En Madrid
Agustín Lara compuso Granada, y Madrid, dos de sus canciones más famosas, sin haber estado en España. En 1964, cuando vino por fin, lo primero que hizo al bajar del avión fue besar el suelo y exclamar: “Hola, madre, ¿cómo has estado?”
Los españoles le agradecen: desde hace 36 años hay una estatua del genial músico mexicano en una placita que lleva su nombre, en el madrileño barrio de Lavapiés, frente a un majestuoso edifico de ladrillos a barro vivo construido en 1729, que hoy es la Biblioteca de las Escuelas Pías.
Es una imagen a tamaño natural de la figura delgada del compositor, ataviado con el traje cruzado de tres botones que causó furor entre los hombres elegantes de los años sesenta, con un cigarro en la mano izquierda, que está apoyada en la derecha.
La estatua, de bronce bruñido, igual a la que está en el malecón de Veracruz, es una estatua curiosa por su limpieza, que la hace refulgir en el atardecer de este jueves dorado de invierno: es la única estatua del mundo que no está cagada por las palomas.
¿Cómo pudo escribir Agustín Lara más de una decena de canciones notablemente vívidas sobre España sin haberla visitado? Como el schotis Madrid, que compuso 17 años antes de venir, dedicado a María Félix, de quien se acababa de divorciar y andaba de gira por España:
Cuando llegues a Madrid, chulona mía,
voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés,
y alfombrarte con claveles la Gran Vía,
y a bañarte con vinillo de Jerez.
Madrid, Madrid, Madrid,
pedazo de la España en que nací,
por algo te hizo Dios,
la cuna del requiebro y del schotis.
Sí, cualquiera con imaginación puede escribir hasta de la Luna. Pero él tuvo, incluso, una “época española”, en la que sólo compuso sobre lo que llamaba sin complejos “la madre patria”: Cuerdas de mi guitarra, Españolerías, Lamento Español, Clavel Sevillano, Organillero, Saca los Nardos Morena…
Además de Murcia, Toledo, Sevilla, Valencia, Navarra y las famosísimas Granada y Madrid.
Gabriel García Márquez suele llamar “estado de gracia” a ese raro fenómeno de la inspiración; mientras Freud nunca encontró un término preciso en alemán, su lengua materna, y prefirió usar una variación en ingles: “talking cure”.
Surge en una zona profunda del cerebro a la cual se llega mientras soñamos, y aflora al recuperar detalles que uno creía haber olvidado.
Pero Agustín Lara no se complicaba tanto la vida: le llamaba poesía.
Como una ocasión, en que conversaba en su casa con el escritor Ricardo Garibay. Empezó a tocar al piano algunas de sus canciones y de pronto aporreó el teclado y gritó:
“¡Esto es poesía, chingao, y que no me vengan a mamar!”
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