tiene necesidad siquiera de disculparse por los ataques a Rumanía y apuesta a que el cisma interno del gobierno de Ilie Bolojan reste capacidad de respuesta a su vecino rumano.

Reformas a la orilla

