Rafael Rojas
La pasada cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), en Santiago de Chile, ha vuelto a colocar el tema de la integración regional en el debate público y académico. Tras las buenas maneras de los anfitriones chilenos, el encuentro hizo perceptible, una vez más, las profundas divergencias entre los gobiernos del área en materia de integración. Divergencias que entrañan distintos modos de pensar América Latina en el siglo XXI.
La reunión fue aprovechada, por unos y otros, de diversa manera. Los países de la Alianza del Pacífico (México, Panamá, Colombia, Perú y Chile) avanzaron en el impulso al libre comercio y la rebaja de aranceles. Los gobiernos involucrados en esa plataforma apostaron claramente por una América Latina abierta al mundo, inconcebible sin buenas relaciones económicas y diplomáticas con Estados Unidos, Canadá, Europa y las economías emergentes de Asia.
Los gobiernos alineados en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) se concentraron, en cambio, en el duelo por la convalecencia de Hugo Chávez y en reclamos históricos como la salida al mar de Bolivia, que le demandó Evo Morales a Sebastián Piñera, o el regreso de Las Malvinas a la soberanía argentina, que las cancillerías del ALBA argumentaron, una vez más, contra Gran Bretaña.
La ausencia de Chávez y del presidente ecuatoriano Rafael Correa, en campaña de reelección, rebajó el perfil del bloque bolivariano en Santiago.
Esta vez, a diferencia de la pasada reunión en Caracas, no se escuchó tanto el grito de “enterrar la OEA”, ni el discurso antimperialista se apoderó de los micrófonos. Las intervenciones de Raúl Castro fueron, significativamente, más moderadas que las de Evo Morales o Daniel Ortega.
El gobierno cubano, que asume la presidencia pro témpore, dejó claro que su prioridad es la integración regional. La incógnita, que se despejará en los próximos meses, es si la plataforma de la CELAC será utilizada por La Habana para enfocar esa integración en un sentido pragmático, que le permita mejorar sus relaciones con mercados crecientes, como el mexicano, el brasileño o el peruano, o si se servirá de la misma para alentar los objetivos ideológicos del ALBA.
Es evidente que todos los gobiernos latinoamericanos respaldan la integración regional de Cuba, en congruencia con la tradicional oposición de los mismos al aislamiento sostenido por Estados Unidos. Sin embargo, no es menos cierto que la mayoría de esos gobiernos tampoco desea un enrarecimiento de sus relaciones con Washington o con Bruselas, generado por la suscripción de la agenda ideológica bolivariana.
El rechazo a una declaración favorable a las garantías jurídicas para las inversiones europeas fue un triunfo de Caracas. Muchos presidentes de la región reafirmaron, no obstante, las premisas del estado de derecho, la transparencia informativa, el régimen democrático y la estabilidad financiera.
Este año, bajo la presidencia de Cuba, se hará más visible la tensión entre esas maneras de entender el lugar de América Latina en la globalización.
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