Héroes de trapo

Claudia Guillén

Soy la menor de tres hermanos y por ello, quizá, mi padre hacía de nuestra cotidianidad algo sorprendente, o por lo menos yo la recuerdo así: todo era tan bueno que poco a poco fui desentrañando los misterios que se desprenden de la infancia, como cuando se sopla por un orificio para que esas burbujas de jabón vuelen por el aire sin ningún destino en particular. Pareciera, pues, que cuando apenas tenemos unos años de vida somos capaces de dotar de credibilidad cualquier circunstancia por más extraña que ésta parezca.

Recuerdo que unos de los juegos de mi niñez era hablar con mi papá a través de sus dedos, quienes, a partir de distintas voces y nombres, se convertían en mis hijos: Así el pulgar se llamaba El Conde Gordito; el índice Sor Yeyé; el cardenal Hermanita Dinamita; el anular Raulito y el meñique; Topo Gigio. Como es claro todos estos personajes fueron parte importante para la cultura infantil, de una servidora, que data de la friolera de hace más de cuarenta años.

Esta experiencia me permitió adentrarme, sin ningún recato, en el mundo de los títeres. Para mí, no sé para ustedes, eran seres que tenían fisonomía y alma: cargados por una voz distinta, aguda o gruesa. Eran muñecos de trapo, humanizados, para contarnos diversas historias.

Como sabemos la tradición de los títeres viene desde tiempos muy remotos. Se habla de que fueron usados por los egipcios, los griegos, así como en la edad media y llegaron casi intactos hasta nuestros días. Sabemos, también, que los títeres fueron testigos y espejos de su tiempo. En el viejo continente el poder eclesiástico se valió de ellos para catequizar —como una suerte de miembros del mester de clerecía que iba de pueblo en pueblo a hablar de pasajes bíblicos, del culto mariano o, bien, de leyendas de los santos—. Sin embargo, con el paso del tiempo, estos muñecos y sus dueños fueron tomando más fuerza y cambiaron sus relatos para contar lo que sucedía en los alrededores realizando piezas, cómicas o dramáticas, para ser representadas por dos personajes. Era tal la cercanía del público con los títeres que, el primero, interactuaba con ellos como lo hacían con sus conocidos o amigos. Y en las más de las ocasiones la historia a contar se encaminaba a los deseos de los espectadores.

En México, por ejemplo, los títeres fueron mencionados en las Crónicas de Bernal Díaz del Castillo. Es decir, la usanza de estos muñecos es muy remota, ya que bien a bien, no se puede identificar su primer origen. El propio Cervantes en El Quijote hace alusión a un titiritero. En Sebastián de Covarrubias Orozco, en el Tesoro de la lengua castellana o española, de Felipe C.R. Maldonado y Manuel Camarero, Madrid, Editorial Castalia, 1994. Se dice que el nombre se da porque:

“Títeres son ciertas figurillas que suelen traer extranjeros en unos retablos que, mostrando tan solamente el cuerpo de ellos, los gobiernan como si ellos mismos se moviesen, y los maestros que están dentro, detrás de un repostero y del castillo que tienen de madera, están silbando con unos pitos, que parecen hablar las mesmas figuras; y el intérprete que está acá fuera declara lo que quieren decir, y porque el pito suena ti ti, se llaman títeres”

Como se ve, estos muñecos de trapo y de cartón, o madera, cuentan con un linaje que los consolida como una persona animada por un humano que lo dota de discurso y de movimiento. Aunque, tal vez, es pertinente precisar que no se podría entender la existencia de los unos sin los otros. Es decir, se tratan de una suerte de siameses que necesitan el corazón de uno y el pulmón del otro para vivir. Aunque supongo que debe de haber un pacto para que logren su cometido pues si no puede llegar a darse un desenlace desafortunado como en de la trama de la película de Ignacio López Tarso, El hombre de papel.

No exagero al decir que los títeres, primero, encarnados en los dedos de mi padre y luego siendo testigo de obras de teatro, fueron los héroes de mi infancia y, supongo que para la de muchos más en el pasado, presente y casi puedo asegurar que lo seguirán siendo en un futuro muy remoto.

Nos vemos el otro sábado, si ustedes me lo permiten.

Los sábados y domingos de enero se representará, a las 14 horas. “La Visita Inesperada”. Y a las 13:00 se realizará el taller para hacer marionetas. La cita es en Titería. Casa de las Marionetas, ubicada en la calle de Guerrero #7 casi esquina con la Avenida México Coyoacán, en la colonia del mismo nombre, por si quieren darse una vuelta y recordar o bien presentarles a sus hijos o nietos a estos héroes de trapo.

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