Carmen Amescua
¿Qué tan importante es un platito con galletas de vainilla? Para el Conde Contar y el monstruo azul comegalletas de Plaza Sésamo lo es todo. El Conde Contar necesita contarlas y el monstruo prefiere comérselas. Un verdadero conflicto de intereses, cada uno intenta cubrir su necesidad. Cada uno tiene un objetivo distinto. Pero el conde vampiro tiene gran colmillo y propone un trato: “Mira, monstruo, ¿qué te parece si yo las cuento y tú te las comes?”.
El monstruo dice que sí. Las galletitas fueron contadas y después chomp, chomp, chomp desaparecieron. Los dos escucharon, los dos cooperaron y los dos consiguieron lo que deseaban. Sin embargo parece que escuchar es casi siempre la parte más difícil cuando buscamos acuerdos.
Aprender a escuchar en serio, no a medias, no mientras checamos el celular, o mientras traemos un palomar de pensamientos rondándonos la cabeza, es un reto. Es curioso, pero la mayoría de las veces que hablamos con alguien estamos más atentos a nuestro diálogo interno que a la conversación en sí.
Por otro lado, cuando necesitamos escuchar nuestra propia voz, entonces nos perdemos en oír las opiniones de afuera. Somos raros.
Ser escuchados es una vitamina mágica que nos da la fuerza para salir de nuestros embrollos.
Saber que tenemos un testigo dispuesto a interesarse en nuestros aconteceres nos hace sentir pertenecidos. Sin tenerlo muy claro nuestras personas favoritas son las que nos dan su atención, las que ponen sus cinco sentidos a nuestra disposición. Incluso los enfermos mejoran tan sólo por contarle al doctor sus penas y sufrimientos. Ser escuchado es una buena medicina tanto para el que la receta como para el que la toma. Piénsalo así, el beneficio es de ida y vuelta.
Oír verdaderamente va más allá de concentrarnos fijamente en las palabras. De hecho, si vemos la tele sin sonido captamos de manera intuitiva lo que está pasando. El dolor, la felicidad, el amor o la pasión se transmiten a través de sensaciones que no se escuchan ni se ven.
Pero de entrada para volverse todo oídos lo primero es estar dispuestos a hacerlo. Interesarnos en el otro tanto como si nos fuera a dar el número de la lotería premiado antes de comprar boleto. Hay que dejar de juzgar al que habla o incluso a uno mismo porque es un gran distractor. Igual que pensar que somos inferiores o superiores. Estar nerviosos por quedar bien o preocupados por parecer inteligentes es otra barda para conectarnos. No importa si la plática dura unos minutos, si ponemos nuestra atención al cien habrá valido la pena. Será o no la manera de hacer acuerdos más adelante.
El Conde Contar y el Monstruo comegalletas lo saben: escuchar es el paso número uno para llegar a cualquier parte.
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