El IFE de Salinas y Carpizo

El Instituto Federal Electoral cumplió 20 años. Desde entonces muchas cosas han cambiado en nuestro país. Pasamos de elecciones donde había poca competencia, un partido dominante y múltiples irregularidades, a un escenario plural, sin mayorías definidas de antemano y con un gobierno distinto al del PRI.

No fue fácil. Múltiples fuerzas y grupos se oponían, desde distintas ideologías, al establecimiento de la normalidad democrática.

La historia electoral mexicana no fue sencilla. Desde 1977 se hicieron esfuerzos para ir dotando al país de reglas claras que propiciaran la creación y el fortalecimiento de un sistema de partidos.

El año 1994 me parece clave, porque se estableció por primera vez la idea de consejo ciudadano.

El 1 de enero un grupo armado le declaró la guerra al Estado mexicano. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional puso en la agenda el tema indígena, pero también dejó claro que la apuesta por la violencia estaba arraigada en algunas franjas de la población, sobre todo las de la izquierda radical.

El presidente Carlos Salinas de Gortari tomó dos decisiones que a la postre resultarían benéficas para el país: decidió dialogar con los rebeldes, en lugar de terminar con ellos como proponían algunas voces dentro y fuera del gabinete, y abrió la elección al escrutinio ciudadano.

Por eso llegaron al IFE José Woldenberg, Miguel Ángel Granados Chapa, José Agustín Ortiz Pinchetti, Santiago Creel, Ricardo Pozas Horcasitas y Fernando Zertuche, todos ellos con un gran prestigio.

El presidente del IFE era Jorge Carpizo, el secretario de Gobernación en la última etapa del gobierno del presidente Salinas.

El consejo estaba integrado también con representantes de los partidos políticos, pero sólo con derecho a voz y no a voto.

Fue una idea osada en aquellos tiempos en que el PRI parecía invencible, pero ya empezaba a mostrar signos de que su hegemonía no podría durar mucho tiempo.

La elección presidencial la ganó, como se sabe, el priista Ernesto Zedillo, quien seis años después entregaría el poder a un panista, Vicente Fox.

Carpizo era —y es— un conocedor del sistema político mexicano. El día de la elección no quería sorpresas y por ello estableció, junto a la sociedad civil, todo un sistema de encuestas de salida, que servirían como escudo para cualquier irregularidad, pero también para darle legitimidad al proceso.

Hoy todo esto parece fácil pero no lo fue. Se tuvo que realizar una gran tarea de convencimiento, sobre todo entre los viejos priistas, para hacerles entender que el futuro era imposible sin transparencia electoral.

El PRI, hay que reconocerlo, se adaptó y años después entregó el poder de manera pacífica y sin cuestionar la elección. Nada mal, si vemos como pueden ponerse las cosas.

julian.andrade@3.80.3.65

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