Reenamorada

Blanca Heredia

Estuve en Brasil para fin de año. Confirmé que a mí Brasil me parece alegre, ligero y simpático, pero me queda más o menos igual de cerca que Noruega o Tailandia. Estuve en un pueblito de playa cerca de la tercera ciudad más grande del país: Salvador, capital del estado de Bahía. Fui un día a conocer la ciudad en cuestión y, durante el recorrido, no podía dejar de pensar: ¡uf estos brasileños sí que son buenos para el marketing...se han vendido al mundo retequete bien!

Lo que vi en Salvador no me impresionó en absoluto. Los importantes niveles de crecimiento registrados por el Noreste brasileño (región que sigue siendo, con todo, la más pobre y menos desarrollada de ese país) en la última década son menos aparentes a simple vista de lo que había imaginado. En Salvador encontré bastante construcción de grandes edificios y muchos centros comerciales modernos. Nada que ver, sin embargo y por ejemplo, con Kuala Lumpur en los 90s o con Shanghai en los 00s, lugares en los que el vertiginoso ritmo del crecimiento económico resultaba o resulta aparatosamente evidente en el ruido y el polvo de la construcción masiva e incesante, en el tráfico infernal y en la velocidad con la que camina la gente.

La capital de Bahía me recordó a México en niveles de desarrollo y pobreza. Encontré ahí algunos rincones lindos, comida muy sabrosa, y gente extraordinariamente cálida y amable. Pero lo que más sorprendió fue la distancia notoria y palpable en términos de modernidad y desarrollo entre Salvador y ciudades como Guadalajara o Monterrey. Nuestra imagen afuera y adentro -anda por los suelos-; la de los brasileños por los cielos, pero la realidad que encontré en Bahía me llevó a pensar que ya va siendo hora de ajustar el lente en lo que hace a empatar realidad y percepciones.

Lo mejor de mi viaje a Brasil fue que regresé re-enamorada de México. Creo que ello tiene que ver, en parte, con lo que señalaba más arriba: la experiencia concreta de constatar que, cuando menos desde Bahía, el nuevo estatus de Brasil como grandiosa potencia emergente tiene mucho que ver con una excelente estrategia de marketing. En el fondo, el sorpresivo re-enamoramiento de México que me provocó mi visita a Brasil, tiene que ver, sobre todo, con cosas más intangibles, pero, para mí, más fuertes.

Experimentar la vida en ese pueblito de mar brasileño –abrir los ojos en la mañana, comer en un puesto ambulante, hablar con la gente, observar y sentir la energía circundante- supuso ir re-descubriendo, por oposición y contraste, muchas de las cosas que me resultan más entrañables, potentes y deliciosas de México. Desde el sabor muchísimo más dulce y intenso de nuestras papayas y nuestros mangos, hasta y quizá más que ninguna otra cosa, la densidad abigarrada, confusa y compleja de significados superpuestos, de ambigüedades sin límite, de modernidad cierta y, al mismo tiempo, de a ratitos y pedacitos, de sensibilidad extrema conviviendo lado a lado con insensibilidad igualmente completa que es para mí esa vivencia portentosa de experimentar la condición humana en y desde ese ente real e imaginario que llamamos “México”.

Terminé de re-enamorarme de México el sábado pasado en las “Quesadillas Lucha” del mercado de Coyoacán en la ciudad de México. En ese puesto de comida hay quesadillas fritas y también las hay sin grasa, “al comal” (¡tremendo invento que haya de las dos!). Encuentras ahí todos los rellenos imaginables, salsas que pican y gracias a la alianza estratégica con el puesto de jugos del otro lado del mercado, jugos absolutamente fabulosos.

Pero no termina ahí la cosa. Ese sábado, “Quesadillas Lucha” le ofrecía a sus clientes a Pavarotti en sus dos televisiones, mismo que competía con los Tigres del Norte, a todo volumen, del puesto de juguetes de al lado, y con un señor ciego que cantaba, a capella, una canción sobre las naciones del mundo. Para completar el cuadro, en las dos mesas del lugar, departíamos alegremente los “viene-viene”, representantes de las nuevas clases medias, y güeritos con camiseta Abercrombie mandando textos desde sus Blackberries mientras engullían, a diente batiente, una quesadilla de sesos o de flor de calabaza.

Me gusta empezar así el año: enamorada, otra vez, de México, bien enamoradita.

Temas: