Susana López Aranda
A pesar del título, esta columna no se referirá a ninguna mesa de diálogo de las múltiples que se instalan a todas horas y casi con cualquier pretexto en este sufrido país. Tampoco será sobre la discusión alrededor del IVA o alguna otra cosa así de densa y trascendente. La húmeda palabra que encabeza esta Cinefagia, describe en más de un sentido a la película mal llamada aquí, Amores peligrosos.
Basada en la novela The Paperboy de Peter Dexter, publicada en 1995, la película, originalmente titulada igual, adapta de manera más o menos fiel las líneas generales de la historia. El guión escrito en colaboración con el autor presenta las mismas incidencias y cuenta básicamente lo mismo, pero ahí termina el parentesco con la fuente original. El realizador Lee Daniels, orgulloso profesante de la negritud-gay, decidió darle una doble carga racial y sexual al relato. Así, la trama que se ubica convenientemente en Florida, durante 1969, es decir en pleno auge de la discriminación contra la raza negra y en el principio del fin del puritanismo más rancio, es el sustrato ideal para que el director se concentre en la pintura de ambientes y de personajes.
Cerca de los pantanos hace un calor infernal, todos sudan copiosamente todo el tiempo. Se nos presenta una galería de personajes extraños, desagradables, vulgares, excéntricos (o todo al mismo tiempo) que deambulan con la ropa pegada al cuerpo y algunos, como Zac Efron, de plano en sesentera trusa. El crimen de un alguacil corrupto, trae de regreso al pueblo, a Ward (McConaughey) el conflictivo hijo errante del dueño del periódico local. Es periodista en busca de notoriedad, y llega acompañado de su colega y amante negro a investigar si el condenado por el delito —un reptilesco y repugnante Cusack— realmente lo cometió. Su única manera de llegar al presunto asesino, es a través de la novia por correspondencia del sujeto, la sexomaníaca y rubia Charlotte Bless. La escena en la que Daniels presenta la primera entrevista de los personajes citados con el criminal en la cárcel, en la que la señorita Bless y su novio maleante tienen un orgasmo a distancia, seguramente pasará a formar parte de alguna antología de sexo bizarro…
El director de Precious (2009) se salta todas las trancas del buen gusto (¡esas equivalencias con criaturas del pantano o cerdos en el lodo!) y muchas del buen cine, pues al poner su atención en los aspectos mencionados, se olvida por completo de la narración y aún de la coherencia. Eso sí, lo que hay que reconocer es que Lee Daniels hace actuar a todo el elenco y aunque sea difícil de creer, consigue sacar el mayor provecho a la fisonomía llena de botox de Nicole Kidman, quien compone uno de los personajes más memorables de su carrera.
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