Guillermo Hurtado
Blaise Pascal afirmaba que los abogados y los médicos tenían que vestir con togas y pelucas para que la gente los respetara y aceptara su autoridad. Las cosas no han cambiado mucho desde el siglo XVII. Póngase una bata blanca con un escudo bordado y suba a un autobús.
La gente lo mirará de otra manera: se sentirá aprobado, incluso admirado. Una vecina de mi edificio un día se me acercó y me preguntó “¿Es usted doctor?”. Sí, le respondí. “Ay, es que fíjese que tengo una molestia….” Antes de que siguiera la paré en seco: señora, soy doctor, pero en filosofía. “Ah, disculpe”, exclamó ella sin poder ocultar su decepción. No hay cuidado, le respondí, no sin alguna desilusión.
¿Cómo sabemos cuándo un médico conoce su oficio? La mayoría de los pacientes no tenemos manera de saberlo. No somos especialistas para comprobar sus conocimientos. Observe cómo en los muros de los consultorios cuelgan títulos y diplomas. Están allí para darnos el siguiente mensaje: “estas son las la pruebas de que he estudiado y he practicado mi carrera durante muchos años y, por ello, puede tener confianza de que podré curarlo”. Sin embargo, tendríamos que sacar los títulos de los marcos para comprobar que no fueron expedidos en Santo Domingo. Lo digo en serio. Conozco el caso de alguien que se hizo pasar por médico en una pequeña ciudad de provincia. Se compró una bata y un título apócrifo y ejerció el oficio durante varios años.
Vivimos en un mundo de apariencias. El ser cuenta menos que el parecer. Mi madre siempre me recuerda que la pinta personal es nuestra carta de presentación. “Como te ven te tratan”, me dice. Ella tiene una teoría particular sobre el calzado. El juicio de la vestimenta debe empezar con el examen de la calidad y la limpieza de los zapatos. Un amigo que se dedicaba a la venta de bienes raíces también me daba largos sermones sobre la importancia de la imagen. “Si no aparento ser un triunfador, me decía, nadie me compraría nada”. Al principio, para fingir que era un triunfador, tenía que rentar autos y pedir relojes prestados. Luego se volvió millonario. La imagen del éxito atrae más éxito: dinero llama a dinero.
La filosofía se ha ocupado desde sus inicios de la distinción entre ser y parecer. Esta distinción está ligada a otra fundamental entre la verdad y la falsedad. Los seres humanos queremos encontrar la verdad y alejarnos de la falsedad. Queremos ir más allá de las apariencias y alcanzar el ser de las cosas. Las togas, las batas y los trajes finos son instrumentos retóricos y, como tales, son indispensables en el mundo en el que vivimos. Pero no son más que apariencias. El hábito no hace al monje. La verdad es lo que cuenta, no sus oropeles.
guillermo.hurtado@3.80.3.65
